
El Escudo Español en la actualidad (33°26'27.82"S 70°38'38.45"W).
Una de las piezas más imponentes y atractivas del paseo en el cerro Santa
Lucía, en el centro de la capital chilena, es la portada almenada por la que se accede a la
actual Terraza Caupolicán. Está ubicada al final de la llamada Subida de
las Niñas y del desaparecido Acueducto Romano que este sendero
contorneaba: corresponde a un gran portal de ladrillos y dos torres, con el
aspecto intencionalmente procurado como de las ruinas de un viejo castillo.
Sin embargo, lo que más destaca en el portal es la presencia de un majestuoso y
monumental Escudo Español de roca tallada, colocado firmemente en el
arquitrabe de la portada. Se luce allí escoltado por dos gallardos leones
heráldicos y con varios elementos militares al pie de su blasón y el entorno
en el propio diseño, como tambores de infantería, trofeos de fusiles,
corazas, mazas, alabardas, lanzas, sables, cañones de guerra largos, cañones
cortos tipo trabuco y sus pilas de balas esféricas, todo con acabados detalles que se perciben sencillamente perfectos.El estilo del mismo es barroco colonial tardío de gran cuidado y delicadeza,
entonces. La imponente corona colocada sobre el conjunto y que forma parte
del blasón original, además, debe ser una de las más bellas piezas de este
tipo que se hayan esculpido en su época y para homenajear el poder del
monarca español... Poder soberano que, en la práctica, estaba próximo a ser
derrocado en aquellos días, cuando fue producido.
Aunque la terraza está construida sobre uno de los dos fuertes hispánicos
usados los realistas en el cerro durante la Reconquista, específicamente el
de la Batería Marcó luego llamada Castillo González, la presencia de dicho
heraldo en lo alto del portal ha inducido a interpretaciones populares
erradas sobre un supuesto origen colonial de la misma estructura completa. La verdad es que este
magnífico portal es posterior: fue construido en tiempos republicanos,
durante los trabajos de remodelación ordenados por el Intendente de Santiago
don Benjamín Vicuña Mackenna y ejecutados entre 1872 y 1874, principalmente.
Por otro lado, no han faltado también los chismes de tradición oral
fomentados sobre todo entre mitómanos y fantasiosos, intentando sostener que
dicha pieza artística habría sido secuestrada desde la ornamentación
patrimonial de Lima durante la ocupación chilena de dicha ciudad en la
Guerra del Pacífico, en 1881. Como es sabido de sobra, esta fábula también
se ha tratado de sentar sobre otras conocidas reliquias de la ciudad como la
Fuente de la Libertad Americana en la Plaza de Armas, los cañones
virreinales del Palacio de la Moneda y los famosos Leones de Providencia. La
verdad, sin embargo, es que el escudo del cerro jamás ha tocado suelo
peruano.
Las vicisitudes y derivas en los antecedentes del enorme bloque de piedra
son poco conocidas, alimentando con esto las especulaciones. Muchos las
resumen, a su vez, diciendo que sólo se trataba de una pieza artística que iba a ser
colocada en el Palacio de la Moneda pero que el plan se frustró con la
llegada de la Independencia, por lo que después Vicuña Mackenna decidió
instalarla en el paseo del cerro. Sin embargo, su historia resulta ser mucho
más compleja y entretenida.
Retrocediendo lo suficiente, entonces, vemos que fue
durante
el gobierno colonial de don Luis Muñoz de Guzmán (1801-1808) cuando surgió
la idea de coronar un acceso en el frontispicio del Palacio de la Casa de
Moneda, la actual residencia presidencial, con un gran escudo de armas españolas
esculpido en piedra. Esto se propuso cuando el edificio del arquitecto
Joaquín Toesca ya era
terminado e inaugurado oficialmente en 1805, tras
un cuarto
de siglo
de arduo trabajo
y sin que aquel alcanzara a verlo completamente
concluido, pues falleció en 1799.
Aprobado ya el proyecto para
incorporar la pieza,
don José Santiago Portales y Larraín, a la sazón superintendente de la
Real
Casa de Moneda y padre de don Diego Portales Palazuelos, además de
próximo a ser uno de los próceres de la Patria Vieja, fue quien solicitó
la participación de un avezado escultor y pintor para encargar la
obra: don Ignacio de Andía y Varela. Se trataba de un talentoso y
trabajador artista de San Felipe, al que Portales Larraín hizo venirse a
Santiago y quien esculpiría
después, posiblemente, la figura de la columna del escudo de la
Transición que hoy se ve en el Museo Histórico Nacional, entre otras
obras.
