EL OBELISCO DE LOS TAJAMARES DE PROVIDENCIA

La "pirámide" recién restaurada (1917), en "Los nichos de Providencia en los antiguos tajamares" (33°26'5.63"S 70°37'43.35"W).
El escudo de armas de la comuna de Providencia representa en su composición a un elemento histórico importante para todo el Gran Santiago: al centro del blasón se ve un gallardo obelisco o "pirámide", como se llamaba antaño a estas estructuras, recordando a la época de los tajamares. Aparece entre la estilización de unos arcos junto al río Mapocho, todo rodeado por las ocho conchas veneras procedentes del antiguo escudo de Santiago y con el año de fundación de la misma comuna. No es una representación del obelisco que acompaña a la estatua del presidente José Manuel Balmaceda en la entrada del parque del mismo nombre, como a veces se lo ha interpretado popularmente, sino el monumento que nos interesa y cuya copia está un poco más al oriente en esta extensa área verde de la ribera del Mapocho.
Conocido como el Obelisco de los Tajamares, del Tajamar y más tarde de Providencia, el monumento está en avenida Providencia cerca del acceso la pasarela Racamalac, la versión chilena del famoso Puente de los Candados. Esto es casi en la explanada misma del Café Literario del Parque Balmaceda, enfrente del empalme de calle Condell sobre avenida Providencia. Pero, aclaramos con desaliento -desde ya y para frenar otro mito urbano- que no es el original de tiempos coloniales: se trata sólo de la reproducción del que alguna vez conmemoró la construcción de los últimos tajamares que se le dieron al Mapocho en tiempos tardíos de la Colonia. De todos modos, es un símbolo antiguo e importante para la comuna que tiene sus orígenes territoriales precisamente entre estos barrios.
Los restos del mismo tajamar fueron redescubiertos durante grandes obras posteriores, como las de inmobiliarias de los años sesenta y luego los trabajos de construcción del Metro de Santiago, planificándose incluso ponerle el nombre de Estación Tajamar a una parada que iba a existir allí en la ruta, hacia donde está ahora la Estación Manuel Montt. Tal como sucede con el Parque Forestal, todavía hay algunos restos de estos tajamares en el mismo Parque Balmaceda: incluso se habilitó un museo especial para ellos en 1980, aunque fue cerrado en 2003, seguido de un par de planes de reapertura en años posteriores pero frustrados con la inundación del recinto en junio de 2016 y luego con las revueltas iniciadas en 2019.
El obelisco original era el remate de la historia del gran paseo de los tajamares coloniales, entonces, esa especie de murallón formando malecones y diques riberanos para contener las crecidas del río Mapocho y que así no se desbordasen sus aguas sobre la ciudad. Las últimas contenciones de ladrillo, argamasa y sillares de roca se extendían un poco más al oriente, pero el paseo urbano formado por este tajamar llegaba justo hasta el punto de la "pirámide", convirtiendo sus alamedas y senderos en gran atracción para la sociedad de entonces desde el sector San Pablo al poniente del actual barrio de los mercados de Mapocho hasta el después llamado camino de Providencia con la cordillera como postal de fondo.
La necesidad de reparar y reconstruir aquellos tajamares había sido un problema constante para la menesterosa colonia santiaguina durante toda su existencia, prácticamente. Unas décadas antes de que se hiciera esa última gran obra de contenciones del río, ya en sesión del 29 de octubre de 1771, los integrantes del Cabildo de Santiago discutían también sobre el destino de los ranchos y viviendas que representaban un obstáculo para la construcción del señalado gran paseo junto a los tajamares, además.
El Paseo de los Tajamares ya en su etapa de decadencia. Plano de 1826 de John Miers. Aparece señalado como "Tacamar" (sic).

El obelisco antes de su destrucción, junto a las viejas avenidas del Tajamar y la de Providencia. Flickr Santiago Nostálgico.

Vista del actual obelisco en el parque, junto a avenida Providencia.

Piedra conmemorativa del obelisco o "pirámide" original del siglo XVIII, en el Museo Histórico Nacional de Santiago.

