LOS CAÑONES VIRREINALES DE LA PLAZA DE LEBU

Los cañones coloniales en la plaza (37°36'38.3"S 73°39'22.8"W)

Los cañones de la Plaza de Armas de Lebu señalan una innegable conexión histórica de esta ciudad en la provincia de Arauco con la de Santiago y Valparaíso: ambos pertenecen a un mismo grupo de hermosas piezas de artillería virreinal con diseño de estilo barroco tardío, de claras líneas hispánico-criollas. Son un hermoso par de reliquias anudadas  a los hilos del pasado de la Región del Biobío, por lo tanto. Hoy se encuentran enfrente de los edificios de la Municipalidad y del Registro Civil, por calle Andrés Bello en el borde surponiente de la misma plaza lebuense.

Se trata de auténticos cañones coloniales fundidos en Lima por orden del virrey del Perú, don Manuel de Amat y Junyent en 1772, destinados a reforzar las costas chilenas. Sin embargo, el cómo llegaron estos cañones a Lebu resulta de un hecho más de cien años posterior: la Guerra del Pacífico. Sucedió que, durante el conflicto que estalla en 1879, los movimientos enemigos en el sur podían llegar incluso al Estrecho de Magallanes (en efecto, así fue), por lo que el gobierno supremo tomó la precaución de iniciar la construcción de fortificaciones en sitios estratégicos como la bahía de Lebu por consejo de los jefes militares y para proteger especialmente el abastecimiento de carbón. Como se recordará, aquellas carboníferas de la zona y su importancia energética para el país eran muy bien conocidas en Perú: el presidente Mariano Ignacio Prado había sido un importante inversionista de aquellas minas, justamente.

Empero, como casi todo el material de guerra estaba destinándose al frente norte en esos momentos, debió echarse mano a lo que hubiese disponible. Fue en estas carestías que los cañones terminaron siendo trasladados hasta allá: originalmente, cuatro piezas de bronce con más de un siglo, transportados por el vapor "Toltén" en junio de aquel año.

Aquellas piezas de artillería, muy poco funcionales a esas alturas, ya habían tratado de ser modernizados en las Maestranzas Militares de Limache, sobre todo en lo referido a agregarle un estriado interno. Se hicieron algunas modificaciones y actualizaciones en sus sistemas a propósito de las amenazas de la flota española por el conflicto de las islas Chincha de Perú, mismas que se consumaron con el violento bombardeo del puerto en 1866. El capitán de fragata Fernando Pérez Quintas explica aquello de la siguiente manera, en su texto titulado "Los cañones coloniales. Una rectificación histórica", publicado en 1994 por la "Revista de Marina":

Un siglo después, en 1864, con el propósito de aprovechar los viejos cañones para ser empleados en defensa de la costa, amenazada por la Escuadra Española, Don José Eustaquio Gorostiaga, quien había ingresado al Ejército como Alférez de Artillería, propuso un proyecto para transformar los viejos cañones de las antiguas fortificaciones coloniales, en cañones de ánima rayada. El proyecto fue aprobado y los cañones transformados en el mes de mayo de 1866 en la antigua Maestranza de Limache.

Las previsiones del ahora Capitán del Cuerpo de Ingenieros Gorostiaga, lamentablemente no permitieron cumplir su deseo y los cañones no fueron empleados, ya que el puerto de Valparaíso fue bombardeado en el mes de marzo del mismo año.

Los cañones de la Plaza Esmeralda, después enviados a Santiago. Fuente: "Historia de los cañones de la Plaza de Armas de Lebu" de Víctor Hugo Garcés Soto.

Los cañones de Lebu cuando la plaza aún conservaba su aspecto clásico. Imágenes publicadas por Fernando Pérez Quintas.

 

Vista de la plaza con sus dos cañones en la temporada de Navidad de 2021.

 

La divisa de todas estas piezas: "Violate fulmina Regis".

 

Las características asas con formas de peces o delfines de estilo barroco virreinal.

 

Escudo imperial hispánico en el relieve artístico de los cañones.

 

Inscripción del general Gorostiaga, a propósito de las modificaciones intentadas en los cañones en 1866.