A mayor abundamiento, Andía y Varela había nacido el 2 de febrero de
1757 en la capital, en la casa llamada el Consulado de calle
Catedral, sector por donde ahora se encuentra el edificio del ex Congreso
Nacional de Santiago. Era primo del religioso y cronista Manuel Lacunza,
el mismo de la famosa frase "Nadie puede saber lo que es Chile si no lo
ha perdido", para quien pintó un hermoso óleo llamado "La venida del
Mesías en gloria y majestad". Otro cuadro famoso de Andía y Varela es
"La alegoría de la muerte", además de algunas acuarelas hechas a fines
del siglo XIX y que están entre las primeras en dignificar el retrato de
los indígenas del territorio chileno, como la titulada "Parlamento de
Lonquino" que realizó mientras viajaba al sur de Chile con el gobernador
Ambrosio O'Higgins. Durante este viaje, además, tomó muestras de muchas
maderas sureñas que, ya de regreso, clasificó y coleccionó en su
residencia.Curiosamente, se cree que Andía y Varela habría participado también
haciendo los dibujos para un frustrado proyecto de Monumento a la
Independencia pero cuando esta aún no tenía lugar, en esos mismos días
de la gobernación de O'Higgins. Por esta razón, parece ser que su
lealtad a la corona que iba a representarse en el escudo de armas era
bastante relativa. También había esculpido las pilastras de las escalas
en el segundo patio de La Moneda y se cree que los antiguos pilones de
roca que estaban en el palacio. Era, por lo tanto, el primer escultor del
Chile ubicado entre fines de la Colonia y el inicio de la Independencia.

Acueducto Romano y Portal del Escudo Español, 1874. Lucía una maravillosa
ornamentación artística cuando recién inaugurado.
El Escudo Español en un fotografía de revista "En Viaje", 1936.

Otra fotografía del escudo publicada por la revista "En Viaje", en 1936.
Portales Larraín solicitó al artista hacer un boceto de la obra solicitada
y tomar algunas muestras de piedras que pudiesen usarse, para remitirlas a
España con una explicación del proyecto y esperar así la aprobación real. Ni
bien llegó el visto bueno, entonces, se dio inicio al trabajo artístico que,
en total, ocupó tres años y nueve meses de la vida de Andía y Varela. Este
permaneció laborando afanosamente en el taller de su casa en calle Huérfanos
haciendo esquina con la calle de las Cenizas (o La Ceniza,
actual San Martín), ubicada en el vértice noreste del cruce. El material que
utilizó fue la roca extraída de la cantera llamada La Contadora, en
el cerro San Cristóbal.
Concluido su fatigoso trabajo para el que recibió ayuda de seis asistentes
talladores de piedra, Andía y Varela lo presentó a las autoridades para que
se diera la aprobación final y se realizara la paga respectiva. En teoría,
desde ahí sería llevado y colocado inmediatamente en la Real Casa de Moneda. Portales
Larraín y sus acompañantes quedaron fascinados con la obra al visitar el
taller del escultor y poder verla concluida, así que la dieron por aprobada
sin dilaciones. La enorme obra medía 3.20
metros de altura por 3.10 metros de ancho.
Sin embargo, para la cuestión del valor del trabajo se había nombrado como
tasadores a dos ingenieros quienes también partieron a observar y evaluar la
escultura: los peritos españoles Felni y Antero. Conscientes de las
carestías económicas de la colonia, entonces, los dos evaluaron la obra y respondieron a Andía y
Valera. Según anota el investigador Carlos Rojas Contreras en un
artículo dedicado a esta pieza, establecieron lo siguiente:
Tasamos su obra en doce mil pesos únicamente para que puedan pagársela; sin
embargo, el valer ella, para nosotros, tanta plata como pesa.
Para peor, cuando correspondió a la Superintendencia pagar el trabajo y
cancelar la deuda, el estado del erario se había precipitado a tal punto que
Portales Larraín sólo pudo acceder a cubrir la mitad de lo establecido por
los peritos: seis mil pesos, pues la gobernación se negaba a pagar más que
eso. Quizá sucedía, además, que las autoridades superiores al
superintendente trataban de pasarse de listas en otro de los constantes y
torpes abusos que los agentes realistas de entonces solían cometer contra
comerciantes y trabajadores criollos, creando una más de las razones que
motivaron al movimiento independentista que ya comenzaba a gestarse por entonces.
Frustrado por la deslealtad del gobierno, Andía y Varela no aceptó la
oferta. Sintiéndose así profundamente decepcionado y -con razón- estafado, a
continuación se retiró de regreso a la zona del Aconcagua, dejando la enorme
pieza escultórica abandonada y tirada en el patio de la misma casa de calle
Huérfanos. Como no podía llevarla con él había preferido olvidarla ahí como
un mal recuerdo, a la espera de que las mismas autoridades que acababan de
timarlo fueran a buscarla y la colocaran en el lugar que se tenía previsto.
