EL PALACIO DEL REAL TRIBUNAL DEL CONSULADO: EL ESCENARIO DE LA PRIMERA JUNTA DE GOBIERNO

Palacio del Consulado hacia 1920, con la estatua de Andrés Bello y la inscripción de la Biblioteca Nacional en su fachada (33°26'20.5"S 70°39'10.1"W).
Somos
muchos los porfiados que sí creen en que las Fiestas Patrias de nuestro
18 de septiembre de cada año justifican conmemorar también el concepto
de la Independencia de Chile, no sólo por la impropiamente llamada
Primera Junta "Nacional" de Gobierno. Así lo entendieron próceres como
el general José Miguel Carrera, por ejemplo, al instruir la celebración
oficial del aniversario de la misma Junta. Y, cuando la República por
fin estuvo solidificada, durante el gobierno de Manuel Montt se celebró
el 50° aniversario de la Primera Junta con la erección del obelisco
conmemorativo de la Independencia en plena Alameda de las Delicias,
próximo al templo de San Francisco.
Así
lo entendían también las autoridades de la organización republicana y
de primeros años de la estabilización política, además, permitiendo que
esta fiesta se mantuviese entre las tres que había al año asociadas a la
lucha de la Independencia, incluyendo las del aniversario de Chacabuco y
Maipú. Sólo se mantuvo como celebración patria principal aquella fecha
conmemorando el hecho ocurrido en el edificio colonial, sin embargo, del
que ahora intentaremos hacer un pequeño caudal a modo de reseña.
Partamos
observando que no siempre parece arraigado el concepto de conmemorar
los procesos históricos en su exacto origen por este lado del mundo,
sino más bien en su conclusión. Sin embargo, así como la Guerra del Opio
partió con el bloqueo decretado por del emperador Daoguang o la Primera
Guerra Mundial lo hizo con el asesinato del archiduque Franz Ferdinand,
las cruzadas de la Independencia en Chile necesitaron de un hecho
concreto detonante. Este corresponde a la formación de la Primera Junta,
precisamente, por tibio y vago que pueda ser interpretado hoy tal hito.
Y, aunque se haya repetido hasta el hastío que fue un acto de sumisión y
de lealtad a la corona más que uno de rebeldía, con una mayoría
favorable a seguir bajo dominio hispánico, también había vientos
independentistas detrás de tal acción, aprovechando la coyuntura dada
por la invasión napoleónica en España y en el momento en que se
bosquejaban las corrientes políticas de la emancipación que harían
frente a los realistas.
Como
se sabe, el liderazgo de aquella Primera Junta recayó casi
accidentalmente en el ya anciano y próximo a morir gobernador Mateo Toro
y Zambrano, el Conde de la Conquista, hombre de corazón realista pero
sobrepasado completamente por la situación que llevara al clamor popular
del "¡Junta queremos!". Sintiéndose obligado a llamar al Cabildo
Abierto del 18 de septiembre de 1810, el que fue convocado raudamente y
por invitación, decidió renunciar a su cargo de gobernador Real de Chile
y comunicarlo en el mismo encuentro junto a su secretario José Gregorio
Argomedo. Recibiría de inmediato el título de "presidente perpetuo" de
la recién formada Junta, sin embargo.

Lámina
del Edificio del Palacio del Real Tribunal del Consulado, colección
"Impresos chilenos: 1776-1818" de la Biblioteca Nacional de Chile.
Fuente: Memoria Chilena.