Agrega Pérez Quintas que el  entonces intendente y comandante general de armas de Lebu, don Hermógenes Pérez de Arce, informaba que los cañones seguían botados y sin uso en el puerto después de un mes de haber sido desembarcados, pues faltaba todo lo necesario para poder instalarlos allí. Incluso llegaba a sugerir que "sería más conveniente emplazar en otro puerto los cañones, porque aquí servirían de pretexto para bombardear la población", de seguro previendo la poca utilidad que tendrían en caso de un ataque desde la costa.

Después de aquellos desencuentros y atrasos, entonces, los cañones llamados El Relámpago y El Furioso fueron destinados a la ciudad de Lebu en las circunstancias descritas, específicamente en los establecimientos de don Maximiano Errázuriz en Boca Lebu, costado sur de la desembocadura del río Lebu, lugar desde donde hacían las partidas de carbón. Sus hermanos El Marte y El Rayo, en cambio, quedaron empotrados sobre una playa del costado norte de la desembocadura del río, junto al cementerio del Fundo Boca-Lebu, que a la sazón era propiedad del militar y político Cornelio Saavedra.

Concluida la Guerra del 79 y afortunadamente sin haber existido necesidad de emplear aquellas reliquias (pues poco habrían servido, en tal caso), los cañones quedaron como un recuerdo patrimonial de Lebu y se mantuvieron largo tiempo en el mediano olvido. Dice Pérez Quintas que el gobierno de Federico Errázuriz Echaurren intentó llevarlos de vuelta Valparaíso hacia el cambio de siglo, seguramente con la intención de fundirlos, pero las autoridades de la provincia ya se habían encariñado con ellos: intervinieron para que la orden no se cumpliera y así permanecieron en Lebu, comprometiéndose a destinarles un "lugar digno" dentro de la ciudad.

Cumpliendo con lo prometido, entonces, El Furioso y El Relámpago fueron desmotados y trasladados hasta la Plazuela Esmeralda en 1917, cerca de la Aduana y el Muelle Fiscal. Ahora habían sido montados allí en pedestales de concreto.

Sin embargo, en 1929 la Provincia de Arauco y la comunidad de Lebu obsequiaron ambos cañones al gobierno del general Carlos Ibáñez del Campo, como reconocimiento a los esfuerzos que se hacían desde Santiago por el desarrollo  de la región. Esto se logró tras una iniciativa del alcalde Arístides Cabrera Zapata. Así fueron embarcados hacia Valparaíso a bordo del vapor Tirúa y desde allí llevados a la capital: son los mismos que hoy se encuentran en el Palacio de la Moneda y de cuya presencia allí surgió el nombre del Patio de los Cañones.

Los otros dos cañones de bronce, en tanto, correspondientes a El Marte y El Rayo, permanecían desde las Fiestas Patrias de 1913 en la Plaza de Armas Vicuña Mackenna de Lebu. Por su vistosa ubicación y su atractivo barroco colonial habían pasado a ser considerados parte de la ornamentación pública de la ciudad, de hecho. Son los mismos que pueden ser admirados allí, hasta hoy.

Superando las remodelaciones de la plaza y algunos cambios en su posición, una observación in situ de ambas piezas las confirma de inmediato como pesados cañones antiguos de culebrina y linterna con cascabel en su extremo inferior, con poco menos de cuatro metros de largo. Con un peso de tres toneladas, en su estructura se observa una decoración artística virreinal pero más pretenciosa que fina. Va acompañando al escudo imperial español y todo en relieve gracias al molde de fundición. Las inscripciones del segmento inferior demuestran que se trata de obras del taller metalúrgico de Joannes Espinosa, en Lima, mientras que las del segmento superior muestran la viñeta común de estos cañones, adjudicando su existencia a la petición de Amat y Junyent en 1772.

Tal como se observa en todo este juego de piezas de artillería, dos peces o delfines de diseño casi rococó van arriba hacia el centro, a modo de asaderas. El nombre de cada cañón se lee cerca de la boca: El Rayo, en que está al costado poniente y con una placa informativa bajo el mismo; y El Marte, para el del costado oriente. Ambos levan en sus relieves la divisa en latín "Violate fulmina Regis", además, en una viñeta con forma de listón, otro rasgo común del diseño y que se traduciría más o menos como "Rayos de violencia del Rey". Ambos están montados en cureñas metálicas fijas claramente de épocas posteriores a su factura, y en la boca de los dos está todavía la inscripción más moderna "J. Eustaquio Gorostiaga" y la fecha de marzo de 1866, testimonio de las modificaciones realizadas entonces sobre los mismos.

