EL ALTO DEL PUERTO EN EL CERRO SANTA LUCÍA

Detalle con el Camino del Alto del Puerto y la Subida de los Niños en plano con vista panorámica del cerro, 1873 (33°26'16.3"S 70°38'35.9"W).

Desde los orígenes geológicos del valle del Mapocho y durante los primeros tres siglos cuanto menos, en la ciudad de Santiago existió una curiosa puntilla rocosa unida al cerro Santa Lucía y cuya presencia dejó huellas en la crónica y la toponimia. Correspondía al Alto del Puerto, ubicado al pie de la ex batería realista del Castillo Manuel Hidalgo. En su momento fue observado por viajeros como el francés Amadée Frezier y después, probablemente ysus restos, por el naturalista inglés Charles Darwin. Poco se recuerda hoy de esta "falla" en el terreno de la ciudad, sin embargo, pero su recuerdo y algunas tenues huellas de su presencia aún se pueden encontrar por aquellos barrios.

Cuando el Santa Lucía no era más que un peñón de rocas estériles, entonces, dicha formación se prolongaba desde el extremo norte del cerro hacia la proximidad del lecho del río Mapocho, por entonces a poco más de una cuadra de distancia, con un cambio de nivel del suelo que se percibía ascendente hacia el oriente. Incluso enfrente del inicio de la calle de los Tres Montes, hoy José Miguel de la Barra, se formó un callejón o sendero con pendiente que fue llamado después Camino del Alto del Puerto, coincidente en parte con las actuales escalinatas del acceso norte del cerro y la orilla oriente de calle Victoria Subercaseaux, antes de llegar a Merced.

En términos sencillos, el Alto del Puerto era una forma natural de rocas con un cambio de nivel de suelo que subía hacia su costado, como una pequeña loma o cerrillo. Don Benjamín Vicuña Mackenna lo describió como "un empinado y áspero cestón de basalto" en su obra "Una peregrinación a través de las calles de la ciudad de Santiago". Este accidente o "falla" del terreno se extendía hacia el norte por la mencionada calle actual José Miguel de la Barra, como buscando aproximarse a la hondura al borde del río y el paseo de los tajamares con alamedas. Esa hondonada aún existe, de hecho: está justo al final de la misma calle, en el sector donde estuvo después la famosa laguna del Parque Forestal, hecha tras los trabajos de canalización del río entre 1888 y 1891. Fue por este sitio donde golpeaban e ingresaban las inundaciones provocadas por el Mapocho en tiempos coloniales, además, y en donde corrían también los trazados de acequias, algunas rumbo a La Cañada de Santiago, futura Alameda de las Delicias.

También llamado por alguna razón Ejido de la Ciudad, según comentan autores como Aurelio Díaz Meza en "Leyendas y episodios chilenos" y Alfonso Calderón en "Memorial de Santiago", el punto principal del Alto del Puerto se ubicaba más o menos desde donde hoy está la fuente de aguas de la calle Merced con sus imágenes de Neptuno y Anfitrite. Se presentaba a la vista como una especie de promontorio en la estribación norte del cerro al final del llamado sendero de las Cabras y luego calle del Bretón. Esta última era denominada así por la residencia del ilustre vecino francés Santiago Le Breton (a veces señalado como Reinaldo, nombre de su hijo según Vicuña Mackenna), rebautizada calle Santa Lucía hacia 1902. En sus primeros años de existencia, sin embargo, había sido llamada también callejón del Alto del Puerto y calle del Molino, por razones que veremos más abajo.

Hay más de una teoría sobre el origen de la denominación Alto del Puerto. Según lo que deslizan autores como Sady Zañartu en su obra "Santiago calles viejas", fue dada por españoles y criollos a aquellos roquedales desaparecidos y podría provenir de una asociación fisonómico-urbana con el puerto de Valparaíso:

Al despuntar el siglo XIX, el 29 de diciembre de 1802, dolorido de tantas andanzas y quebrantos, feneció don Reinaldo Le Breton en la gracia del Señor, legando su nombre a la calle en que fuera su primer morador. Era, en esos años, una callejuela enjuta y empinada, y sus casas se trepaban por la cuesta, unas sobre otras, atisbando la de más arriba el patiezuelo de su vecina de abajo, y en este apeñuscamiento formábanse recovecos de capa y espada, que le daban una belleza trágica.

