
Los excalabozos, convertidos ya en oficinas de turismo (33°26'13.6"S 70°39'01.5"W).
No todos los santiaguinos lo saben,
pero en pleno corazón de la capital chilena están los restos de calabozos
coloniales que fueron parte de la Cárcel Publica de la ciudad en el siglo XVIII. Están en los subterráneos del Palacio Consistorial, ubicado enfrente de la Plaza de Armas y haciendo esquina con el inicio de calle 21 de Mayo, edificio sede de la Ilustre Municipalidad de Santiago. Las antiguas galerías
y mazmorras están cubiertas por el halo protector de la declaratoria de Monumento Histórico Nacional de 1976 que abarca a todo el inmueble,
por cierto.
Poco conocidas y muy inadvertidas por el público, las sencillas estructuras de rústico acabado se distribuyen entre pasillos con cielo de cañón y abovedados en unos 172 metros cuadrados, recorriendo el subsuelo del actual edificio y con entrada
por un costado en el zócalo del mismo, de frente a la plaza. Son los mismos espacios en donde estuvo el lugar de detenciones, penitencias y esperas de ejecuciones para los condenados al cadalso, el que se encontraba al centro de la plaza.No es nuestra aspiración hacer acá un recuento general de la historia de la Cárcel Pública del Santiago colonial, pero sí se nos hace necesario revisar
gran parte de la misma como preámbulo. Debemos comprender, además, cómo pudieron quedar estos pasadizos en los sótanos de la Municipalidad de Santiago, así como su relación con un sistema penitenciario que comenzó
precisamente allí dentro de la ciudad.
Se recordará que aquel espacio perteneció desde tiempos tempranos de la Colonia a las sedes del Cabildo y también a la Cárcel Pública.
René León Echaíz describe en su "Historia de Santiago" la distribución hecha
en esa misma línea de cuadra luego que su anterior propietario por la
repartición de 1552, el conquistador Pedro de Valdivia, la vendiera a la
Real Hacienda y esta la dividiera en tres, de oriente a poniente: la Cárcel
Pública, el Cabildo
y la Real Hacienda propiamente dicha. Aunque los cabildantes se reunían en
diferentes residencias y luego en un modesto local ubicado también al norte
de la plaza ya en 1551, su primera sede sólida pudo ser construida allí a partir de 1578, sobre los
mismos exterrenos que fueron brevemente del fallecido Valdivia, cuya estatua
ecuestre se halla hoy casi justo enfrente. Parte de esos terrenos había pertenecido también a Francisco de Villagra,
hacia la esquina oriente, pero tampoco vivía ya en esos años.
No necesitaba ser muy espaciosa la capacidad de la primitiva cárcel para la
pequeña ciudad de entonces: según había informado el cosmógrafo Juan López de Velasco sólo tres años antes, a la sazón la población del Santiago del Nuevo Extremo era de
sólo 375 vecinos, datos reproducidos en la "Historia urbana del Reino de
Chile" de Gabriel Guarda, mientras que los escribanos se calculaban por entonces
en 26, más los tratantes y estantes. El Cabildo estaba al centro del gran
solar de la cuadra, dijimos, pero "años después, al ser ocupado por la Real
Audiencia recién instalada, se trasladó al local del lado oriente que
compartió con la Cárcel", escribe León Echaíz.
Hacia fines del siglo XVI se había iniciado ya la construcción de los demás edificios del costado
norte de la Plaza de Armas, siendo concluidos sus portales en 1614. Sin embargo, todavía en 1633 seguía
pendiente parte de las obras del edificio para el Cabildo, por la falta de jornaleros.
Según las quejas de los regidores y las protestas elevadas al rey sobre esta materia, la mayoría de la mano de obra indígena había emigrado a trabajar en faenas de los campos. De acuerdo a descripciones como la presentada por Armando de Ramón en su "Santiago de Chile", todos
aquellos edificios de la línea al norte y enfrente de la plaza eran "de corredores y portales con arcos de ladrillo", bajo los cuales estaban los oficios de escribanos y las secretarías de la Audiencia y el Cabildo.
El terrible terremoto del 13 de mayo de 1647 dejó
a aquellos inmuebles coloniales en el suelo, como prácticamente todo el resto de Santiago. La Cárcel Pública, ocupando
aún el recinto adosado al edificio del Cabildo, también quedó totalmente destruida por el trágico cataclismo. En su "Historia crítica y social de la ciudad de Santiago desde su fundación hasta nuestros días. 1541-1868", Benjamín Vicuña Mackenna comenta que "de los edificios profanos, esto es, la corrida de arcos que sustentaba en el costado norte de la plaza las Cajas reales, la Audiencia, el Cabildo y la Cárcel, anexa al último, cayó toda entera, cual si hubiera sido un solo muro". El valioso archivo del Cabildo se salvó en aquella oportunidad porque no estaba en el
lugar, sino en la casa del entonces escribano Manuel de Toro Mazote.
