LAS CAMPANAS DEL TEMPLO DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS EN SANTIAGO

  

Dos de las campanas, en los patios del Congreso Nacional de Santiago, lugar en donde estuvo la iglesia jesuita (33°26'18.4"S 70°39'10.1"W).

Cada 8 de diciembre se cumple un nuevo aniversario del trágico incendio de la Iglesia del Arcángel San Miguel de la Compañía de Jesús en Santiago, sucedido en 1863: el mismo que se llevó entre las llamas y el humo la vida de entre 2.000 o 2.500 personas según las estimaciones, algunas llegando incluso a 3.000 o más en ciertos cálculos. Las víctimas fueron especialmente mujeres y jovencitas, quienes concurrieron aquel día, el de la Inmaculada Concepción, pereciendo en uno de los eventos más dramáticos de la historia de la capital chilena y del registro mundial de incendios catastróficos. Prácticamente no hubo familia de la capital que no tomara el luto por algún familiar o amigo perdido en ese día.

Sin embargo, recién en el año 2010, como parte de clausura de la agenda de festejos del Bicentenario Nacional conmemorando la Primera Junta de Gobierno de 1810, se consumó un hecho simbólico que cerró muchas de las deudas pendientes con respecto al recuerdo de este triste hecho histórico, aunque dejando pendientes otras. Se materializó en la devolución de las campanas originales de la Iglesia de la Compañía de Jesús, regresando al lugar en donde testimoniaron el horroroso incendio.

Como se sabe, el desastre de 1863 comenzó con la inflamación de un sector cercano al altar, a causa de la gran cantidad de lámparas ígneas que se habían colocado al interior del templo con motivo de la celebración de la Purísima. En su desesperación los feligreses saturaron los accesos del templo intentando salir y así perecieron cantidades de personas sofocadas, quemadas o aplastadas por las vigas ardientes, en una escena siniestra que dejaría pesando un tremendo trauma sobre la sociedad de entonces. El fuego trepó rápidamente al edificio completo y, mientras sonaba un tañer de muerte en los campanarios retorcidos por las llamas, abajo se apagaban las vidas a pesar de los desesperados intentos de algunos transeúntes por rescatar a las personas atrapadas.

Todo conspiró aquella tarde para provocar el desastre: la aglomeración de personas dentro del edificio, el exceso de decoración inflamable dispuesta en la fiesta, lo ostentoso de los anchos vestidos llevados por las damas, las puertas que se trababan a tratar de abrirlas hacia afuera, la presencia de intervenciones en las capillas y atrás los accesos laterales que dificultaban el tránsito hacia el exterior ante una urgencia, etc. El saldo de muertes podrísuperar incluso al fatídico terremoto de Valdivia de 1960 y a casos internacionalmente famosos como el hundimiento del Lusitania, el Titanic o el Empress of Ireland. De hecho, la tragedia se halla bastante cerca de la cifra oficial de víctimas del Atentado a las Torres Gemelas, ya en nuestro tiempo. Las vidas perdidas en el Infierno de Londres, el Gran Incendio de Nueva York o el catastrófico Incendio de Chicago llegan sólo a una fracción modesta de las muertes ocasionadas por este horrible suceso de la historia de Chile.

Aún se sentía el olor del humo y de los tizones mojados en el destruido templo cuando se propuso la creación de un jardín y del monumento sustituyendo esas ruinas. Así, el día 14 de diciembre siguiente el gobierno ordenó por decreto la definitiva demolición de las murallas que todavía quedaban en pie, concediéndose “un término de diez días para la extracción de los cadáveres que están en dicho templo”, los que fueron llevados en carretas llenas hasta un foso del Cementerio General. Pasaría un tiempo considerable antes de que la remoción de las ruinas pudiera concretarse, sin embargo.

El primer templo de la Compañía de Jesús según la "Relación Histórica Reino de Chile" del jesuita  Alonso de Ovalle, en 1646.

La segunda Iglesia de la Compañía de Jesús, vista desde su costado en calle Compañía hacia el oriente. El muro blanco es del antiguo convento.

Ilustración con la antigua vista de la calle Bandera hacia el norte. Al fondo, la silueta de la Iglesia de la Compañía de Jesús.