La calle en esa parte semejaba un trozo típico de Valparaíso, y además, por ser el término que unía a las dos ciudades, dieron en llamarla "el Alto del Puerto", como antes había sido "del Molino", que estaba en su falda oriental.

Otra teoría supone, sin embargo, que el nombre proviene sólo de esta última observación expresada por Zañartu: que el final del antiguo Camino a Valparaíso llegaba a calle San Pablo, como se sabe, pero siguiendo desde allí por el borde del río hasta enfrentar el espolón rocoso que se prolongaba desde el Santa Lucía. Puede que estas versiones pongan demasiado énfasis en la idea de una supuesta alusión al puerto principal en el nombre, sin embargo.

Antigua distribución de los primeros solares de Santiago. Fuente: Editorial Talcahuano.

Dibujo del cerro Santa Lucía en la crónica de Alonso de Ovalle (1646). Se ve la prolongación rocosa del alto hacia el río Mapocho.

Santa Lucía del siglo XVIII, basado en el plano de Santiago del francés A. Frezier (1712). La prolongación hacia la izquierda concluye en el Alto del Puerto.

El Santa Lucía en el plano de Santiago de A. Frezier, 1712, con la relación norte-sur invertida. Se observa parte de las canalizaciones en el sector del Alto del Puerto.

Aspecto aún primitivo del cerro Santa Lucía hacia 1870, antes de su remodelación. Vista desde el frente del Teatro Municipal. Imagen del archivo Gasco.

Calle del Cerro (hoy Victoria Subercaseaux) llegando a Merced, "Álbum del Santa Lucía" de Vicuña Mackenna, 1874. Se ven diferencias de altura en los terrenos construidos.

Construcción del acceso norte del cerro Santa Lucía, con gran remoción de rocas que habían sido de la puntilla. Revista "Sucesos", junio de 1911.

En contraste, Vicuña Mackenna decía que el nombre derivaba de una asociación hispana del concepto de puerto con el de las cuestas o pendientes: "los españoles llaman puertos a las cuestas, y de ahí nuestros portezuelos", anota. Ejemplos de ello son la localidad de Portezuelo en el Itata, los portezuelos de Llullaillaco y de San Francisco en la Puna de Atacama o el cerro Portezuelo al interior de Rengo.

Por su lado, en la "Historia de Santiago" dice René León Echaíz que la palabra puerto era, en el español de la época, un vocablo equivalente a boquerón, usado para referirse al paso entre las mismas rocas del lugar que permitía el traslado desde la ciudad hacia la zona oriental del valle, especialmente para el lado de Ñuñoa. Esto era por el camino de la calle Merced en dirección a lo que será la Quinta Alegre, sector actual de Plaza Baquedano y el inicio de Providencia.

El mismo punto del Alto del Puerto fue aquel en donde don Bartolomé Flores, de apellido original germano Blumenthal y abuelo de la célebre Quintrala (doña Catalina de los Ríos Lisperguer), había tenido un molino accionado por aguas de las comentadas canalizaciones provenientes desde el Mapocho. Por esta razón, los primeros españoles establecidos en la colonia mapochina llamaron a este mismo sitio como el Alto del Molino, al parecer su primer nombre conocido. La autorización para instalarlo la había recibido don Bartolomé en 1548, año en que Rodrigo de Araya ya había levantado también su propio molino al otro lado del cerro, enfrente de La Cañada. Debe recordarse, además, que el contrafuerte de aquellas rocas, el propio cerro y la calle José Miguel de la Barra fueron el límite oriental de la ciudad en esos primeros tiempos.