Sin embargo, a pesar del derrumbe
provocado por el sismo, se recuerda que era tal el caos y pánico en que dejó sumida
a toda la ciudadanía el apocalíptico desastre, que ninguno de los 20 prisioneros quienes ocupaban el recinto carcelario se atrevió a salir
arrancando de las ruinas: se sintieron más seguros permaneciendo cobijados entre aquellos restos polvorientos
antes que en el peligro exterior de aquella terrorífica noche, cuando ni
siquiera quedaba parado algo que sirviera de escondite. Al rato, se dejó en libertad a los
presos de fianzas más bajas, pero los considerados peligrosos fueron inmovilizados en el cepo.

Croquis del Santiago de 1552, por Tomás Thayer Ojeda,
con el reparto
de los solares.
Otro cuadro con la distribución de propiedades y solares del Santiago hispánico.

Los excalabozos antes de completarse la remodelación. Fuente imagen: "La Tercera"

Sector de acceso a los subterráneos del Palacio Consistorial.
Largo tiempo demoró la sociedad colonial en volver a levantar allí una sede para el Cabildo y la Cárcel
Pública. En 1659, el maestro mayor de Carpintería, don Francisco Mexia, con la ayuda de Manuel Ruiz y Pedro Rodríguez, se haría cargo de construir el nuevo edificio
institucional: uno de adobe y dos niveles con divisiones internas, una para
cada organismo. También se establecieron algunas tiendas comerciales hacia el lado del
entonces llamado callejón de la Cárcel, nombre dado a la primera
cuadra de la actual 21 de Mayo.
Los trabajos continuaron en los años venideros.
Esto lo verifica De Ramón en una escritura celebrada ante don Jerónimo de Ugas el 5 de diciembre de 1678,
en la que el Cabildo compromete en esta etapa al general Manuel Fernández Romo, quien contaba con equipos y personal suficiente para concluir las obras del edificio. Las características que tenía el inmueble y la materialidad están en dicha escritura, y el constructor logró cumplir con la fecha de entrega en mayo de 1679.
Los
inmuebles del conjunto al norte de la plaza, es decir, el Palacio de Gobierno,
la Real Audiencia y Cabildo con la Cárcel Pública, eran por entonces de balconería de línea y
conservaron los dos pisos según detalla Guarda. La entrada al presidio quedó por el lado de la actual calle 21 de Mayo,
sin embargo, más conocida en la Colonia como la calle de la Nevería o
calle de la Caridad, entre otros nombres, este último le fue dado
porque se habilitó en ella un cementerio para los delincuentes ajusticiados
en el sector cercano al inmenso Basural de Santo Domingo, más precisamente
en donde se encuentra ahora una fuente de aguas y el inicio de la calle
Diagonal Cervantes.
Un inventario del penal fechado en 1695 constataba la existencia, entre otros artículos propios de la época, de 16 pares de grilletes con sus chavetas y sus llaves,
más cinco pares de esposas, el cepo y el potro de tormento. Poco después, en 1699, se separaron las secciones de hombres y mujeres
dentro del recinto. En 1715 se modificó también la fachada del edificio del Cabildo y se ampliaron las dependencias penitenciarias femeninas, en un sector
que correspondía al patio de servicio del vecino Palacio de la Real Audiencia y Cajas Reales, actual sede del Museo Histórico Nacional.
Sin embargo, la situación del recinto
carcelario estaba en franca decadencia para entonces. Ya en 1721 el Cabildo solicitaba por esta
razón que "se fabricase una cárcel muy segura de cal y ladrillo porque la que de presente se tiene es tan fácil de romper que continuamente se experimentan fugas de malhechores". Uno de estos audaces escapes tuvo lugar el 13 de diciembre de ese año,
de hecho, con 17 reos fugados. Comenta así Miguel Laborde, en su "Santiago.
Lugares con historia", que dicha construcción "en la que el Cabildo ocupaba los altos y los calabozos los bajos, fue debilitándose con el tiempo, los terremotos, y con la ayuda paciente de los reos que agujereaban los muros".