El trágico incendio del templo en 1863. Imagen tomada de "Fotógrafos en Chile durante el Siglo XIX", Hernán Rodríguez Villegas.

Fotografías con las ruinas de la iglesia, después del infierno...

Campana caída en el incendio y luego fundida para hacer nuevas piezas. Fotografía en Museo del Carmen en el Templo Votivo de Maipú.

Las campanas tal como se observaban en la Parroquia de Todos los Santos de Oystermouth, Gales, poco antes de su envío a Chile en 2010.

Las campanas ya de regreso en Chile y siendo expuestas en la Plaza de la Constitución, en el marco del Bicentenario Nacional.

Restos arqueológicos encontrados en calle Bandera casi Compañía en 2013, en donde estaba el templo jesuita.

Otra imagen de parte de los sillares y de un murallón basal encontrado en Bandera en 2013.

Empero, el aciago episodio había sido descuidado un poco por el discurso de la memoria histórica, hasta que llegaron los días del Bicentenario Nacional. Fuera del valor que ofrece por sí mismo como hecho para la crónica, entre sus consecuencias inmediatas estuvieron capítulos de enorme relevanciy trascendencia. Así, ni bien dejaron de humear las ruinas calcinadas un grupo de voluntarios corrió a fundar el Cuerpo de Bomberos de Santiago por iniciativa de don José Luis Claro y Cruz, dando nacimiento a la noble institución en la capital gracias a aristócratas, intelectuales, artesanos e inmigrantes que respondieron de inmediato al llamado convocando voluntarios.

Paralelamente, se inició un plan para lrecolección de fondos que permitieran erigir un monumento en recuerdo de las víctimas, iniciativa que pudo consumarse recién en 1873 en los jardines del entonces Congreso Nacional de Santiago en construcción, justo encima del punto preciso en donde estuvo antes el altar mayor del templo desaparecido. Este monumento fue trasladado al poco tiempo hasta el Cementerio General, sin embargo, siendo ubicado sobre el lugar donde estaba la fosa con los cuerpos de las víctimas y luego trasladado hasta la Plaza de La Paz en el exterior, en donde aún se encuentra. En la plaza interior del Congreso Nacional, en cambio, quedaron sólo los plintos y pedestales del conjunto original, sobre los que se instalaron los ángeles escultóricos y la imagen mariana que sigue en lo alto.

Pero el templo jesuita también había tenido dentro de sí algunas reliquias y joyas históricas que quedaron casi olvidadas en medio de la tragedia: sus campanas de distintos tamaños, las que fueron fundidas y colocadas especialmente a partir de lreconstrucción casi total del templo, luego que el terremoto del 8 de julio de 1730 destruyera aquel primer edificio. Varias de estas piezas habían sido fabricadas en España desde 1753, siendo enviadas las primeras de ellas hastla colonia chilena y luego en los años de la Independencia. Algunas ya había  pasado por un anterior incendio, además, sucedido del 31 de mayo de 1841 en una de las torres de la misma iglesia y que obligó a reemplazarla con una fea casucha improvisaden lo alto.

La última vez que esas campanas fueron dobladas en la iglesia y golpeando sus badajos fue en aquella misma jornada del 8 de diciembre de 1863, para convocar a las actividades del Día de la Inmaculada. Su último sonido dentro del templo lo hicieron al poco rato, sin embargo, al derrumbarse entre las llamas la gran torre del campanario, símbolo final de la horrenda destrucción del templo hacia las 20 horas de ese fatídico martes.

Del mismo modo, pudo ser rescatado de entre los escombros el reloj del templo: fue sacado, restaurado y llevado hasta la Iglesia de Santa Ana, en donde actualmente se encuentra. Entre las cenizas había quedado también la campana principal, artículo que que recuperado y guardado, pero en su caso siendo trasladado años después hasta la ermita del cerro Santa Lucía. Esta última obra fue levantada por arquitecto y cantero Andrés Staimbuck en lo alto del peñón, durante los trabajos realizados entre 1872 y 1874 para convertir el rocoso lugar en un paseo por orden del intendente Benjamín Vicuña Mackenna, sepultado después en el mismo templito.