Vemos así que el sistema de acequias para riego y que abastecía gran parte de los jardines, huertos y chacras de Santiago, pasaba precisamente por aquel sitio en su camino hacia el sur de la ciudad, bordeando el cerro por ambos flancos. Por eso existió también el señalado boquerón o abertura entre las rocas que daba nombre a la formación natural, justo por lado de Merced. Por él transitaban los viajeros, corrían algunas de las otras acequias desde el río Mapocho y la llamada agua de Ramón para consumo de la población. Esta pasaba por una fuente de cal y ladrillo adosada en el mismo cerro, de seis metros de largo y 1.80 metros de ancho. Las compuertas de estos cauces estaban dentro del barrio.

Llamada impropiamente pilar, la ubicación de aquella fuente del canal en el siglo XVI e inicios del XVII era hacia la conjunción de calles Merced con la actual José Miguel de la Barra, hacia donde estuvo también la primera Ermita de San Saturnino, todas ellas obras arrasadas en la gran riada del río Mapocho del año 1609. Además, es posible que el nombre que recibió la calle de los Tres Montes se haya debido a tres grandes y abultados árboles que se cree pudo haber en el mismo Alto del Puerto que contorneaba; o bien a tres montículos que formaban parte de la puntilla rocosa, aunque la leyenda urbana habla incluso de tres magnates u hombre prominentes de apellido Montes que habrían vivido en esta calle.

Volviendo a las acequias y canales, se estima que las aguas que corrían por el norte y el costado del Santa Lucía empezarían a ser tratadas de forma más discreta por la urbanización en este período, quedando canalizadas de manera subterránea. En 1671, por disposición del presidente Juan Henríquez, el capitán Alfonso Meléndez hizo fundir una hermosa fuente de bronce que surtiría a los vecinos en la Plaza de Armas, alimentada precisamente con el caudal que proviene de las aguas para consumo y que desviaba la acequia de la calle de la Merced. Es la pila de aguas que actualmente se encuentra dentro del Palacio de la Moneda, hasta donde llegó tras peregrinar por otros lugares de Santiago.

El tubo madre de los canales de cerámica y acequias de ladrillo, entonces, salía desde el sector de las llamadas cajitas de agua de la futura Plaza Baquedano e iba desde el Alto del Puerto hasta la Plaza de Armas, abasteciendo a la indicada fuente de aguas y proveyendo a la población del vital elemento. Por cierto, los restos de uno de los más antiguos acueductos que corrieron por la calle del Bretón, hechos con ladrillo y piedra, se encuentran hoy en una vitrina de los jardines del Castillo Hidalgo en el cerro. Sin embargo, cabe comentar que hay algunas observaciones interesantes al respecto formuladas por Gonzalo Piwonka Figueroa en "Las aguas de Santiago de Chile. 1541-1999", refutando aspectos muy repetidos y dados por hecho sobre estas canalizaciones de las aguas coloniales.

Estatua de Pedro de Valdivia en el cerro hacia 1963, antes de emigrar a la Plaza de Armas . Fue montada en las rocas de la puntilla.

Otra imagen del monumento en sus pocos años sobre la roquera sur del cerro, en portada de la revista "En Viaje".

Busto de doña Javiera Carrera, en las mismas rocas de la ex puntilla, junto a la escalera.

Acceso posterior del Santa Lucía. Fuente de Neptuno y Anfitrite, con el acceso norte del paseo atrás.

Vista lateral de lo que queda de las roqueras por el norte en el cerro.

Escalinatas del acceso norte. Ya casi no se ven los restos de la puntilla de rocas del Alto del Puerto.

Sector de roqueras enfrente del lugar en donde debió ubicarse el boquerón colonial del Alto del Puerto, hacia Victoria Subercaseaux con Merced.

Esquina en donde estuvo el centro culinario Ópera Catedral, Merced con José Miguel de la Barra. Era por donde iba la lengurocosa.

Calle José Miguel de la Barra y acceso norte del cerro. El edificio de los bomberos (fachada con las banderas), ocultaría parte de las rocas.