Aspecto
del edificio en sus últimas décadas como sede de la Biblioteca
Nacional, hacia 1915. Fuente: Biblioteca Nacional Digital.
A
mayor abundamiento, ante la presencia de más de 400 vecinos en la
asamblea que duró varias horas más, el procurador José Miguel Infante
había propuesto la creación de la ansiada Junta de Gobierno, o más
exactamente una Junta Provisional Gubernativa del Reino que se
cuadraría con la soberanía del depuesto y encarcelado rey Fernando VII y
del Supremo Consejo de Regencia, a la vez que ofrecía desobediencia al
usurpador José I Bonaparte, hermano mayor de Napoleón ahora en el trono.
La Junta quedó encabezada por Toro y Zambrano como presidente y
comandante de Armas, y por el obispo electo de Santiago, don José
Antonio Martínez de Aldunate, como vicepresidente. Los vocales juntistas
fueron el coronel de Milicias don Ignacio de la Carrera, padre de los
hermanos carrera; el español Fernando Márquez de la Plata; el abogado
patriota Juan Martínez de Rozas; el teniente coronel Francisco Javier y
el regidor Juan Enrique Rosales. Como secretarios asumieron Argomedo y
el asesor consular José Gaspar Marín.
De
acuerdo al Acta firmada ese mismo día y en el mismo lugar, "todos los
cuerpos militares, jefes, prelados, religiosos y vecinos juraron en el
mismo acto obediencia y fidelidad a dicha junta instalada así en nombre
del señor Don Fernando Séptimo, a quien estará siempre sujeta". Sin
embargo, lo esencial suele ser imperceptible: era inevitable que la
creación de esta Junta de Gobierno encendiera también la chispa
autonomista y emancipadora, como acto concreto de intento por un
autogobierno nacional. Esto permitía o justificaba el reorganizar los
ejércitos, convocar un Congreso Nacional, liberar el comercio
internacional anulando el infame Reglamento de 1778 e iniciar los
vínculos estratégicos con la Junta de Buenos Aires, con lo que se daba
el puntapié inicial al proceso de Independencia.
Toda
la lucha subsiguiente que se vio truncada en 1814 con la Reconquista
pero que extendió otra vez hasta los campos de Maipú en 1818, entonces,
debe su simiente a aquella vertiginosa e intensa epopeya: la que pasó
por el forjado veloz de la Patria Vieja, las rencillas internas, el
desastre, el exilio, lealtades y traiciones, la revancha y el triunfo, y
aun en años posteriores con las campañas en el sur del país y en Perú.
Todo esto había comenzado con aquel cabildo abierto de 1810, de alguna
manera: el mismo que ahora se celebra con las Fiestas Patrias de Chile.
Sin
embargo, por largo tiempo quedó parcialmente olvidada una importante
pregunta sobre aquel hito: ¿En dónde tuvo lugar físicamente aquella
reunión de hombres que decidieron el curso para el resto de la historia
del país? Fue un edificio que permaneció largo tiempo más en la ciudad,
de hecho, antes de desaparecer con parte de la memoria sobre la propia
epopeya a la que pertenece y sus consecuencias.
Cierta
tradición o creencia popular solía asociar tal escenario a la propia
residencia de Toro y Zambrano como presidente juntista: la famosa Casa
Colorada o Casa Colonial de calle Merced cerca de la Plaza de Armas,
alguna vez sede de la Galería Colonial del comercio y hoy Museo de
Santiago, además de fungir como importante centro cultural. Sin embargo,
esto no es correcto: siendo posible
que la casa del presidente de la Junta, dadas las circunstancias, se
haya vuelto por entonces un núcleo de actividades administrativas o
tertulias entre los comprometidos, la famosa asamblea de 1810 nunca tuvo
lugar allí, sino en otro importante sector de la ciudad ubicado sólo
tres cuadras al poniente.

La Primera Junta de Gobierno, en pintura de Nicolás Guzmán (1899). Obra en exhibición en el Museo Histórico Nacional.