Siendo quizá la mayor de las campanas que quedaron, aquella pieza era una de las más nuevas de todo el set dentro de la Compañía de Jesús, sin embargo: había sido incorporada al templo recién en 1853, sólo diez años antes de la tragedia. Se puede leer en sus inscripciones que su origen está en los talleres de la Escuela Nacional de Artes y Oficios, en los días cuando monseñor Rafael Valentín Valdivieso ocupaba la cabeza del arzobispado.

En un principio, cuando la campana de marras fue llevada hasta el cerro, se la mostró en la exposición histórica montada como museo dentro del Castillo Manuel Hidalgo. Tal era su situación en la primera inauguración de los trabajos del paseo, antes de ser trasladarla hasta la ermita que pudo ser inaugurada a fines de 1874. La construcción de esta última fue posible, además de talento de Staimbuck, gracias a los generosos aportes de don Domingo Fernández Concha, el mismo señor cuyos apellidos quedaron inmortalizados en el edificio portal de la Plaza de Armas.

La campana parcialmente fundida de la Compañía, hoy en la ermita del cerro Santa Lucía (33°26'25.34"S 70°38'36.95"W).

 

Campanario de la ermita del Santa Lucía, en donde está la reliquia.

Parte de la inscripción en la campana de la ermita, revelándola como de fabricación en tiempos republicanos, en la Escuela de Artes y Oficios.

Costado de la campana en la ermita que fue deformada por el fuego y agrietada.

Una de las campanas antiguas del Museo Histórico Nacional. No sabemos su origen, pero sí tiene decoración de estilo barroco tardío.

Las dos campanas que pueden admirarse en el salón colonial del Museo Histórico Nacional.

En el "Álbum del Santa Lucía" de ese mismo año, el intendente Vicuña Mackenna aseguraba que, por entonces, dicha campana “conserva vibrantes y claros sus sonidos”, con los que convocaba a las reuniones religiosas desde inaugurada la obra de la ermita. Estos servicios para la fe los comenzó a ofrecer allí un capellán contratado especialmente para las misas de días festivos y los casamientos, realizados sin cobros en el mismo templito. Sin embargo, dado que la campana está rota y parcialmente deformada como consecuencia del ablandamiento provocado por el fuego y la caída, algo que se puede advertir a simple vista, su tañido suena de manera extraña y casi lúgubre a juicio de los pocos que han podido escucharla en nuestra época, ya que ha permanecido muda la mayor parte del tiempo y desde hace mucho.

Por su lado, Enrique Conrado Eberhardt comenta en su "Álbum-guía del cerro Santa Lucía" de 1910 que otra campana parecida y también perteneciente a la Compañía de Jesús habría estado en el mismo Museo Histórico que funcionó en el cerro, aunque no sabemos ni por aproximación a cual se puede referir. Esta institución pasó a ser reemplazada el Museo Histórico Nacional desde el año siguiente, por cierto, con sede temporal en el desaparecido Palacio Urmeneta de calle Monjitas.

El mismo museo emigró después en las dependencias del Archivo Nacional junto a la biblioteca, en calle Miraflores, antes de trasladarse definitivamente al edificio del Palacio de la Real Audiencia enfrente de la Plaza de Armas, en 1982. Hoy, hay en él al menos una campana bastante parecida a las que se conocen del templo jesuita, aunque no aparecen señaladas en la exhibición como perteneciente a la Compañía de Jesús. Sin embargo, otras fuentes como una nota de la revista "Pacífico Magazine" fueron claras en señalar, en 1914, que la campana de la ermita era por entonces la "única reliquia de la Iglesia de la Compañía, que anunció a Santiago el espantable incendio". Ya volveremos a este tema.

Otra campana menor que salió de entre las cenizas pero pasando a manos particulares sería la que ahora se encuentra en el Museo San José del Carmen del Huique, cerca de San Fernando. Se explica en el lugar que llegó hasta allá gracias a una donación o legado del presidente Federico Errázuriz Echaurren, quien a su vez la había recibido como regalo de don Pedro Subercaseaux.