Cosas
curiosas y hasta impresionantes sucedían, en tanto, por la presencia del
presidio justo allí. En aquellos años los perros de vida urbana o
semisalvaje ya eran un problema en la ciudad y los cadáveres de los
ajusticiados en la plaza eran apilados en la entrada de la Cárcel Pública
así que muchas veces terminaron parcialmente devorados por canes
hambrientos, algo facilitado por el descuido de los guardianes y que obligó
a tomar medidas. De este modo, tanto por por razones de salubridad como de
escrúpulos se estableció la prohibición de exponer de tal forma a los
muertos, señala Vicuña Mackenna en "Los médicos de antaño en el Reino de Chile".
Las ejecuciones de aquellos reos siempre
habían sido un espectáculo morboso pero aleccionador, con períodos en que prácticamente no
pasaba mucho tiempo sin alguna ejecución como mínimo. La macabra escena de
ver cuerpos de ajusticiados colgando cada mañana en la plaza o, en el mejor
de los casos, escuchar gritos de los azotados enfrente de su casa por el lado oriente de la misma, llevó a doña Juana Caxijal a suplicar
un cambio de residencia a su esposo Juan Francisco Briand de Morandais,
capitán francés al servicio de España y llegado a Chile a principios del siglo
XVIII. Morandais accedió, trasladándose hasta un inmueble ubicado en donde hoy está la Intendencia de Santiago, dando origen
así al nombre de su calle: Morandé, con la castellanización de su apellido.
Un devastador nuevo terremoto vino a atacar la ciudad el 8 de julio de 1730.
El cataclismo provocó grandes daños en el mismo edificio del Cabildo y la Cárcel
Pública, permaneciendo en ruinoso estado por varias décadas más, pues se
postergaba una y otra vez la decisión de demolerlo y reconstruir.
Así pasaron
los años y la nueva Cárcel Pública no se construía, obligando a extender la
vida y funciones del vetusto edificio mientras siguiera en pie.




En los días del famoso corregidor Luis Manuel de Zañartu, los beodos caídos en coma etílico por la ciudad
como consecuencia de sus excesos eran recogidos por un extraño servicio conocido como el Carretón de los Borrachos.
Tras ser subidos como muertos a la carreta tirada por bueyes eran dejados tendidos en la entrada del tribunal o de la misma Cárcel
Pública, esperando recibir su castigo cuando despertaran. Muchos de ellos acababan arrastrados por el mismo
corregidor hasta la llamada "cadena del puente", además,
correspondiente a los trabajos forzados para la construcción del Puente de Cal y Canto en el río Mapocho,
en donde el régimen era de pan, agua y garrote.
Sólo después de otra gran fuga de reos en 1779 se
comenzaría a evaluar la demolición del edificio, por decisión de las autoridades que quedaron expuestas al reproche público. En las Actas del Cabildo estudiadas y citadas por Vicuña Mackenna en "Historia crítica y social de la ciudad de Santiago", se puede observar que, ya en abril de 1780, a propósito de las
peticiones de refacción de la arruinada cárcel que él presidía, el corregidor Zañartu
declaraba sin sutilezas que, en lugar de levantar más murallas, era mejor
gastar recursos en grilletes para los reos "porque estos hacen invencibles las cárceles".
La incómoda situación no fue impedimento para que en la
cárcel funcionaran comedores para los pobres y abandonados durante aquel
período. Cuando el capitán general de la Gobernación de Chile, don Ambrosio O'Higgins, emitió sus "bandos de buen gobierno" del 19 de agosto de 1780, dejó establecido
también que todos los cerdos que vagaran por las calles de Santiago a causa de la irresponsabilidad de sus dueños serían recogidos, sacrificados, faenados y usados como alimento dichos comedores.
Sin embargo, no había ya más posibilidades de mantener erguida a aquella
reliquia de la arquitectura colonial inutilizada por el tiempo. La construcción del Edificio Consistorial comenzó,
de esta manera, en noviembre de 1785, siendo una obra ejecutada por un equipo
bajo dirección de don Melchor Jaraquemada. Había participado como proyectista el
insigne arquitecto italiano Joaquín Toesca, atribuyéndose a él los rasgos
neoclásicos del mismo. El nuevo inmueble pudo ser inaugurado el 2 de febrero de 1790.
Hasta hoy, entonces, se pueden observar en el espacio del sótano los sólidos cimientos de mampostería de piedra con enchape de sillares,
de los que Jarquemada se valió para fundar el zócalo del nuevo edificio, levantando sobre ellos muros soportantes. Las bóvedas del subterráneo,
lugar ocupado por los renovados calabozos, están sobre albañilería de ladrillo también montada
en los señalados sillares. Por los cambios de alturas, además, las galerías quedaron en niveles levemente más bajos que el de la calle y
del actual primer piso del complejo.