Nada es para siempre, sin embargo: hacia fines del siglo XVIII, el boquerón y las roqueras del Alto del Puerto fueron removidos en su mayor parte por orden de la administración de don Joaquín del Pino, siendo este el presidente de la Audiencia de Chile entre 1790 y 1795. Es lo que sostienen fuentes como Carlos Peña Otaegui en "Santiago de siglo en siglo", por ejemplo. Para ello se utilizaron cargas de pólvora que volaron casi toda la puntilla, permitiendo también nivelar los suelos y comenzar a reducir notoriamente la elevación del terreno. Era la primera de varias intervenciones agresivas en ese punto específico de la ciudad y el cerro, cambiando radicalmente su aspecto entre los siglos XIX e incluso parte del XX.

Quedando todavía algunos vestigios de la estructura natural que definía aquellas calles y su anterior aspecto arrabalero, se habría producido otra arremetida demoledora en 1801, si es que no se trata de la continuación o retome de las obras anteriores. En su "Historia crítica y social de la ciudad Santiago", Vicuña Mackenna, el gran creador del paseo del cerro Santa Lucía durante su período como intendente, asegura que fue el ilustre don Manuel de Salas quien había gastado 839 pesos del erario municipal en aquella ocasión para allanar y pavimentar el contrafuerte del cerro, el Alto del Puerto enfrente del Castillo Hidalgo y las terrazas al norte. Este dato es repetido por don Miguel Luis Amunátegui en "Don Manuel de Salas". Así describe Vicuña Mackenna el resultante paseo abierto a explosiones y que llegaba hasta las orillas del tajamar del Mapocho, desde la calle Merced:

El paseo formado por don Manuel de Salas era en extremo variado y pintoresco.

A cada paso dado en el malecón, el campo situado en la margen del Mapocho presentaba un paisaje diferente: ya una choza, ya un molino, ya un cortijo, que aparecían entre las arboledas y huertas, como nidos ocultos en medio del follaje.

En lontananza, se destacaban al oriente los colosales Andes coronados de nieve y nubes, que colocaban sobre sus cabezas magníficos turbantes de seda y gasa blanquísimas.

Casi todos los pocos restos sobrevivientes terminaron por ser retirados o escondidos en los años posteriores, con las nivelaciones para la urbanización más moderna y la desaparición de las casas que antes colgaban en el cambio de altura. Una de ellas era la de don Manuel Alén, justo al lado del Alto del Puerto en la esquina del cerro con calle Merced y en donde instaló también una cancha para el juego de bolas, protestando ante el Cabildo de Santiago en 1813 por intentos de expropiación de los mismos, según consta en las actas del 5 de noviembre de ese año. Todavía en 1819 se discutía de su caso en el Senado.

Zañartu, al hablar de la calle del Bretón y del Alto del Puerto, refiere también sobre esa época más pintoresca pero pecaminosa y algo peligrosa del barrio, coincidente con los tiempos del Ordenamiento e inicios de la República:

Pasados los años de la emancipación, rendidos con su gloria, fueron allí a buscar refugio de paz dos águilas de la Independencia: el general don Francisco Calderón y el coronel Ramón Picarte.

El transcurso de los años cambió lo abrupto por lo fácil, y donde antes vivieran fieros guerreros, fincaron su refugium pecatorum lindas tapadas que, por entre las pestañas de jazmines y madreselvas de sus casas encumbradas, invitan a la conquista.

A renglón seguido, entonces, Zañartu menciona un curioso caso que, según la tradición, quedó asociado al folclore urbano en los días del entonces célebre grupo femenino de cantoras chinganeras del siglo XIX llamado Las Petorquinas, el trío y luego dúo de las hermanas Pinilla. La historia gira particularmente en torno a unas coplas que creemos de origen español (siglo XVIII):

En uno de esos nidos vivían dos hermanas peruanas, de cabellos como la endrina y de cuerpos que al andar llevábanse enredados en los tacones de sus pequeños chapines la vendada belleza de sus formas.