Sin embargo, sucedió que un grupo de campanas de bronce y cobre también pertenecientes al mismo templo jesuitde San Miguel tuvieron un destino muy diferente a las recuperadas: fueron adquiridas y llevadas como chatarra hasta el Reino Unido por el comerciante británico Graham Vivian. Este las embarcó hacia la ciudad de Swansea, en Gales del Sur, hasta donde llegaron en 1865, menos de dos años después del incendio.

Se trataba de al menos tres piezas de buen tamaño, con inscripciones en su propio diseño y bella decoración de iconografía religiosa tipo barroco tardío, además de la fecha de 1753 en una de ellas y 1812 en otra con rótulo de origen en Huesca, por lo que no todas corresponderían a un mismo juego original pero sí al mismo edificio jesuita. La intención de Vivian era fundirlas y reutilizar el metal, según ciertas creencias compuesto por minerales del Norte Chico de Chile. A la sazón, pues, la familia del comerciante mantenía activos negocios relacionados con la industria cuprífera en Hispano América.

Exhibición de las campanas al lado del Palacio de la Moneda y la Plaza de la Constitución, en septiembre de 2010.

Estructura provisoria en la que fueron colgadas las tres campanas llegadas desde Gales.

Otra vista de la misma instalación para las campanas en la Plaza de la Constitución y luego en el Congreso Nacional.

Las tres primeras campanas regresadas desde Gales, exhibidas en la Plaza de la Constitución en 2010.

La misma estructura, ya instalada en los jardines del Congreso Nacional de Santiago, en donde estuvo la iglesia.

Las reliquias vistas desde el costado de los jardines, hacia la esquina.

El monumento y  las campanas, antes de construirse el actual foso acústico en donde están allí en los jardines.

Una vez allá en Gales, sin embargo, su hermano mayor, Henry Hussey Vivian, quien trabajaba también como anticuario, advirtió el valor histórico que tenían las reliquias y convenció a Graham de donar las campanas a la cercana comunidad anglicana de Oystermouth, en donde ambos tenían parientes. Así fue como las piezas se instalaron en el campanario local de la Iglesia Todos los Santos, sustituyendo a unas anteriores más pequeñas y modestas. Eran tres campanas junto a una cuarta que no pertenecería al grupo de piezas chilenas y cuyo origen se ignoraba. Tras casi un siglo allí en la torre de la iglesia anglicana galesa, sin embargo, debieron ser bajadas en 1964 a causa de ciertos peligros de derrumbe del campanario debido al peso de las mismas piezas, siendo colocadas ahora suspendidas en pedestales propios y bajos, junto a un murallón adyacente al pórtico del templo, con un cartel que contaba algo sobre su historia y origen.

Aunque rondaban desde antaño rumores suponiendo que algunas campanas de la Iglesia de la Compañía de Jesús habrían sido vendidas como chatarra o sacadas del país, sería a partir de un reportaje de la BBC de Londres que se confirmó con certeza la presencia de las tres piezas en la pequeña parroquia del pueblo galés, hacia el año 2009. El reverendo Keith Evans reconoció en febrero del año siguiente que el gobierno de Chile ya había solicitado su posible devolución por la vía de la representación diplomática, y admitió también que había feligreses de su Parroquia Todos los Santos dispuestos a regresarlas, a pesar del cariño que tenían a las mismas. Como se puede recordar, además, por entonces se estaba en los preparativos finales para el aniversario 200 del proceso de Independencia de Chile iniciado con la Primera Junta de Gobierno. Era un hecho simbólico y profundamente significativo el que estas campanas pudiesen volver justo en este período, por lo tanto.

Un hecho inesperado vino a intervenir por voluntad del inexorable destino, acelerando el desenlace: a los pocos días de conocida la noticia y en medio de las citadas gestiones solicitando su regreso, sucedió el Chile el terrible terremoto del 27 de febrero de 2010, evento que, según palabras del propio Reverendo Evans, apresuró la decisión de la parroquia y de sus devotos por regresarlas. Una leyenda ha rondado en torno los hechos ciertos desde ese momento: que los religiosos galeses accedieron a desprenderse de ellas porque la misma noche del terremoto, y ante asombro de testigos, las campanas comenzaron a agitarse y a sonar como si sintieran encima el eco de la catástrofe que sucedía en Chile. A la sobrenatural historia se suman otros supuestos sucesos curiosos relacionados con las mismas campanas, acontecidos como si rogaran por su regreso.