Invitación
al Cabildo Abierto del 18 de septiembre de 1810 en las Salas del Real
Tribunal del Consulado. Archivos de la Biblioteca Nacional de Chile.
El
lugar exacto al que se convocó aquel decisivo cabildo, entonces, fue un
bello palacio que estaba situado exactamente en la intersección de las
calles Compañía de Jesús con la que hoy conocemos como Bandera, enfrente
del Palacio de la Real Casa de Aduanas (actualmente ocupado por el
Museo de Arte Precolombino) al este y la desaparecida Iglesia de la
Compañía de Jesús al norte. Se hallaba en el mismo lugar que hoy ocupa
el ala oriental de la cara frontal del Palacio de los Tribunales de
Justicia, edificio que incluso alcanzó a convivir en la manzana con
aquel histórico lugar, durante sus primeras etapas de construcción.
Se
trataba de un elegante inmueble con frontón central y pórtico, con dos
niveles y dotado de una fachada de pilastras y balcones. Resultaba muy
innovador en sus líneas para la época, participando de lo que fue el
arribo a Chile del neoclásico con influjo italiano, junto a otras obras
como el mismo Palacio de la Real Casa de Aduanas y el Palacio de la
Moneda, dejando atrás así los elementos arquitectónicos más
característicos del barroco y colonial tardío. Su construcción se ejecutó con cal y ladrillo, y aunque fue
remodelado o modificado con el tiempo, hasta el final de sus días lucía
sus rasgos originales como los vanos del zócalo en con arcos de medio
punto, mientras que los superiores eran arcos deprimidos.
El
edificio albergaba en sus inicios al Real Tribunal del Consulado de
Santiago, organismo de gobierno con un cuerpo colegiado que operaba como
tribunal comercial chileno. Era el ente regulador del comercio y la
producción, por lo tanto, creado por Real Cédula del 26 de febrero de
1795, en los días del gobernador Ambrosio O'Higgins. El mismo cuerpo
institucional actuaba como una sociedad de fomento económico que era
denominada Junta del Gobierno, además.
Fue
el monarca Carlos IV quien había dispuesto del edificio al momento de
crearse el organismo correspondiente. La primera propuesta para el
proyecto había sido diseñada por don Agustín Caballero, aunque acabaría
siendo desestimada por hallársela demasiado ostentosa por los
evaluadores. Por esta razón, se encargó una modificación completa a don Juan José de Goycolea y Zañartu, discípulo de Joaquín Toesca, y luego se le asignaría la dirección del proyecto.
La
obra fue levantada a espaldas de la llamada Plazoleta de la Compañía de
Jesús, en la señalada esquina, a un costado de Convictorio de San
Francisco Javier perteneciente a la misma congregación religiosa. Este
lugar habría sido escogido por los propios integrantes del tribunal,
además, comprando para ello el solar de don Juan Hurtado enfrente de los
jesuitas. Años antes había tenido su morada allí también el teólogo
jesuita del siglo XVIII, fray Manuel Lacunza, mismo quien diría desde el
amargo exilio tras salir del país en 1767, al decretarse la expulsión
de la congregación: "Solamente saben lo que es Chile los que lo han
perdido".
Las
fuentes más precisas señalan que la construcción del edificio pudo
haber comenzado hacia 1802, quedado concluida a inicios de 1807 e
inaugurado con gran atención ciudadana el día 19 de enero. Para
entonces, ya habían comenzado a arder los sentimientos antirrealistas en
la colonia chilena, sin embargo, manifiestos a través de graves hechos
como la pasada Conspiración de los Tres Antonios. A pesar de esto, el
diseño y sentido del edificio reforzaba las lealtades con la corona e
incluyó las imágenes de la pareja real española sobre el espacio de la
sala principal, la que contaba con dosel, asientos y mesa de ceremonias.

Óleo con la Abdicación de O'Higgins, de Manuel Antonio Caro (1875). Obra en exhibición en el Museo Histórico Nacional.

Real
Casa de Aduanas, a la izquierda, y Palacio del Real Tribunal del
Consulado, atrás a la derecha, hacia 1910. Se observa parte de su plaza,
que había sido la Plazoleta de la Compañía de Jesús y hoy es la de los
Tribunales de Justicia. Fuente imagen: Biblioteca del Congreso Nacional.

