LOS RESTOS DE TAJAMARES DEL MAPOCHO EN EL PARQUE DE LOS REYES
Bloques con fragmentos del tajamar y los malecones coloniales en 2012 (33°25'33.44"S 70°40'29.48"W).
Los tajamares coloniales de Santiago se construyeron en los bordes del río Mapocho en diferentes etapas, buscando contener con ellos las iras y salidas de madre de su caudal que varias veces golpeó a la ciudad. Fue creencia popular, además, el que estas defensas abarcaron sólo el sector comprendido entre el actual Parque Balmaceda, a la altura de la ex Quinta Alegre (más o menos en donde ahora está el obelisco reconstruido de Providencia y el Museo de los Tajamares) hasta la proximidad del Puente de Cal y Canto y poco más al poniente. Los hechos demuestran que era incluso más allá hasta donde llegó el malecón, sin embargo.
Construido por la obsesiva tenacidad del corregidor Luis Manuel de Zañartu, el Puente de Cal y Canto estaba ubicado desde fines del siglo XVIII entre lo que es hoy la calle Puente (de ahí su nombre) y, por el otro lado, la altura en donde está la actual boca de avenida La Paz, casi de junto al camino de La Cañadilla de La Chimba. Esta última es la actual avenida Independencia, con la que la ruta determinada por la luz del puente conectaba a través de un desaparecido callejón lateral. Se suponía también que, por la orilla sur, las estructuras del tajamar no sobrepasaban demasiado a la ex calle del Ojo Seco, correspondiente hoy a General Mackenna. Su nombre, de hecho, se debía a que el sendero pasaba bajo un ojo o arco seco del Puente de Cal y Canto, sin agua del río, en el límite del lecho y creciendo residencias en sus costados.
La creencia popular de que los murallones de sillería y enladrillado llegaban hasta la proximidad o sólo un poco mas allá del terreno con el antiguo Basural de Santo Domingo, después ocupado por el Mercado de Abastos y hoy por el Mercado Central, deriva quizá de una percepción errada. Resulta, pues, que el Paseo de los Tajamares y la alameda existente en dicho tramo durante muchos años y hasta gran parte del republicano siglo XIX, había surgido de la unión de dos paseos coloniales que formaron el largo camino por el borde del río, favorito alguna vez de la aristocracia criolla. Si bien el paseo de los tajamares llegaba así hasta el Puente de Cal y Canto, entonces, las defensas se prolongaban más allá.
Dicho de otro modo, los malecones del tajamar se extendieron más al poniente por la orilla del río, incluso hasta la altura de la Plaza de San Pablo en el sector de la calle del mismo nombre entre las actuales Almirante Barroso y Brasil, e incluso más allá. Aunque fueron quedando olvidados y sepultados, sin embargo, especialmente tras la canalización del río Mapocho entre 1888 y 1891, intervención radical que hizo innecesarias a las viejas estructuras. Estas pasaban por el sector de la ex Cárcel Pública y del lado oeste del Parque Centenario, actual Parque de los Reyes: el ancho que alcanzaban a esa altura tocaba incluso las cercanías de la calle San Pablo, hasta donde se aproximaba el lecho del río antes de ser desviado y estrechado por la misma canalización. De este modo, la vega del río absorbía en su primitiva presentación los terrenos de cuadras que hoy corresponden a las calles como Balmaceda, Mapocho y General Mackenna.
Aunque la historia general de los malecones coloniales del río Mapocho darían para otro texto complejo y propio acá, creemos oportuno recordar por ahora que los rastros de trabajos de instalación de tajamares por todo aquel amplio sector poniente del Mapocho aparecen temprano. Las constantes riadas y especialmente una catastrófica inundación que mató 120 personas, dejando la ciudad casi sin provisiones ni ganado, hicieron que la autoridad de la capitanía ordenara levantar los primeros tajamares en 1609, durante la gobernación de Alonso García de Ramón, encargándose la obra gruesa al geomensor Ginés de Lillo. Estas eran defensas muy básicas, sin embargo, de cabrias confeccionadas con maderas cruzadas y piedras, a modo de pircas, al punto de que muchos autores no las consideran tajamares propiamente dichos.
Según detallan cronistas de la segunda mitad del siglo XIX como Benjamín Vicuña Mackenna y Recaredo Santos Tornero, aquellos primeros murallones llegaban sólo hasta el sector del reñidero de gallos, por allí donde estará después la Plaza Bello en calle José Miguel de la Barra, ex calle de los Tres Montes. Sin embargo, de acuerdo al plano un tanto exagerado de Santiago publicado por el padre Alonso de Ovalle en su "Histórica Relación del Reyno de Chile", de 1646, esos tajamares primitivos ya llegaban bastante más al sur, hasta tocar la calle San Pablo, y por el poniente al menos hasta calle San Martín, siempre contorneando el lecho del río. Tanto la representación de los tajamares como la ciudad completa en el bosquejo estaban sumamente idealizadas.