De esa manera, tras conseguirse la aprobación del Obispado de Gales para el envío de las piezas y en gran medida gracias a la gestión del embajador Rafael Moreno, se anunció la buena nueva en agosto siguiente con un comunicado del Ministerio de Asuntos Exteriores, emitido por el secretario de Estado Británico para América Latina, Jeremy Browne.

Casi de inmediato, entonces, las reliquias zarparon hacia Sudamérica con el siguiente mensaje de la generosa comunidad anglicana de Oystermouth:

Les enviamos nuestros saludos en Cristo al pueblo de Chile, en nombre de la parroquia de Oystermouth, de la Diócesis de Swansea y Brecon, y de la Iglesia de Gales, con la ocasión del regreso de estas históricas campanas a Santiago.

Fuimos los custodios de estas campanas desde los trágicos eventos de 1863 ocurridos en la Iglesia de la Compañía de Jesús en Santiago. Estas reliquias han desempeñado un papel importante en la historia de nuestra iglesia en Oystermouth, en Swansea, y estamos muy felices de que ya se encuentran en casa.

Estas campanas que regalamos al pueblo de Chile las entregamos motivados por el amor cristiano, con la esperanza de que serán parte de un memorial para recordar a aquellos que perdieron la vida hace 147 años. También esperamos que las campanas ayuden a reforzar los lazos históricos de nuestros países y a demostrar que las personas, aunque estén a gran distancia unas de otras, comparten un sentido de humanidad común.

Esperamos visitarlos en 2013 para participar en la conmemoración de los 150 años del incendio. Aunque las campanas han regresado a casa, continuarán formando parte de la historia de la Iglesia de Todos los Santos de Oystermouth.

De parte de la comunidad de Oystermouth, el Reverendo Keith Evans y el Obispo de Swansea y Brecon, Reverendo John D. E. Davies.

La más antigua de las campanas, con fecha de 1753, ya llevada los jardines del Congreso Nacional.

Acercamiento a los detalles de la campana más antigua.

Otros detalles en el diseño barroco de la pieza.

La segunda de las campanas en el jardín del Congreso Nacional de Santiago.

Detalles con la decoración religiosa en el medio y tercio de la campana.

Las dos campanas con el Monumento a las Víctimas del Incendio de la Compañía, atrás, en donde estuvo el altar del templo incendiado.

Ubicación que tenían las reliquias dentro de los jardines y sus senderos.

Las tres campanas llegaron hacia mediados de septiembre  a bordo de un buque de la Real Armada Británica, el HMS Portland. Gran expectación se produjo en esos días en algunos círculos de patrimonialistas y amantes de la historia, en el contexto del ánimo reinante por las fiestas del Bicentenario. Al arribar en Santiago se realizó una recepción con un concierto de campanarios del centro de la ciudad y un acto del Coro de Cámara de la Universidad Alberto Hurtado, además del tronar de las sirenas del cuerpo de bomberos, estrechamente involucrados en esta misma historia. La intención principal de las autoridades gubernamentales y municipales al "repatriarlas" era prepararse también para el aniversario 150° de la tragedia, el que se venía por los calendarios en sólo unos años más.

El primer campanazo de retorno en una las piezas sonó el 29 de septiembre de 2010, con el acto oficial de entrega de ellas a la República de Chile y con el entonces presidente Sebastián Piñera encabezando la ceremonia solemne, que sirvió para cerrar formalmente los festejos bicentenarios del Mes de la Patria. Esa histórica campanada del regreso la ejecutó Martina Maturana, la niña heroína que hizo sonar el gong de alerta de la Isla Robinson Crusoe salvando varias personas del inminente maremoto que atacó al archipiélago tras el terremoto de febrero.