Restos del antiguo tajamar en el sector del parque, hacia 2009, cerca del recinto que se destinó al museo de estas estructuras.
La historia del último tajamar colonial comienza en 1788, cuando asumió el gobierno don Ambrosio O'Higgins. El ilustre marqués irlandés al servicio de la corona española y padre del libertador tomó el alto cargo en Chile después de expirar, en el año anterior, su tocayo Ambrosio Benavides. Poco antes de su deceso, sin embargo, este último había encargado al ingeniero militar don Leandro Badarán la confección de los planos para renovar los tajamares del Mapocho con los mejores que el río hubiese tenido hasta entonces, aproximadamente entre las actuales calles Miguel Claro y Puente, y aún más al poniente.
Tomando rápidas providencias para la seguridad de la ciudad, el 3 de septiembre O'Higgins (o Higgins, como solía firmar también) hizo una serie de gestiones para poder reunir los 150 mil pesos necesarios para el proyecto de construcción del tajamar pendiente, pues los anteriores -de factura más sencilla- ya estaban muy deteriorados, especialmente tras la funesta Gran Avenida del Mapocho que encharcó a casi toda la ciudad en 1783. Parte de la recaudación se logró modificando el sistema de impuestos para yerbas, azúcar y el denominado derecho de balanza, además de cobrar 121 mil pesos vacantes del tesoro del rey que, originalmente, estaban orientados a la llamada Casa de las Recogidas, curiosa institución con sede en el sector de la actual Plaza Vicuña Mackenna, en donde se internaba a mujeres de vivir "reprochable" o poco asistido.
Sin embargo, a la sazón los impuestos de yerba mate y azúcar resultaban sumamente impopulares en la colonia santiaguina. Una de las razones era bastante previsible: la sociedad chilena ya debía cargar con tributos hasta por el tabaco, en gran medida para ayudar a mantener la holgura del Virreinato de Perú cuya esplendorosa situación venía a la baja especialmente tras la pérdida del monopolio de las flotas, en 1778. En el año siguiente, además, la autoridad había querido establecer el impuesto especial de un peso por zurrón de hierba mate para financiar los servicios del Puente de Cal y Canto y su manutención. Los santiaguinos se levantaron contra la medida y contrataron al abogado Miguel de la Huerta para dejar sin efecto la exigencia de contribución, ya que ese producto estaba entre los de mayor consumo popular en la sociedad de entonces. Hay teorías suponiendo, incluso, que fue esta clase de encarecimientos en la yerba mate lo que comenzó a hacer tan popular después al té entre los chilenos, pasando con el tiempo de ser alternativa a ser prioridad.
Ante las protestas de la ciudadanía y los reclamos de Huerta, recargas como las del mate y el azúcar se vieron revocadas por una real cédula de Carlos IV del 7 de diciembre de 1790, luego de la larga disputa por parte de los vecinos que ahora se llenaban de júbilo. Esta medida incluyó los impuestos alzados por O'Higgins. Por esto, en su "Historia crítica y social de la ciudad de Santiago desde su fundación hasta nuestros días. 1541-1868", don Benjamín Vicuña Mackenna comentará con sorna: "Los santiaguinos consentían en ahogarse con tal de tomar mate a poco precio".
A pesar de aquel inconveniente para la autoridad, la fortuna saludó a don Ambrosio: para cuando llegó a Chile la noticia de la abolición del impuesto, recién el 12 de abril del año 1791, las arcas habían acumulado durante su vigencia unos 50 mil pesos, a los que se sumaban otros 12 mil por el ramo de la balanza. El monto reunido era suficiente para poner en marcha los trabajos necesarios en el río.


Óleo de Giovatto Molinelli, c.1855. Vista de los tajamares del Mapocho y la "pirámide" de Toesca junto a lo que será avenida Providencia.

"Vista de tajamar con una de las bajadas al lecho del río Mapocho", de Carlos Wood. Inicio del Paseo del Tajamar por el oriente, con el obelisco.