Nunca llegarían a hacerlo, sin embargo.
Se estaba en ese momento preciso cuando ocurrieron los sucesos
históricos del 18 de septiembre 1810 y se inicia el camino que llevaría
hacia la Independencia de Chile. Se constituye de este modo la Primera
Junta de Gobierno, aprovechando las circunstancias internacionales que
son conocidas y que comprometían a España en difíciles momentos para
mantener sus colonias. Había comenzado con esto el período de la Patria
Vieja.
La agitación social y política que estalló aquel año y que se mantuvo
hasta la Reconquista en 1814, con la derrota de los patriotas en
Rancagua, llevó a postergar indefinidamente la instalación del blasón de
piedra que todavía permanecía abandonado en la ex casa del señor Andía y
Varela. En un breve tránsito de años, entonces, había pasado de ser una
prenda de lealtad y obediencia de la gobernación chilena a la Corona
Española, a un odiado símbolo de opresión y sometimiento para el
espíritu patriota e independentista ya encendido en esa guerra civil que
fue en realidad el proceso de emancipación.
Por lo recién descrito habría sucedido también que, después de los primeros
nuevos triunfos de los patriotas sobre los realistas, muchos
santiaguinos de clases populares se metían en la casa abandonada para
apedrear e intentar destruir el despreciado Escudo de Armas de España.
Se empeñaron especialmente en intentar arrancarle sus decoraciones de armas
y símbolos militares. Fue tal el peligro y la vulnerabilidad en que
estaba que el señor Juan Francisco Zegers, consciente
de que su valor volvería a ser estimado cuando pasara la fiebre
ambiental antihispánica, arrendó la casa, la cerró e hizo que la enorme
pieza de roca fuera enterrada en un sector del patio.
A todo esto, el señor Portales Larraín, el ex superintendente de la Real
Casa de Moneda, contagiado también del ánimo independentista se reclutó
en la causa participando en la junta gubernativa y luego asumiendo como
miembro del Congreso Constituyente y del Primer Congreso Nacional. Andía
y Varela, por su parte, había terminado de entregarse por completo a la
misma simpatía patriota: fue su mano la que talló en madera el primer
Escudo Patrio de Chile, presentado al público en la gran fiesta
patriótica del 30 de septiembre de 1812 en el gobierno del general José
Miguel Carrera. Tras una brillante vida artística en la que abrazó
también el hábito religioso, falleció el 13 de agosto de 1822, siendo
sepultado en una cripta de la Iglesia de la Compañía de Jesús, la misma
que desapareció tras el fatídico incendio del 8 de diciembre de 1863.
Más de medio siglo permanecería oculto el escudo de roca, en tanto. Su
sepultura lo había resguardado de los vándalos y mantenido
ajeno así a los conflictos que persistieron en la Patria Nueva, incluso
después de las epopeyas de Chacabuco y Maipú... Pero iba a llegar el día en que volvería a ver la luz.
Apenas asumió la Intendencia de Santiago, Vicuña Mackenna inició una
gestión casi personal para recuperar el gran Escudo de Armas de España,
que ya permanecía enterrado desde hacía más de 50 años en el mismo
sitio. Amante de las bellas artes y obsesionado con hermosear la ciudad,
el ilustre intelectual comprendió rápidamente cuál era el valor
histórico de la enorme pieza, pensando de inmediato en incorporarla a su
proyecto de construcción de un parque urbano en el cerro Santa Lucía.

Final de la Subida de las Niñas y el Portal del Escudo Español.
Vista del acceso y el escudo en la portada.
Vista de la portada desde su lado trasero, por la Terraza Caupolicán.
"¡Qué tiempos aquellos -exclama al respecto Rojas Contreras- en que había
espíritu público y cariño por enaltecer el arte"... Luego de negociar con
los herederos del escultor, los señores Manuel Varela y Francisco Javier
Mandiola, el intendente de Santiago consiguió que estos donaran la pieza a
la ciudad y así, el 13 de junio de 1872, se ordenó formalmente sacarla de su
largo sueño en aquella tumba de tierra. La orden se ejecutó
durante el mes siguiente, excavando en una parte del terreno donde ahora
existía una caballeriza encima, dentro de la misma antigua residencia.
El escudo se encontraba en relativo estado de conservación, tanto a causa
del olvido como de los ataques que había recibido de la chusma en los días
de las guerras de Independencia. Luego de ejecutar la proeza de
desenterrarlo y sacarlo se le encargaron las reparaciones al cantero
artístico Andrés Staimbuck, quien estaba a cargo de importantes trabajos
escultóricos del cerro como la característica Ermita del Santa Lucía.