Parte
de la fachada del palacio y la estatua de Andrés Bello en la plazoleta,
hacia 1915. Fuente imagen: Flickr Santiago Nostálgico, de Pedro Encina.
Pero
pasó el tiempo y los hechos se precipitarían de forma inevitable...
Después de haber servido de sede al gran cabildo de 1810 y la creación
de la indicada Primera Junta de Gobierno, el edificio iba a quedar
destinado al primer Congreso Nacional, aunque debió pasar un tiempo
antes que se iniciaran las sesiones en él. Fue por entonces cuando
irrumpe la figura del general José Miguel Carrera, intentando imponer
gobernabilidad, encausando el mando hacia un sentido abiertamente emancipador y disolviendo el Congreso el 2 de diciembre de 1811.
Transcurriría casi un año más para que, el 10 de noviembre de 1812, la
corporación legislativa abriera sus sesiones con el Senado de aquel año.
Lo hizo regido por el recientemente publicado Reglamento Constitucional
Provisorio y usando el ex Tribunal del Consulado como su sede,
justamente.
El
palacio volvió a acoger en él al Congreso de 1814. Empero, el Desastre
de Rancagua a inicios de octubre terminó con la ilusión de la Patria
Vieja y regresó al edificio al cautiverio de la administración colonial.
Habían comenzado, pues, los tres años del período de la Reconquista de
Chile.
Vueltos
a la carga los patriotas con el Ejército Libertador y asegurada ya la
Independencia tras las batallas de Chacabuco y Maipú, el inmueble
regresó a sus funciones republicanas recibiendo en él al Senado
Conservador de 1818 a 1822, y a la Convención Preparatoria convocada por
don Bernardo O'Higgins y desarrollada allí entre el 23 de julio y el 30
de octubre de 1822, para redactar la Constitución Política. La viajera
inglesa María Graham presenció uno de estos encuentros el 31 de agosto,
describiendo el lugar en su diario:
En
uno de los extremos se encuentra el sillón del presidente, bajo un
hermoso dosel tricolor, con adornos dorados. Cuando asiste el Director,
ocupa este sillón, y el presidente se sienta a su derecha. Los diputados
ocupan bancos arrimados a la pared, a uno y otro lado de la sala, los
secretarios y el vicepresidente, una mesa delante del presidente, y los
espectadores se sientan en bancas semejantes a las que ocupan los
diputados.
También
llegó hasta aquel sitio, específicamente a la Plazoleta de la Compañía
en su explanada enfrente, el Teatro de Domingo Arteaga, pionera sala de
espectáculos que funcionó entre 1820 y 1836. Había partido
estableciéndose precariamente en la denominada Plaza de las Ramadas, en
la actual calle Esmeralda, y pasaría brevemente también por un espacio
de calle Catedral antes de llegar a hacerse vecino del ex Palacio del
Consulado. Se cuenta que O'Higgins en persona asistía a las funciones
del Teatro Arteaga, en donde tenía palco reservado, y que una costumbre
de cantar la Canción Nacional antes de iniciar las funciones se gestó en
esta sala.
Iba
a ser en el mismo palacio colonial donde O'Higgins, ya superado por la
crisis política, la tensión belicosa entre las fuerzas políticas en
formación y la situación financiera generada por las expediciones a
Perú, deberá poner fin a su gobierno. En efecto, abdicaría al cargo de
director supremo en un cabildo abierto del 28 de enero de 1823 celebrado
en este edificio, en otro notable albergue para los fantasmas de la
Independencia de Chile alcanzando al histórico inmueble.
A
mayor abundamiento, en aquella asamblea que significó la caída política
del Libertador debiendo partir, a continuación, al exilio en Perú,
estuvieron presentes los notables Mariano Egaña, fray Camilo Henríquez,
José Miguel Infante, el intendente José María Guzmán, Fernando
Errázuriz, el Coronel Luis José Pereira, Bernardo Vera y Pintado,
Agustín de Eyzaguirre y Juan Agustín Alcalde. Ellos fueron representados
en el famoso cuadro de Manuel Antonio Caro, que aporta una idea más
respecto de cómo era el salón interior del mismo edificio. Aquellos influyentes citaron varias veces aquel día a
O'Higgins, quien se negaba a acudir negándole autoridad al grupo y
temiendo que se produjese una sublevación militar. Ante las
insistencias, sin embargo, acudió al edificio oyendo de Egaña las
razones para convocarlo en nombre del pueblo chileno: ante "los peligros
de una guerra civil y de la anarquía destructora que la amenaza, os
pide respetuosamente que pongáis remedio a estos males dejando el alto
cargo que habéis ejercido".

Pabellón
central y ala poniente de los Tribunales de Justicia, con lo que
quedaba del Palacio del Consulado a la izquierda, hacia 1920.