"Pirámide" de Ambrosio O'Higgins y Joaquín Toesca en Providencia. Álbum de Santiago y vistas de Chile”, Jorge Walton, 1915.
Con el dinero ya en las manos, entonces, el gobernador O'Higgins encargó los trabajos correspondientes a un arquitecto cuyo nombre suena hoy a todos conocido: el italiano Joaquín Toesca. Es el mismo personaje quien tanta importancia tendría entre las obras civiles y religiosas chilenas a fines de la Colonia, partiendo por el propio Palacio de la Moneda.
Toesca asumió como arquitecto principal y se designó a don Manuel de Salas como superintendente de las obras, aceptando este último trabajar de manera ad-honorem, uniendo así "el amor a la erudición con la práctica del servicio público", al decir de Amanda Abarca en su "Historia de la enseñanza en Chile". Toesca se basó en el plan anterior de Badarán y del ingeniero Pedro Rico, aunque introduciendo algunas modificaciones: además de la adición de soportes de piedra, hizo muros curvos en algunos tramos facilitando con esto la resistencia del tajamar a las aguas.
Nuevamente, recurrimos al libro de Vicuña Mackenna sobre Santiago para armarnos un bosquejo mental sobre lo que fue este enorme trabajo:
Entre tanto, inmediatamente que el superintendente recibió su nombramiento y la orden de girar contra el tesoro, ajustó sus contratas de piedra, de cal y de ladrillo, y sus enganches de cuadrillas de albañiles. Sólo del último material pidió 683.000 piezas con las dimensiones de media vara de largo, de una cuarta de ancho y tres pulgadas de espesor, a razón de 12 pesos 50 centavos el mil, y ocurrió la singularidad de que se presentaron 23, algunos por sumas verdaderamente ínfimas, de dos o tres mi ladrillos. El más considerable de todos aquellos industriales al menudeo fue un José María Jáuregui por 80.000 ladrillos. A todos, como por vía de óleo, repartíase con fianzas 3.710 pesos. Porque así como en la primera quincena de septiembre no hay en Santiago que no sea blanqueador y por abril albañil de tejado, así parece que no quedó gente en el reino que no ocurrió a la recogida del dinero destinado a los tajamares. En cuanto a la cal, empleose de preferencia la de Polpaico, que era la que se usaba en la Moneda, y cuyo propietario, don José Antonio Rojas, la suministraba a razón de 8 o 9 reales la fanega.
Fue tal la demanda de trabajo para las obras que el propio Toesca debió meterse varias veces en las faenas y echar mano a la colocación de ladrillos y otras labores de albañilería o mampostería, como hace notar René León Echaíz en su "Historia de Santiago". De hecho, en sus solicitudes elevadas a las autoridades, expresaba el famoso arquitecto:
Me contraté como director de la obra y añadiendo la obligación de examinar los materiales e intervenir en su compra, distribución y consumo, y a más de emplantillar por mi mano y hacer las veces de aparejador.
El material que prefirió Toesca para los nuevos tajamares -aconsejado por su experiencia y su certera intuición profesional- fue el ladillo y la piedra canteada, a diferencia de los anteriores que eran de piedra y sillería más bien bruta. Damos por hecho, por lo tanto, la mayoría de los restos de tajamares y malecones que aparecerían después en distintas partes de Santiago (Plaza Oscar Castro, Parque Forestal, Parque Balmaceda, jardines del ex claustro de la calle Portugal, Municipalidad de Providencia, Parque Los Reyes, etc.) pertenecen principal o totalmente a esta última generación de tales estructuras. Meros "trozos informes", al decir de Fidel Araneda Bravo en sus "Crónicas de Providencia", pero con mucho que decir sobre la historia de la capital.
Al fin, en 1792, la formidable obra se concluyó en todo el trayecto del río que iba desde la desaparecida chacra de Quinta Alegre o del Alcalde, principal referente por allí en los inicios de la actual avenida Providencia, hasta el barrio del Puente de Cal y Canto, pleno vecindario del actual barrio Mapocho. El largo y bello Paseo de los Tajamares iba ahora más o menos, de poniente a oriente, desde la Plaza de San Pablo hasta la altura de las futuras propiedades del Seminario Conciliar y la Casa Central de la Providencia.