Las campanas permanecieron por un tiempo allí en la Plaza de la Constitución, colgadas en un caballete de madera propio enfrente del Palacio de la Moneda, pudiendo ser admiradas por el público. Se trata de piezas de buen tamaño, con inscripciones en su propio diseño de molde y una bella decoración de iconografía religiosa. Llevan las fechas de 1753, 1812 y 1818 con el indicado de origen en la localidad de Huesca en dos de ellas, ciudad con una rica tradición de minería y metalurgia. En la mayor de ellas iba inscrito el nombre de don Manuel de Murillo, además, muy probablemente el fabricante.

La ceremonia oficial que seguiríal traslado de toda la estructura con las campanas hasta los jardines del Congreso Nacional en calle Compañía de Jesús, así llamada precisamente en recuerdo del convento y la siniestrada iglesia, se vio suspendida por otro incendio, sin embargo: el de la Cárcel de San Miguel, ese mismo día 8 de diciembre de 2010. La muerte de 81 prisioneros se llevó toda la atención de la jornada y cambió abruptamente los ánimos. Sin grandes solemnidades, entonces, dos campanas volvieron en silencio a su sitio original con una ceremonia breve y sobria, mientras que lotra quedó confiada los bomberos de Santiago.

De acuerdo al programa que acabaría siendo abortado ese día, a las 20 horas (misma del incendio) se debía iniciar la inauguración en la referida instalación de madera con dos de las campanas ahora en el Congreso Nacional y un concierto general de 47 campanarios de la ciudad. La tercera de ellas sería llevada a las 20:30 hasta el Cuartel General del Cuerpo de Bomberos en la cuadra de calle Santo Domingo con Puente, adyacente a la Plaza de Armas. Iría en procesión y escoltada por más de mil bomberos con antorchas iluminando el recorrido hacia la base, para ser instalada en un memorial propio al interior.

En aquella ocasión, además, la torre del cuartel bomberil (apodada cariñosamente La Paila entre los voluntarios y con la campana más grande Chile en su interior) también participaría de la sinfonía de campanarios de la ciudad, conmemorando el 147° aniversario de la tragedia y también de la fundación del Cuerpo de Bomberos de Santiago. Fue una lástima que este programa cultural no pudiera ser cumplido cerrando las celebraciones oficiales del Bicentenario Nacional, entonces.

La campana de 1818 en el patio del Cuartel General de Bomberos de Santiago (33°26'11.12"S 70°39'3.29"W).

El memorial de bomberos en donde se instaló la campana, dentro del cuartel.

Vista de la campana del cuartel y su elegante diseño.

Acercamiento a los detalles de la pieza en el Cuartel General de Bomberos.

Cabe comentar que, para dar al conjunto de los jardines un carácter más propio de memorial, también se había preparado la instalación de descubrimiento de una inscripción a los pies de la mencionada estructura de madera que mantuvo suspendidas las campanas desde que comenzaron a ser exhibidas frente a La Moneda y ahora en el Congreso Nacional. Se trata de una placa metálica con la siguiente leyenda:
Las campanas que penden de esta estructura transitoria, pertenecieron a la Iglesia de la Compañía de Jesús que existió en estos terrenos hasta el 8 de Diciembre de 1863, fecha en que fue destruida por un incendio que provocó la muerte de 2.000 personas, la gran mayoría mujeres y niños.
Estas campanas vuelven a su lugar de origen, por voluntad de la Comunidad Anglicana de la Iglesia de Todos los Santos, ubicada en Oystermouth, Gales, Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte, como homenaje a las víctimas del incendio y de las provocadas por el terremoto sufrido por nuestro país el 27 de febrero de 2010.
La misma placa detalla el nombre de los escultores y arquitectos que participaron del montaje y la construcción de la estructura que se suponía provisoria, ademáshecha de pilares y vigas de pino Oregón laminado, ensambles y espigas evocando a la carpintería de los tiempos de la iglesia y varios clavos de cobre con diseño antiguo, simbolizando a las víctimas del incendio. Se agradecía en ella el apoyo de la Fundición CAP, Megavisión, Observatorio Lastarria, Cazú Zegers y el Grupo AIRA.