Sin embargo, se recordará que los cuatro hermanos repartidos en dúos entre la Plaza de Armas de Lebu y La Moneda en Santiago correspondían sólo al grupo de piezas que fue enviado a la ciudad sureña: el hecho es que esta camada era mucho más grande. Por esta razón, existen otros cañones de la misma producción limeña repartidos en distintos puntos, todos fundidos entre 1772 y 1780. El que aquellas cuatro reliquias hayan sido declaradas Monumento Histórico Nacional por Decreto N° 464 del 2 de agosto de 1995, ha contribuido un poco al olvido de los otros miembros de esta vieja familia artillera.

A mayor abundamiento, en el Patio de Honor de la Escuela Militar del Libertador Bernardo O'Higgins, en Las Condes, están otros dos de la misma factura, estilo e inscripciones: El Colérico y El Destruidor. Estos dos cañones se hallaban antes en la escuela vieja de calle Blanco Encalada de Santiago cerca del Parque O'Higgins, desde donde fueron trasladados hasta las espaciosas nuevas dependencias de la academia. También hay referencias ambiguas a unos tales El Tronador y El Tronante, cuya existencia y ubicación es tema discutido, ya que alguna vez fueron confundidos con los del Palacio de la Moneda, caso del libro "Orientación profesional de la Escuela Naval Arturo Prat". En "Playa Ancha. Fortaleza de Valparaíso del siglo XIX", Héctor Vásquez Morales concluye que tales cañones no existieron, o al menos no en Chile.

En Valparaíso, en tanto, se encuentran los llamados El Trepidoso y El Triunfante haciendo guardia eterna en la Escuela Naval Arturo Prat. Habrían correspondido a piezas dispuestas en tiempos coloniales en el Fuerte San Antonio, que existía en donde está el Paseo 21 de Mayo, y el Fuerte San José, ubicado atrás del actual Edificio Armada de Chile del cerro Cordillera. Fueron donados a la Escuela Naval a fines del siglo XIX y se los trasladó desde el cerro Artillería hasta su actual ubicación en 1967. El que su alma permanezca lisa y sin intervenciones modernizadoras o funcionales indica que nunca se los intentó utilizar para baterías en tiempos republicanos.

No es dato menor, además, el descubrimiento de otro cañón con ciertas similitudes en estilo y aspecto en Lebu hacia fines del verano de 2013: fue hallado en una playa, enterrado en las arenas y piedras del sector de isla Huepe, cerca del faro. Puede que la historia y número de cañones coloniales agregue nuevos capítulos, entonces.

Siendo los cañones ubicados más al sur del mismo grupo fabricado por solicitud de Amat y Junyent para Chile y contando más de un siglo en la Plaza de Armas de Lebu, El Marte y El Rayo han soportado allí no sólo el peso del tiempo, sino también algunos prejuicios absurdos como que serían "trofeos de guerra" traídos desde Lima en la Guerra del Pacífico, según circulares digitales apócrifas distribuidas hace tiempo pero que lograron enganchar la credulidad de algunos incautos; o, como creían ciertos publicistas del indigenismo, que eran "cañones de la Pacificación" de la Araucanía y que, por lo tanto, incitaban al odio y al racismo según se denunciaba en redes sociales hasta hace pocos años. Patrañas sin fundamento en ambos casos, sin embargo.

Más sobre la historia de las hermosas piezas de Lebu y sus gemelas en Santiago y Valparaíso puede conocerse en trabajos de investigación tales como "El Ejército Real en Chile (1759-1810). 'La raíz española del Ejército Independentista'", del historiador Pedro Hormazábal Espinosa, publicado en la "Revista de Historia Militar" de diciembre de 2009. Resulta recomendable también para el caso la enciclopedia "La artillería en Chile" del Comité de Artillería del Ejército, obra del año 2000.

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