Postal fotográfica del obelisco, por Casa León. Flickr Santiago Nostálgico.

El recién restaurado monumento junto a los pretiles del río y el camino de los Tajamares y de la Providencia, 1917.

El obelisco y el lecho del río Mapocho en un día con Santiago nevado. Flickr Santiago Nostálgico.

Parque Japonés, hoy Parque Balmaceda. Diseñado y construido entre 1927 y 1931. Foto Mora, en Flickr Santiago Nostálgico.
Todavía hasta el primer siglo republicano era costumbre inmortalizar grandes obras urbanísticas con algún monumento, de preferencia un obelisco, como la "pirámide" que se instaló en avenida San Pablo con Brasil también por O'Higgins en 1795, para conmemorar la inauguración de la ruta Santiago-Valparaíso en el camino de las Carretas que había hecho construir. En "Recuerdos de treinta años", don José Zapiola comenta también que había, hasta su tiempo, otra de estas "pirámides", más pequeña, junto al lugar donde hoy está el Puente Purísima, también al oriente del actual barrio Mapocho, pero creemos que podría corresponder a los tajamares anteriores del gobernador Domingo Ortiz de Rozas. En la administración del cerro Santa Lucía, además, se atesora aún una "pirámide" de mármol conmemorativa de alguna obra o etapa correspondiente al paseo allí construido por Vicuña Mackenna.
Fue un apelación a ese mismo símbolo el porqué, al ser inaugurado el grueso de los trabajos de los tajamares en el indicado año de 1792, O'Higgins hizo instalar en su punto inicial junto a la bajada hacia el lecho del río, allá por enfrente de la Quinta Alegre, un obelisco de ladrillo que los viajeros llamaron también "pirámide", hecho del mismo material de ladrillos con argamasa que los malecones ribereños. Estaba hacia lo que ahora es la avenida Providencia, antaño llamada camino de Las Condes, de Apoquindo o de Providencia según la época. Esto era próximo y de frente a lo que fue después el callejón de Lo Pozo, actual calle Condell, denominada de esta forma primitiva en recuerdo de la residencia que había tenido en la esquina con calle Rancagua, hacia 1725, el entonces obispo de Santiago, don Alonso del Pozo y Silva, futuro arzobispo de la Audiencia de Charcas en el Alto Perú.
En su sólido segmento basal dicho obelisco de Toesca tenía una roca canteada empotrada en la tarja, tallada con las siguientes inscripciones que ordenó hacer el gobernador:
D.O.M.
REINANDO CARLOS IV
Y
GOBERNANDO ESTE REINO
DON
AMBROSIO ’HIGGINS DE
VALLENAR
MANDÓ HACER
ESTOS TAJAMARES
AÑO DE MDCCXCII
El singular monumento fue retratado en el Paseo de los Tajamares por algunos pintores, acuarelistas e ilustradores, entre ellos Carlos Wood Taylor, Giovatto Molinelli, Ernest Charton y Enrique Swinburn Kirk. Después que el explorador británico miembro de la Real Armada, oficial George Vancouver, pasara por Chile a poco de inaugurarse la "pirámide", comentó en sus memorias "Voyage of discovery to the North Pacific Ocean, and round the world in the years 1791-95" que su diseño parecía estar basado en el famoso obelisco de Bernini, de la Plaza de San Pedro en Roma, aunque la comparación de ambos inspira razonables dudas. Más tarde, cuando su compatriota el botánico John Miers conoce el Paseo de los Tajamares, por alguna razón no puede leer bien el nombre de las estructuras en la piedra del obelisco y las registra en un plano de 1826 como "Tacamar", dentro de sus memorias de viajes.
Además de constituirse en el quizá primer monumento público importante y permanente de Santiago, al menos pionero entre los que ofrecían tales características, el obelisco de ladrillo puede señalar un debut en Chile para las obras conmemorativas con cierta influencia francesa y posible simbología asociada incluso a antiguas logias europeas. La figura representada era usada todavía en tiempos republicanos, como fue el Obelisco de la Primera Junta de Gobierno levantado en la Alameda de las Delicias, y los dos obeliscos señalando los trabajos de canalización del río en el barrio de los mercados mapochinos, ambos casos del siglo XIX.
Muy relacionada también con el revolucionarismo francés, existe cierta teoría comentada por Liisa Flora Voionmaa en "Escultura Pública. Del Monumento Conmemorativo a la Escultura Urbana. Santiago 1792-2004", según la cual el símbolo del obelisco podría provenir de una idea propuesta por Toesca y que, entre líneas, anunciaba la inminente Independencia de Chile, de la misma manera que lo haría después la artística Pirámide de Mayo en Buenos Aires levantada en 1811 y de ciertas semejanzas geométricas generales con el mucho más sencillo y menor del río Mapocho. Se recordará que la columna u obelisco de la Independencia también fue un símbolo de mucho uso en el período de las guerras patriotas y los primeros años de las nuevas repúblicas.
Sin embargo, y como solía suceder con todas las obras de semejante envergadura, los trabajos del último sistema de tajamares no estaban del todo concluidos con su inauguración en 1792. De hecho, se extendieron todavía en obras menores y terminaciones por varios años más: hasta 1808, más precisamente, ya hacia el final de la presidencia de Luis Muñoz de Guzmán.