Llegó
entonces la lucha por la Independencia de Chile y, hacia 1811, por encargo de la Junta de Gobierno al arquitecto Juan José Goycolea,
un alumno y exasistente de Toesca, fue intervenido el edificio con grandes remodelaciones
interiores. Sólo la fachada se mantuvo prácticamente original en aquella ocasión, pues
casi todo el resto se modificó en diferentes grados, incluido el primer piso que había pertenecido a la
cárcel. Se acababa en esas dependencias públicas el tiempo del Cabildo y
comenzaba el de la Municipalidad.
Describiendo el Santiago de 1814 en sus "Recuerdos del pasado", Vicente Pérez Rosales se refiere al aspecto
que mantenía la cárcel de la Plaza de Armas, señalando que "a la usanza de todos los pueblos de origen español, ostentaba su adusta reja de fierro y las puercas manos de los reos que, asidos a ella, daban audiencia a sus cuotidianos visitantes". Agrega que
en ese tiempo aún era corriente "ver todas las mañanas, tendidos, al lado de afuera de la arquería de este triste edificio, uno o dos cadáveres ensangrentados, allí expuestos por la policía para que fuesen reconocidos por sus respectivos deudos",
recordando los peores años de esos espectáculos sangrientos en el lugar.
Por
su lado, León Echaíz comenta que, hacia 1840 y por varias décadas más, la Municipalidad
de Santiago funcionaba en el mismo espacio junto con la cárcel, "en un desmedrado cañón de piezas anexo a ella", tomando por referencia los reclamos y términos usados por Vicuña Mackenna al momento de asumir la Intendencia de Santiago. De hecho, el intendente aseguró también que el Cabildo era, en la práctica, sólo un
apéndice del penal porque la sección carcelaria "es todo, la Municipalidad dos salas".





Documentos del Ministerio de Justicia en el Archivo Nacional, revisados por Marco Antonio León en "Encierro y corrección: la configuración de un sistema de prisiones en Chile. 1800-1911", señalan que en julio de 1869 aún se utilizaban en la Cárcel Pública métodos de tormento
coloniales, como el cepo de campaña. En él los reos eran inmovilizados "sobre un madero que está como a media vara de altura sobre el suelo y sucede con frecuencia que los penados caen, ya para adelante, ya para atrás, causándose con el golpe grave daño", según dicen las notas del archivo.Ya en 1872, Recaredo Santos Tornero describe a la
misma Cárcel Pública en su "Chile ilustrado" como un "edificio bastante regular, con capacidad en la actualidad, para 150 presos, susceptible de mejora y de obtener un ensanche para más de 200 detenidos". Pertenecía por entonces
directamente al Estado y no a la Intendencia. La referencia del autor puede ser a un proyecto o interés que, efectivamente, haya existido para mejorarla por entonces,
pero del que no tenemos más precisiones a mano.
En contraste, no era buena opinión del intendente Vicuña Mackenna sobre la
permanencia de tales funciones en el edificio, pues encontraba miserable e inhumano el estado de las instalaciones.
En su memoria "Un año en la Intendencia de Santiago" de 1873,
declara en forma categórica:
Mientras la cárcel de la capital permanezca en el puesto de honor (y hoy de ignominia) que le asignaron los fundadores de la última, no ha de ser sino un miserable redil humano desde la lúgubre reja que abre sobre sus portales hasta las galeras o encierros de cal y ladrillo de su último patio. Fue construido este edificio hace cerca de un siglo para 30 o 40 reos, y ahora yace allí aglomerado, en una lastimosa confusión de clases, delitos y edades, seis veces ese número. Por esto hemos dicho ya que la medida más urgente que debe acoger el municipio en material de instalaciones es la mudanza de esa prisión-jaula a la cárcel de detención preventiva que ha de construirse en San Pablo.
Sin embargo, tal cual se halla, algo se ha mejorado el régimen de ese establecimiento. Fue preciso separar al alcaide que allí encontramos no por faltas de consecuencia, sino porque su excesiva condescendencia, tal vez por efecto de una mal entendida bondad, relajaba los resortes de los demás servicios.