Viejas mañanas de misa, llenas de sol y repiques de campanas. El manto enmarcaba los rostros pálidos y daba a la figura atrayente prestigio místico. Los galanes emprendían tras las dos hermanas la romántica persecución y estas dábanse mañas en alargar y acortar distancias para que el amor creciera, que en tal es dificultades los hombres estaban a su gusto, mientras llegaba el precioso instante de contemplar el rostro de las deidades. Y, cosa rara, una misma era la expresión que se escapaba de los labios de todos los perseguidores, al traducir un espontáneo "¡A diablo!" ¿Qué había sucedido? Pues que las dos damas, con ser de cuerpos tan divinos, eran más feas que un susto de medianoche. El galán, desilusionado, tornaba sobre sus pasos echando chispas, y al referir su chasco recibía las chanzas de sus amigos, que al oído cantaban socarrones la antigua copla de las pertorquinas:

En el Alto del Puerto
cantó Marica,
cada uno se rasca
donde le pica.

La persecución se repitió varias veces, y las dos hermanas fueron bautizadas con el nombre de las "Adiablos", como una chispa burlesca que hubiese dejado en el aire de la calle el espíritu del francés don Reinaldo Le Breton.

Tiempo más tarde, llegaría vivir muy cerca de allí don José Victorino Lastarria, convirtiendo la residencia suyen lugar de tertulias y reuniones para su sociedad de amigos intelectuales y camaradas políticos del liberalismo más revoltoso. Esta es, además, la razón por la que el abogado y hombre público es recordado con el nombre de la calle principal del barrio bohemio de esas cuadras. Llegaría también la viuda de Vicuña Mackenna, doña Victoria Subercaseaux, en una vivienda de la vía que ahora tiene su nombre: lex calle del Cerro, en donde fueron famosas sus sesiones de espiritismo.

En el lugar que antes ocupaba el Alto del Puerto por la actual calle de los Tres Montes o José Miguel de la Barra se ha había instalado, por lo demás, una famosa cancha de peleas de gallos, odiada por el animalismo de Vicuña Mackenna. Después de desaparecer, esta rueda gallera dejó libre el espacio que seríocupado por la Plaza Andrés Bello, en la misma vía casi llegando ya al río, a metros del actual Parque Forestal.

Ya después de la construcción del paseo del cerro Santa Lucía por el intendente Vicuña Mackenna, entre 1872 y 1874, una entrada auxiliar pero aún no abierta al público fue instalada en el sector posterior del mismo, bajo el castillo. Sin embargo, el mismo intendente dejó escrito algo sobre el Camino del Alto del Puerto y la llamada Subida de los Niños, este último correspondiente a un ascenso en forma de zig-zag justo al lado, desde donde está hoy el acceso a los estacionamientos subterráneos de calle Santa Lucía hasta el sector de las escalinatas. En su informe titulado "El paseo de Santa Lucía. Lo que es y lo que deberá ser", publicado en 1973 y correspondiente a la segunda memoria sobre los trabajos de construcción del parque en el cerro, podemos leer:

Por muchos años fueron estas las dos únicas dos entradas practicables del Santa Lucía, y la primera de ellas es la más cómoda pues gana el cerro gradualmente por el costado de un espolón del último que los españoles llamaron el Alto del Puerto, y que en parte desmontó en 1801 el alcalde de barrio don Manuel Salas.

La segunda subida no es menos cómoda porque se presenta en un zig-zag, pero es tal el cúmulo de inmundicias que allí se arrojaba que desde hacía diez o más años esta entrada había sido cerrada según ya dijimos por los vecinos con permiso de la autoridad.

De ese modo, el Camino Alto del Puerto, con 115 metros de largo, y la adyacente Subida de los Niños, con 97 metros, fueron dos de los cinco caminos principales del nuevo paseo en el cerro, cuando este iba a ser inaugurado en el año siguiente. Los otros tres eran el Camino o Subida de las Niñas, el Camino de la Ermita y el Camino del Mapocho.