El actual obelisco de Parque Balmaceda enfrente de Condell, reconstruido en base al original y cerca de la ubicación que tenía.

Visto desde la acera de enfrente, en avenida Providencia.

Acercamiento a su estructura enladrillada actual.

Restos del tajamar de Providencia, en Parque Balmaceda, sobre lo que antes fuera el Parque Japonés.
El viejo Paseo de los Tajamares soportó activo unos 30 años más, pero caería en decadencia luego de la construcción de la Alameda de las Delicias, proyecto consumado en los tiempos de don Bernardo O'Higgins, quien ahora presta su nombre a esta avenida... Un O'Higgins arrebató a otro la preferencia de los paseos recreativos entre los santiaguinos, dicho de otra forma. Este segundo lugar con alamedas de Santiago se ejecutó a partir de un viejo anhelo, sin embargo: el proyecto de despeje de la entonces llamada Cañada de Santiago o de San Francisco, propuesto incluso durante el gobierno del general José Miguel Carrera en plena Patria Vieja. La remodelación fue concluida hacia 1820, atrayendo instantáneamente al comercio y a los paseantes que antes se veían por el borde del río Mapocho.
Como consecuencia de lo anterior, los basurales que antes se acumulaban en la vieja Cañada de Santiago y sus contornos se trasladaron en gran medida hasta los sitios ya eriazos del sector del río o las vegas del actual barrio Mapocho. Incluso se vio este abandono en donde estaba la "pirámide" de Providencia, cada ves más vetusta y erosionada por el inexorable paso del tiempo.
Transcurrieron varios años más en los que el ancho lecho del río siguió sin ser encajonado, mucho antes de lucir como en nuestros días. En tanto, las piletas del paseo ribereño se secaron, muchos árboles murieron, los propios tajamares se deterioraron y la "pirámide" del sector oriental veía cada vez menos gente pasando por su entorno. El intendente Vicuña Mackenna quiso resolver la situación canalizando el río hacia 1874, pero sólo en los días del gobierno de Balmaceda pudo iniciarse esta formidable nueva obra pública. Fue a partir de 1888, con un esfuerzo que dejaría mucho más atrás la época de los románticos tajamares coloniales y sus paseos.
Durante el gobierno del presidente Federico Errázuriz Echaurren fue creada la comuna de Providencia, separándola de Ñuñoa con sólo 5.000 habitantes a la sazón. El nombre provenía de la existencia del comentado callejón o camino de La Providencia desde el siglo XIX, la actual avenida del mismo nombre, así llamada por la presencia del Convento de las Hermanas de la Providencia y que se halla parcialmente siniestrado en estos momentos. Aquello fue establecido por Decreto Supremo N° 519 del 25 de febrero de 1897, que consideraba para la nueva comuna las subdelegaciones 1ª de Las Condes, 2ª de San Carlos, 5ª de La Providencia (que le daba el nombre) y 26ª del Mineral de Las Condes.
El obelisco colonial pasó a ser considerado un indicador de los límites de la nueva comuna con respecto a Santiago Centro, desde entonces. Quizá no servía como un deslinde propiamente tal, a modo de hito o mojón fronterizo, sin embargo: ya seis años antes, cuando se había señalado a la subdelegación 5ª llamada Providencia pero como parte de Ñuñoa, se indicaba textualmente su límite sur en el camino de Cintura, correspondiente a la actual avenida Vicuña Mackenna. El límite definitivo que conocemos hoy entre Santiago Centro y Providencia procede del reordenamiento de 1982.
Pasado ya el Primer Centenario de la Independencia, la "pirámide" de Providencia fue restaurada en 1917. Se le instaló una placa adicional recordando esta reparación y así, en las imágenes de aquellos años, no se ve ya el desgaste y deterioro que sí aparecía en fotografías como las que Jorge Walton publicó sólo dos años antes en su "Álbum de Santiago. Vistas de Chile". Usando el pseudónimo Pedro Recio, don Desiderio Lizana Droguett sacó de imprentas su folleto poético titulado "Los nichos de Providencia en los antiguos tajamares", también en 1917, con los siguientes versos dedicados al monumento:
La pirámide ha sido restaurada,
así como la placa que recuerda
la utilísima obra ejecutada
por la administración tal vez más cuerda,
que tuvo la Colonia, y más honrada.
En tal sitio una tumba se le acuerda
por justa cortesía, sin palique
al de Santiago, regidor Manrique.
Cabe comentar -para mejor inteligencia de este texto- que por palique, el autor se refería a palabras engañosas. Y, para contextualizar urbanísticamente la situación, el obelisco aún se encontraba entonces al lado del grueso pretil que bordeaba el río: con los restos del tajamar por un lado, y los rieles del tranvía pasaban a escasos metros del mismo por el otro. Era imposible no advertirlo, en consecuencia.