Otra
vista del Palacio de los Tribunales de Justicia en construcción. Lo que
queda del Palacio del Consulado apenas se ve a la izquierda, principios
de los años veinte. Fuente: Santiago Nostálgico.
Reja del antiguo Consulado, hoy dentro del Palacio de los Tribunales. Fuente: Plataforma Urbana y Santiago Nostálgico (Archivo Fotográfico de la Dirección de Arquitectura del Ministerio de Obras Públicas).El resto de aquella historia es bien conocida: la
discusión sobre la legitimidad del procedimiento y luego la reunión a
puerta cerrada con los más notables entre los presentes. Fue entonces cuando O'Higgins
aceptó renunciar entregando el cargo a la Junta de Gobierno compuesta
por Eyzaguirre, Infante y Errázuriz, exponiendo simbólicamente su pecho
en el acto, como se lo representa en la pintura histórica.
Dos
de los hechos políticos más importantes de la historia de la
Independencia de Chile, justo en sus etapas de principio y fin,
entonces, sucedieron en el Palacio del Real Tribunal del Consulado. A
ello se suma su servicio como sede de los primeros Congresos, según ya
vimos, función que mantendría por un tiempo más.
Los
Senados Conservador y Legislador llegaron al mismo edificio en
1823-1824. Entre 1826 y 1828, cuando existía la idea de trasladar el
Congreso Nacional fuera de Santiago, se realizaron en él también las
sesiones del Congreso Constituyente. A la sazón, la ejecución de las asambleas constituyentes que buscaban trasladar la Cámara había
sido convocada en marzo, fijadas en Rancagua para el 15 de junio de
1826. La intención fue bloqueada por Ramón Feire, por lo que los
diputados debieron ser citados ahora para el 4 de julio de 1826, otra
vez en el edificio del Tribunal del Consulado. Dos años más tardaría
esta disputa en ser zanjada y dejar el Congreso Nacional en Santiago, en
el mismo edificio, pues las distancias, el centralismo y el acceso a
los archivos no permitía el cambio de ciudad.
Ya
al final del período del ordenamiento republicano y tras la elección
presidencial de 1829, el Congreso Nacional ratificó a Francisco Antonio
Pinto como primer mandatario y a Joaquín Vicuña como vicepresidente. Con
esto, el poder quedó concentrado en los conservadores dejando el campo
fértil para el próximo y exitoso despliegue de las fuerzas portalianas.
Era el final del proceso de ordenamiento y de disputas entre pipiolos y pelucones, completado con el grave conflicto político y las rencillas intestinas decididas en los campos de batalla de Lircay.
El
Poder Legislativo conservó sus dos cámaras en Santiago al entrar a la
República, entonces, pero en el mismo palacio colonial el Senado debió
compartir espacio varias veces con la Cámara de Diputados y los
Congresos Constituyentes. También fue sede, durante períodos
posteriores, de la la Junta Central de la Vacuna repuesta por Diego
Portales en 1830, así como de la Caja de Crédito Hipotecario creada en
1855. Incluso acogió en algunas de sus dependencias al Cabildo de
Santiago en ciertas oportunidades.
En
el trágico incendio de la Compañía de Jesús, en 1863, el edificio se
salvó de ser alcanzado por los estornudos de pavesas y brasas ardientes
que salían del templo durante la catástrofe de aquel 8 de diciembre, en
la celebración de la Inmaculada. Sin embargo, su tradicional e histórica
plaza adyacente fue destruida por los desesperados testigos y
sobrevivientes del aciago día: arrancaron los inocentes arbolitos de la
misma para tratar de apagar a varias de las víctimas que escapaban con
sus ropas encendidas, la mayoría de ellas mujeres en anchos vestidos,
así como para arrastrar hacia el exterior a la gente que estiraba
desesperada sus manos entre los atrapados en las puertas del templo ardiente.
En
1872, Recaredo S. Tornero describe de la siguiente manera al palacio y
sus distribuciones internas, en su obra "Chile ilustrado":
La
fachada es de dos pisos, adornada de pilastras poco salientes y dos
órdenes de ventanas. Los cuerpos laterales, de un piso, forman el gran
patio de la casa por su unión con un segundo cuerpo transversal, que es
ocupado todo él por la sala de sesiones de las Cámaras. De aquí sigue un
segundo patio, más ancho que largo, en donde están las habitaciones de
algunos empleados del Senado, y que comunica con la calle de la Bandera
por una puerta falsa; esta sirve también para dar salida a los
diputados. Los costados del primer patio están ocupados por las
secretarías de ambas Cámaras, y el edificio del frente por el portero.
El
ex Tribunal del Consulado se mantuvo en servicios para el Poder
Legislativo hasta el año 1876 o 1877, aproximadamente, cuando comenzó a
trasladarse hasta las primeras etapas terminadas del edificio del
Congreso Nacional de Santiago, justo enfrente, por una previa
disposición del gobierno de Federico Errázuriz Zañartu. Esto se cumplía a
pesar de que aún le quedaban tres décadas al nuevo edificio para poder
ser totalmente concluido.
A
partir de 1886, el palacio pasó a ser la sede de la Biblioteca
Nacional, órgano también remontado a los tiempos de la Independencia,
cuando fue creada por el general Carrera en 1813. Es el período en que
le fue inscrito el nombre de esta institución en su frontón, bajo un
artístico relieve del mismo en la fachada. En algún momento fue
extendida parte de su ala poniente, además, hacia el costado en donde
estuvo antaño en mencionado Teatro Arteaga. La Biblioteca Nacional se
mantuvo allí hasta 1925, cuando fue terminado y habilitado el actual
edificio de Alameda con Mac-Iver en el terreno que había pertenecido al
convento de las monjas claras. Ya se estaba en los últimos suspiros de
la agónica República Parlamentaria.