Continúa informando que se había suprimido "por inútil y mal servido el destino de escribiente", pero que se agregó este empleo al cuartel de policía en la oficina de estadística especial de la Cárcel
Pública, siendo el encargado de anotar en los registros el nombre del delincuente, el de sus padres, edad, filiaciones, lugar de nacimiento, delito, condena, absolución, juez de la causa, etc. El alguacil mayor del penal era
por entonces el regidor Salinas, quien había realizado otras mejoras al recinto como el asfalto de varias salas, refacciones en el baño de los presos y vigilancia de una buena alimentación de los mismos,
tal vez las aludidas por Tornero. Empero, agregaba Vicuña Mackenna a su pésimo
retrato:
Sobre este último punto la Intendencia ha establecido una regla general que no puede menos de cortar todos los viejos abusos. Cuando la provisión diaria de pan es de mala calidad, se rechaza y se incorpora el equivalente en la panadería más inmediata y por la cuenta del contratista.
Era claro que el servicio de la pequeña cárcel iba quedando
sumamente obsoleto y que sus galerías ya no aportaban mucho las cargas del subdesarrollado sistema penitenciario,
como se aprecia. Por esta razón, las necesidades para la reclusión y alojo de presidiarios serían descargadas
casi completas después en el Presidio Urbano de calle San Pablo y, más
tarde, en la Cárcel Pública de Santiago ubicada a poca distancia de la anterior.
Esta se construiría ya en los tiempos del presidente José Manuel Balmaceda.
Posteriores remodelaciones del sótano se realizaron entre 1881 y 1883, en plena Guerra del Pacífico, dado el comentado mal estado en que se encontraba
y con los techos en ruinas. Empero, la Cárcel Pública había comenzado ya a ser desalojada de este lugar en 1878, aproximadamente.
Sólo quedarían de ella las galerías del subsuelo y sus fantasmas, según
parece: una leyenda contemporánea habla de supuestos hechos paranormales que estarían relacionados con su pasado (luces que se prenden solas, sustos a algunos guardias,
espectros errantes, ruidos sin origen, etc.) en el ala oriente del actual Museo Histórico Nacional,
sitio vecino las dependencias de los calabozos pero que, antaño, formaron
parte del antiguo recinto con el penal.
Es
así como aún pueden admirarse esos elementos originales de las antiguas galerías del siglo
XVIII, remontadas a su vez hasta la génesis de la ciudad en su fase colonial
y de su primer centro carcelario, entonces. En los muros están mantenidos los basamentos y sillerías de piedra
bruta y canteada como testimonio de todo aquello. Son los mismos cimientos que ya existían en 1895, cuando fue traspasado el uso completo del edificio a la Ilustre Municipalidad de Santiago,
ya sin más convivencia con forzada con otros órganos de la administración
pública.
Desde entonces, las galerías del sótano fueron usadas en distintos períodos
y para diferentes funciones, pero de nuevo irían deteriorándose y envejeciendo
durante el siglo XX. Entendemos que alguna vez se convirtieron sólo en bodegas frías y húmedas, ajenas al acceso público,
pero con algún posible intento de destinar los mismos espacios a oficinas
municipales. El terremoto del 3 de marzo de 1985 causó grandes daños al edificio por dentro y por fuera,
además, obligando a realizar nuevas reparaciones que cambiaron algunos detalles de su aspecto histórico,
al menos en lo referido al exterior.
Fue durante la administración del alcalde Pablo Zalaquett, después del terremoto del 27 de febrero de 2010, que se decidió convertir
aquel espacio en un área disponible al público acogiendo en las galerías a la Oficina de Turismo Plaza de Armas de la Municipalidad de Santiago.
Esta fue habilitada en mayo de ese mismo año y es hasta ella donde se dirigen cada día los muchísimos turistas visitando el casco fundacional de la ciudad capital chilena, calculados en más de un millón cada año. La remodelación del lugar, la iluminación y su adaptación al nuevo servicio se hizo con el grupo de arquitectura Oxígeno,
a través de un proyecto al mando del arquitecto Rodrigo Stierling.
El sótano también ha sido lugar de exposiciones patrimoniales, una tienda de
artesanía tradicional y un café. En sus salas se ha realizado, por ejemplo, la exposición fotográfica "La Belle Epoque de Santiago
sur poniente" con imágenes del fotógrafo Marcos Mendizábal, y la muestra de ediciones comparadas pasado/presente del proyecto "Chile Nostálgico" de Fabián Rodríguez Galleguillos, además de otras exhibiciones de arte
y patrimonio. Por lo demás, hay quienes han sumado su caso al de los
legendarios sitios secretos que se creen existentes bajo los pies de los
santiaguinos, al estilo del mítico Subterráneo de los Jesuitas o los
hallazgos de galerías subterráneas en calles Lira, Agustinas, Esmeralda, San
Pablo e incluso en el cerro Santa Lucía.
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