Vista del obelisco actual desde la explanada del Café Literario, en la bajada del puente Racamalac en Parque Balmaceda.

Acercamiento a la espalda del obelisco actual. Atrás se observan los edificios el empalme de calle Condell con avenida Providencia.

Placa del obelisco actual, reproducción de la que estaba en el original.

Piedra original con las inscripciones que hizo poner en ellas el gobernador O'Higgins, en el patio del Museo Histórico Nacional de Santiago.

Escudo de Armas de la Comuna de Providencia creada en 1897, con su obelisco.
El urbanismo de todo aquel sector de la ciudad experimentó cambios significativos en los tiempos que siguieron, totalmente necesarios para el progreso, como fue ganarle nuevos terrenos al río Mapocho al continuar estrechándolo en su trayecto. Por lo mismo, sin embargo, estas modificaciones y avances tuvieron sus costos; irreparables en algunos casos. El obelisco colonial iba a pagar una dura cuota con su propia existencia.
Sucedió que, al canalizarse la parte que faltaba del río hacia el oriente, el entonces alcalde de Providencia, don Almanzor Ureta, no bien asumió el cargo en 1927 se empeñó en concretar el plan para erradicar los ruinosos peladeros del borde del Mapocho, además del precario callejón costanero junto al río o camino de los Tajamares (coincidente hoy con avenida Andrés Bello, aproximadamente), y los basurales que ocupaban en aquellos días el lugar del desaparecido paseo colonial de don Ambrosio. Este largo proyecto permitiría después, además, dar ocupación a una gran cantidad trabajadores afectados por la crisis que sobrevino en los treinta tras la Caída de la Bolsa del 29, particularmente por la construcción del Parque Japonés diseñado por del paisajista austriaco Óscar Praguer, en donde está ahora el Parque Balmaceda.
Los señalados terrenos intervenidos eran los adyacentes al río Mapocho, casi desde encima de la ex Plaza Italia, en donde se había instalado hacía poco el conjunto monumental del general Manuel Baquedano. Irían hasta la proximidad del puente del Arzobispo, cuya actual versión art decó se instaló como parte de estas mismas remodelaciones, dicho sea de paso.
En consecuencia, el entonces denominado Obelisco de Providencia u Obelisco del Tajamar fue destruido entre ese mismo año de 1927 o un poco después, pues ya no estaba cuando quedó abierto y limpio el espacio para el magnífico nuevo parque inaugurado en 1930 y que se convertiría de inmediato en uno de los lugares de esparcimiento favoritos para la sociedad chilena, con arboledas de cerezos obsequiados por Japón. Esta enorme área verde funcionaba también como una continuación del Parque Forestal hacia el este desde la zona más céntrica de Santiago, viviendo a ser, de este modo, una versión actualizada entre las mismas funciones y la situación geográfica que había tenido el viejo Paseo del Tajamar.