Concluida
la primera etapa de restauraciones, la pieza fue exhibida en la Exposición
Nacional de Artes e Industrias de septiembre de 1872, realizada para la
inauguración del Mercado Central de Santiago y su enorme edificio ferretero
construido encima de donde estaba antes la Plaza de Abasto. La nueva
estructura tipo mecano había sido terminada justo hacia los días en que
Vicuña Mackenna asumía ya la Intendencia. Dicho sea de paso, se
recuerda que también fue presentada en Chile, en el espacio de aquella
feria, la estatua "Caupolicán" de Nicanor Plaza, otro posterior símbolo del cerro.Allí en la exposición el escudo fue observado por el capitán de Artillería don Ambrosio
Letelier, quien escribió del mismo en una memoria sin guardarse palabras
para elogiarlo:
Las formas bien terminadas, los contornos bien delineados, los perfiles
acentuados vigorosamente; la artística proporción del conjunto y los
detalles, todo ese grupo de piedra está demostrando al primer golpe de
vista, la grandeza de genio que impulsaba a aquel cincel admirablemente
manejado.
La corona real de España, está perfectamente bien modelada, con sus
diamantes y sus joyas en relieve; como el mundo que la espera, y sobre este
mundo, la Cruz de Cristo, símbolo de las leyes católicas.
Terminada la feria inaugural, el escudo fue transportado hasta el cerro
Santa Lucía en donde se realizaban los trabajos de remodelación y
construcción del paseo por prisioneros bajo supervisión y apoyo de
profesionales expertos. Con grandes esfuerzos fue elevado hasta su
definitiva posición en la portada, sobre el acceso que antes daba a la
plazoleta del fuerte en el Castillo González, misma en donde ahora se encuentra la
Terraza Caupolicán y en donde estuvo antaño la batería de los militares
realistas, como hemos dicho.
La colocación en el arquitrabe quedó a cargo de Staimbuck, mientras que la
construcción del portal de ladrillo fue obra del albañil chileno Tránsito
Núñez, quien falleció en enero de 1874 poco antes de ser totalmente
inauguradas las obras del cerro. El portal mide 11 metros de altura, por
13.30 metros de ancho y 2.10 metros de grosor. Núñez y su cuadrilla lo
hicieron de acuerdo a los planos de don Manuel Aldunate, quien diseñó
también los dos torreones del lado sur del Castillo González y el octógono
situado al otro extremo, junto a la piedra actualmente llamada Roca de
Caupolicán, por la indicada estatua de Nicanor Plaza que después se instaló
allí.
Tras ser colocado en su lugar definitivo en noviembre de 1872, el
conjunto comenzó a ser llamado -por lo mismo- como la Portada del Escudo
Español. Para subir a pie y más directamente hasta este sitio existe la
mencionada Subida de las Niñas (así bautizada por su forma
zigzagueante, como de un juego infantil), que en su parte más alta pasaba también por el Acueducto Romano, singular construcción de arcos hecha por
Núñez, la que surtía de agua a las fuentes y jardines inferiores del paseo.
Todo el conjunto estaba decorado con hermosos jarrones ornamentales de la
casa metalúrgica francesa Val d'Osné, además de maravillosas figuras
artísticas de inspiración clásica. Escribe Vicuña Mackenna en su "Álbum del
Santa Lucía":
La parte superior, notable por su almenado que da a todas estas estructuras
el aspecto feudal de la conquista (estilo que se quiso conservar a esta
parte del antiguo castillo González) está dispuesta como plataforma para una
banda de música.
Desgraciadamente, por un efecto de óptica inevitable y no siendo posible
tomar la vista de esta portada sino del plano inclinado del cerro, no
aparece aquella en todo su relieve ni en el nivel correspondiente.
Por desgracia, prácticamente todas las señaladas ornamentaciones en la
subida ya han desaparecido misteriosamente del cerro, quedando sólo algunas
pilas y copas. El propio Acueducto Romano se esfumó casi por completo, no
habiendo de él más que algunos pocos restos de la estructura que han
sobrevivido a terremotos y demoliciones. Y al problema del rango de
visualización del escudo descrito por Vicuña Mackenna, también se suma el
que la vegetación que después creció en el cerro lo oculta desde casi todos
los ángulos inferiores, de modo que la buena vista del mismo y de la portada
sólo se logra llegando a sus pies.
Con parte de sus almenas reconstruidas tras el inevitable deterioro y con
muchos de sus vanos o calados decorativos cerrados en épocas posteriores
para afirmar su resistencia estructural, el magnífico portal con su escudo
español rotundo y con leones musculosos a cada lado es de lo poco que queda
del que fue el más bello y artístico de los caminos interiores en el cerro
Santa Lucía. Lamentablemente, sus puertas posteriores están cerradas de manera
permanente y ya no es posible entrar o subir las escaleras hasta lo alto de las torres laterales del
mismo portal.
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