Años más tarde, a partir de afanosos trabajos realizados allí hacia mediados de 1911, surgen sus actuales grandes escalinatas que pasaron a ser parte del paseo y hasta ahora permanecen dispuestas en el circuito. Por su ubicación, estas obras hicieron desaparecer muchas de las últimas rocas del para entonces extinto Alto del Puerto, dejando sólo unos pocos vestigios en esta cara posterior del cerro.

Algunos monumentos han sido colocados allí a lo largo del tiempo, en el mismo sector de la antiquísima roquera. Como el escritor y pensador político Nicolás Palacios tuvo residencia en este sector, por ejemplo, hasthoy se encuentra allí un monolito de piedra en homenaje, en calle Santa Lucía casi con Merced, enfrente del conocido edificio bauhaus llamado El Barco o El Buque, del arquitecto Sergio Larraín García-Moreno. No debe confundirse con el monumento a la "Raza Chilena" que se instaló más al sur de los jardines del cerro y por la misma calle.

El más grande de esos memoriales ha sido la estatua ecuestre de don Pedro de Valdivia, sin embargo, la que desde 1963 estuvo enfrente de la punta de diamante y junto a las escalinatas del acceso, antes de ser llevada a la Plaza de Armas en donde sigue hoy. Después se instaló el busto conmemorativo de doña Javiera Carrera por ese mismo lado, en 1985, sólo un par de metros más arriba y sobre el propio material rocoso. Y, desde 2002, en la punta de unión de las calles enfrente del mismo acceso al cerro está la fuente de Neptuno y Anfitrite, traída desde el Parque O'Higgins.

Ya sintentizando, entonces, el mismo lugar en el que se anudan las calles Santa Lucía y Victoria Subercaseaux formando la punta vial, es donde antes partía el señalado Camino del Alto del Puerto. Por sus proporciones y extensión, de hecho, la formación de rocas debió ocupar un tramo relativamente importante entre estas manzanas que hoy son un llano colmado de cafés, bares, pubs y lugares de interés para la recreación y el turismo, en la conjunción de los barrios Lastarria y Bellas Artes. A la vista, sin embargo, casi nada hay en el urbanismo actual que recuerde la existencia de aquella curiosidad que dominó el paisaje por tanto tiempo, cuando era una de las características de la misma modestcapital colonial mutada a la urbe de hoy.

De los escasos restos identificables del Alto del Puerto, fuera de las pocas rocas que bordean las escalinatas de la punta norte del cerro, menos de 50 metros más hacia la dirección al río, en José Miguel de la Barra cruzando Merced, sobrevivió una masa sólida de roquedales hoy perdiddetrás de las fachadas, según parece. Esta sirvió de basamento para la construcción interior del segundo nivel del cuartel de la Primera Compañía de Bomberos de Santiago, por su parte posterior. Este rasgo no se aprecia observando exteriormente, sino con una visita al edificio en cuyo casino funciona, además, un buen restaurante.

Entrando en más detalles, el suntuoso inmueble neoclásico de 1934 también es obra del arquitecto Larraín García-Moreno, pero ahora en sociedad con José Arteaga. Tiene aquella particularidad de que su patio con piscina y área verde queda, justamente, en el segundo piso: sobre el nivel de la calle y del galpón de los vehículos de los bomberos. Esto se explicaría porque un gran fragmento de lo que era el antiguo Alto del Puerto o de la diferencia de alturas habría sido utilizado como cimiento y relleno natural en la fundación del terreno, para darle esta característica al diseño del edificio con su nivel interior encima del exterior, al estilo de larquitectura visible en Valparaíso.

Mirando con detención el paisaje actual del barrio, además, se pueden advertir algunas otras señales de lo que fue el cambio de altura del terreno. En la cuadra de Merced con Mosqueto, por ejemplo, se nota aún un leve ángulo ascendente hacia el oriente y que se refleja sobre todo en la base de los zócalos, reminiscencia última de la pequeña cuesta ya removida. Son los recuerdos residuales del desaparecido Alto del Puerto del cerro Santa Lucía y su influencia en la fisonomía del entorno.


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