Las dos campanas que quedaron así entre las áreas verdes del Congreso Nacional sonaron algunas veces más allí, no sólo en los aniversarios de la tragedia. Su tañido comenzó a repetirse desde el 2011, al mediodía, como sustitución al famoso cañonazo de las 12 en el cerro Santa Lucía. Mientras tanto, pasaba el tiempo y el mensaje de la comunidad anglicana manifestando su deseo de "visitarlos en 2013 para participar en la conmemoración de los 150 años del incendio" debía tener lugar ese año... Pero, por razones incomprensibles, este encuentro del prometido aniversario nunca se realizó.

El desdén llegó con rapidez a las campanas, como se ve. Incluso debieron pasar otros cuatro años más desde el inocuo aniversario 150° de la tragedia para que comenzara a construirse, en los mismos jardines, un foso acústico en el suelo, dentro del cual fueron instaladas de maneraparentemente definitiva. Con esta decisión quedaron fuera de la vista de los paseantes por el exterior del perímetro correspondiente al Congreso Nacional, en calle Compañía con Bandera.

La tercera de las campanas, en tanto, permaneció en el Cuartel General de Bomberos en un altar propio y con fuente de aguas en su patio, junto al museo y el edificio administrativo. Esta  también tiene sello de origen en Huesca y corresponde a la fechada en 1818. Al igual que las otras dos, cuenta en su cuerpo con diseños de molde para el metal colado, alusivos a iconografía religiosa  y decoración de estilo barroco tardío. Desde concretado su traslado al cuartel muy poco después de la instalación de las campanas en los jardines del Congreso Nacional ha sido la más "dignificada" de las campanas regresadas desde Gales, luciendo espléndida en su bello memorial con escalinatas del patio adoquinado.

Sin embargo, vino a suceder una sorpresa durante todo ese período: aproximándose ya el año en que debía tener lugar la celebración del siglo y medio de la tragedia de la Iglesia de la Compañía, otra campana identificada como original del templo y también llevada por el comerciante Vivian a Gales fue identificada y recuperada gracias a una gestión iniciada en 2012. En este esfuerzo y trámite participó incluso el príncipe Edward, duque de Wessex, de hecho.

Tras haber estado desde 1870 en la Parroquia Saint Thomas de la localidad de Neath, cerca de Swansea, dicha reliquia había sido entregada en custodia al príncipe por el arzobispado anglicano de Gales. Fue devuelta a Chile en septiembre de 2013, recibiéndola en la ocasión una delegación de la 14ª Compañía de Bomberos del Gran Santiago, acompañados por el embajador de Chile en Londres. Una vez llegada a Santiago, entonces, la reliquia fue colgada en el cuartel de la misma 14ª Compañía, en la avenida Tobalaba cerca de calle Lota, Providencia. Se la instaló en una estructura con un monolito memorial, en una emotiva ceremonia a principios del mes de octubre con asistencia de autoridades bomberiles, municipales y diplomáticas.

La llamada Cuarta Campana, en el cuartel de la 14ª Compañía de Bomberos en Tobalaba (33°25'16.19"S 70°35'52.72"W).

Fachada de la 14ª Compañía de Bomberos con su orgulloso trofeo.

Brazo colgante y monolito conmemorativo de la Cuarta Campana en Tobalaba.

La Cuarta Campana y parte su mecanismo para hacerla sonar.

Apodada como la Cuarta Campana (por ser la última de las cuatro llegadas desde Gales), la pieza en impecable estado quedó en el campanario de la fachada del cuartel. Cuenta allí con un sistema más moderno que la hace sonar anunciando las emergencias: un mecanismo de dispositivo electrónico fabricado en Italia, que permitió eliminar la cuerda del badajo y darle el necesario lucimiento como valiosa reliquia histórica y patrimonial.

Pero no se crea agotado aún el inventario de campanas de la Compañía de Jesús que pueden rastrearse en la actualidad. Dijimos que Vicuña Mackenna se refirió a otra pieza de este tipo en el Museo Histórico, aunque no tenemos noticia de ella en las actuales dependencias de esta institución. En su "Álbum del Santa Lucía" comenta que la revisada campana de la ermita era "el único vestigio de este género (con excepción de la que existe en el Museo histórico) de la antigua Compañía de Jesús de Santiago", en 1874. Vimos también que Eberhardt repite lo mismo en su "Álbum-guía del cerro Santa Lucía" de 1910, lo que hace suponer que, todavía en esos años, se estimaba que otra campana habría estado en el museo que por entonces aún funcionaba en el cerro, si bien otras fuentes aseguran que las única conocida era la que estaba en su ermita.