Durante la década siguiente, además, se inició el loteo y venta de terrenos del antiguo Seminario de la Providencia, cruzando la avenida hasta un poco más al sur, con lo que desaparecieron los vestigios más antiguos de Santiago en estas cuadras de la ciudad, casi en los deslindes de la comuna con Santiago Centro. De ellas sólo sobreviven algunos recuerdos y testimonios concretos como la Parroquia de los Ángeles Custodios y los topónimos de las calles del barrio, aludiendo al Seminario Conciliar y algunos de sus miembros. Dadas las tremendas modificaciones viales, la ubicación original del primer obelisco quedó perdida en algún lugar de la ancha calzada de Providencia, como puede adivinarse.
El material del que estaba hecho ese antiguo monumento, mismo enladrillado con cal y canto de los tajamares de Toesca, también se perdió irremediablemente. No obstante, la principal placa original de piedra con las inscripciones conmemorativas fue a parar al Museo Histórico Nacional. En el parque quedaron restos del murallón con similar fábrica y repartidos entre el paisaje, por lo demás, los principales de ellos albergados en el Museo de los Tajamares, recinto que lleva algunos años inhabilitado. Un gran fragmento del mismo tajamar está junto al sendero peatonal del parque y se le adicionó una placa con la siguiente leyenda:
Este trozo de mampostería perteneció a los antiguos tajamares del río Mapocho, que ordenó construir el Gobernador del Reino de Chile don Ambrosio O'Higgins en el 1791, basado en los planos de Leandro de Baradán, modificado por el arquitecto Joaquín Toesca.
Sin embargo, extrañando el antiguo monumento de Providencia y el símbolo heráldico que representaba para la comuna, pues sigue presente en el diseño de su propio escudo de armas, se levantó la actual réplica que existe en la avenida, también dentro de los límites del parque, durante la alcaldía del conservador Joaquín Díaz Egaña. Esto sucedió a fines del año 1950 y fue colocado cerca de donde estuvo la "pirámide" original, aunque ahora sobre los terrenos ganados al río en este mismo tramo. Muy semejante al anterior, muestra una placa cuyo texto es el mismo que tenía aquel, además de otra con la siguiente inscripción:
EN EL MES DE DICIEMBRE DE
MCML
LA MUNICIPALIDAD DE
PROVIDENCIA
MANDÓ RECONSTRUIR ESTE
OBELISCO
CERCA DEL SITIO EN DONDE
ESTUVO EL ORIGINAL
Y PARA SEÑALAR EL EXTREMO
NOR PONIENTE DE LA COMUNA
Hecho de ladrillo y hormigón, el monolito actual ha vuelto a constituirse en un vistoso e inconfundible emblema de la identidad comunal. Empero, lo ha hecho generando algunas creencias erradas sobre su real antigüedad, al tomárselo a veces por el original de los tajamares a pesar del mensaje casi con características de advertencia que tiene a su espalda, para comprender su sentido y verdadera época. La piedra con las inscripciones inaugurales, en tanto, continúa en el Museo Histórico Nacional.
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