Vista actual del lugar que ocupaba el Palacio del Consulado.
Placa conmemorativa en la esquina del Palacio de los Tribunales.
En
tanto, entre 1905 y 1911 se había construido la primera etapa del
Palacio de los Tribunales de Justicia de Santiago, que albergaría a la
Corte Suprema y la Corte de Apelaciones de Santiago en la cuadra de
Compañía entre Bandera y Morandé. Las obras de sólida materialidad
fueron ejecutadas por la Compañía Holandesa con planos en los que
participaron los arquitectos Manuel Aldunate, Fermín Vivaceta, José
Tomás Gandarillas, Emilio Doyere y Alberto Schade, concluyendo así el
grueso del pabellón central con columnas del complejo y su ala poniente.
Cuando
aquella primera etapa fue inaugurada en 1914, el viejo edificio
colonial que había pertenecido al Real Tribunal del Consulado se veía
pequeño y entumido a su lado, pareado aún con la gran nueva mole. Gran
parte de su ala poniente había sido removida y esperaba la hora de su
destrucción total para permitir así el levantamiento del ala pendiente
de los tribunales.
Al
menos desde inicios de aquel siglo, además, el edificio colonial había
perdido mucha decoración de sus fachada y las balaustras, aunque su
plaza fue hermoseada con faroles y pretiles alrededor del monumento a
Andrés Bello, el mismo que hoy está en la Universidad de Chile. Obra de
Nicanor Plaza en mármol y costeada por erogaciones populares, esta
estatua fue instalada en el centenario del nacimiento de Bello en los
jardines del Congreso Nacional, en 1881, pero en 1884 sería llevada a la
placita de la biblioteca, en donde permaneció hasta 1914 cuando se mudó
a la casa universitaria con motivo de la inauguración de los
tribunales. Una copia de bronce de ella hecha por Samuel Román Rojas fue
colocada afuera, en la Alameda enfrente del edificio universitario,
mientras que la original quedó adentro de la Casa de Bello.
Al
trasladarse la Biblioteca Nacional y trazarse el proyecto de sede al
Poder Judicial, entonces, la suerte del edificio había quedado decidida
en la historia urbana santiaguina. Tras haber sido ocupado sólo para
funciones menores mientras esperaba su ejecución, llegó el día en el que
acabaría demolido para permitir que comenzaran los trabajos de
construcción del ala faltante del Palacio de Justicia, en 1928. Estas
faenas se extendieron hasta 1931, cuando pudo ser entregado completo el
edificio de los tribunales, aunque siguió demandando algunas obras de
terminaciones hasta mediados de aquella década.
El
que fuera el Palacio del Real Tribunal del Consulado se evaporó dejando
sólo unas pocas fotografías de época que verifican su aspecto y
arquitectura neoclásica. Sin embargo, en el actual Palacio de los
Tribunales de Justicia no se perdió del todo su recuerdo: se destinó un
rincón para empotrar contra el muro la reja que perteneció al mismo,
acompañada de una placa informativa y conmemorativa de lo que denomina
el "amanecer de la Patria", colocada en 1953. Sería la reja original por
la que entraron los cabildantes de 1810, entonces, para protagonizar un
acto histórico decisivo para Chile, sus habitantes y sus generaciones
posteriores.
Otra
placa ha sido colocada en tiempos más recientes en el exterior del
edificio de los tribunales, justo en la esquina de la fachada por
Compañía con Bandera. El Instituto de Conmemoración Histórica recuerda
con ella al memorable rincón de Santiago en donde tuvo su casa fray
Lacunza, se realizó la Primer Junta de Gobierno y las primeras sesiones
del Congreso, en donde abdicó O'Higgins y en donde estuvo la Biblioteca
Nacional...
Perteneciente
ya más al mundo abstracto que al material, entonces, eso es todo lo que
queda allí del histórico edificio de tiempos coloniales. El palacio que
sirviera de escenario a la efeméride que Chile celebra y reconoce como
la de sus Fiestas Patrias.
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