Aunque no hay a la vista información del actual Museo Histórico Nacional al respecto, sí confirmamos que existe en el salón colonial de sus dependencias actuales un par de campanas antiguas, hasta cierto punto siendo una de ellas sospechosamente parecida a las piezas que se trajeron de regreso desde Gales, tanto en diseño como inscripciones. Esta campana de bronce en la exhibición fue fabricada en 1762 y lleva una inscripción en mayúsculas con el apellido Padylla, el posible fabricante. Consta de decoración barroca religiosa parecida a las de los otros casos revisados y está junto a una más ancha y voluptuosa del siglo XVII o XVIII.

No tenemos confirmado que pueda tratarse de la campana a la que aluden Vicuña Mackenna y Eberhardt en sus respectivas obras, como otroriginal de la Compañía de Jesús. Tampoco nos corresponde aventurarnos a tratar de proponer esto, ciertamente. Empero, por su decoración y aspecto puede aseverarse -como mínimo- que pertenece a la misma época colonial tardía de las principales identificadas.

Sin embargo, incluso tomando en cuenta que por entonces no se sabía aún de las cuatro campanas que estaban en Gales, hay algunos ejemplos más de posibles campanas de la misma iglesia. Una de las mayores del templo, por ejemplo, correspondiente a la más conocida de entre las retratadas en las fotografías posteriores al desastre, quedó en un estado de inutilidad tal que los jesuitas volvieron a fundirla para hacer un par de campanas nuevas. Serían estas las que están actualmente en la Iglesia del Colegio San Ignacio, en Santiago. Al menos su material, entonces, permanecería aún en la capital.

En otro aspecto, intrigará a perpetuidad el hecho de que, en el 150° aniversario del Incendio de la Compañía en 2013, no hubo autoridad disponible para doblar las campanas una vez más dando justo recuerdo a la tragedia sucedida exactamente allí, en el jardín del ex Congreso Nacional. Quizá las distracciones electorales y la lucha política diluyeron anticipadamente el interés por esta conmemoración que, a fin de cuentas, no realizó en la forma que merecía, de paso con un evidente desaire a la comunidad anglicana que las envió dadivosamente de vuelta a Chile y que esperaba ser pare del aniversario.
Mas, incluso si las campanas hubiesen sonado vivas y dulces al cumplirse esa centuria y media honrando a todas las víctimas del incendio, ¿lo harían también, y sin proponérselo, por todos los otros caídos en el camino de la historia: mártires de bomberos, víctimas de incendios, de tragedias, de cataclismos o de nuestros propios estallidos de rivalidad histórica? Una ciudad y un país que parecen convivir con la desgracia y el destino tantas veces infausto ya ni siquiera pueden tener claro a quién rinden honores en sus listas interminables de víctimas, inocentes y caídos: un día por la acción de la naturaleza telúrica de nuestra tierra, y otro día por alguna cruel masacre política para las que no hay ni campanas que hacer sonar. La desmemoriy desconsideración ante este sino trágico nacional representado en el incendio de la Compañía de Jesús, simplemente no se justificaba.
Quizás sea mejor racionalizar de manera más íntima el clamor de esas dolorosas campanas cada vez que hagan su música, bajo esa elocuente sentencia del poeta inglés John Donne, en su "Devotions upon emergent occasions and Dead's duel" (siglo XVII) y que muchos atribuyeron por error al escritor Enerst Hemingway por inspirar el título de una de sus más famosas novelas:
Nadie es como una isla solitaria, completa por sí misma, pues cada hombre es parte de un continente, la parte de una tierra. Si el mar tragara una porción de la tierra, es toda Europa la que ha sido reducida, bien si fuera una loma o la casa de alguno de nuestros amigos, o acaso nuestra propia casa. La muerte de cualquier otro hombre irá reduciéndome, pues me encuentro encadenado a toda la humanidad. Así pues, nunca te preguntes por quién doblan las campanas: sólo doblan por ti.

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