El plano de Santiago de Alonso de Ovalle (1646) muestra a la primera generación de tajamares del Mapocho.
El Paseo de los Tajamares ya iniciada su decadencia, en plano de Santiago de 1826, de John Miers. Aparece señalado con errata como "Tacamar".



Hallazgo de murallones sepultados, correspondientes a los últimos tajamares del Mapocho. Fuente: diario "La Tercera".
Restos de los tajamares en la actualidad, en el Parque de los Reyes cerca de la Plaza de los Silos.
Aquellas contenciones pueden haber sido ampliadas en el transcurso de la primera mitad del siglo XVII, pero sin duda se trata de la primera generación de los mismos. Permanecieron funcionales hasta 1664, aproximadamente, cuando las reparaciones se hicieron insuficientes para contener los constantes castigos y una riada especialmente violenta ocurrida ese año.
Sucedió, entonces, que los posteriores tajamares fueron reduciendo el ancho del río hasta ir capturándolo en un lecho menor, lo que permitió despejar las cuadras secas ocupadas después entre San Pablo y la actual General Mackenna. Esto da una proporción, además, de la capacidad que tenía el Mapocho para inundar la ciudad a tan poca distancia de la Plaza de Armas de Santiago y de lo que debió ser el ancho original del mismo. Con la canalización final del río iniciada en los tiempos del presidente José Manuel Balmaceda se pudo dejar atrapado al río en su actual garganta de cantería, agregándole nuevas cuadras disponibles a calles como Balmaceda, Mapocho y Cardenal Caro al sur, y Santa María por la vega norte. Bajo todos estos trabajos, entonces, quedaroían olvidados los históricos tajamares.
Pero no nos adelantemos: en 1678, el gobernador Juan Henríquez había decidido construir un nuevo tajamar que reemplazara las viejas y ya inutilizadas primeras estructuras de cabrias. Con asistencia del entonces corregidor de Santiago, don Pedro de Amasa, logró entregar las nuevas obras durante el siguiente año. Estos tajamares eran más resistentes, pero se redujeron en longitud sólo hasta la proximidad de La Cañadilla y enfrente al Basural de Santo Domingo, mientras que las estructuras anteriores que había más al poniente estaban ya en ruinas o en desuso.
Sólo en 1683 se buscó prolongar los nuevos tajamares hacia el oeste desde el sector en donde estaba el flamante Puente de Ladrillo (primer puente sólido del Mapocho, a la altura de la Recoleta) hasta la mencionada Plaza de San Pablo, por iniciativa del gobernador Marcos José de Garro. Según comenta Vicuña Mackenna al respecto, esta decisión se tomó debido a que la inundación de 1663 había destruido precisamente los barrios de las Capuchinas y San Pablo.
Garro, además, hizo construir por espacio de 800 varas (cinco cuadras) el pretil de los tajamares que todavía existía hasta más abajo en los tiempos cuando el futuro intendente Vicuña Mackenna escribiría aquello. El mismo autor aclara que, en los libros del Cabildo de Santiago, figura un acuerdo tomado con fecha 9 septiembre de 1690 llamando a licitación para reparar los destrozos del río durante los años corridos de 1680 a 1687.
Otro dato interesante es que, para cumplir un proyecto que había quedado pendiente durante la gobernación de Antonio de Guill y Gonzaga, el corregidor Zañartu ordenó reconstruir los tajamares ubicados al poniente del Puente de Ladrillo en 1764, con un contrato de 3.750 pesos por cuadra. El concesionario de esta obra fue nada menos que don Mateo de Toro y Zambrano, el mismo Conde de la Conquista quien, ya anciano, presidiría casi a la fuerza la Primera Junta de Gobierno en el vendaval político de 1810. Los trabajos se prolongaron y fueron realizados con grandes dificultades, especialmente por el crudo invierno de 1769.
Curiosamente, en el mapa de Santiago del abate Juan Ignacio Molina publicado en 1776, se observa claramente que los tajamares en pie y sus paseos sólo llegaban hasta el Puente de Cal y Canto, para entonces todavía en construcción. No hay señales aún de que una reconstrucción con los tajamares nuevos llegara más allá y no se ve el menor rastro de malecones al poniente de este punto, separado a su vez de las calles de más al sur por el Paseo de los Tajamares y sus bellas arboledas. Sin embargo, quizá deba tenerse en consideración que este plano refleja lo que Molina había alcanzado a observar hasta verse obligado a abandonar Chile en 1768, cuanto menos un año antes de que se concretaran los trabajos señalados.
Finalmente, apenas asumió la dirección de Chile en 1788, don Ambrosio O'Higgins inició gestiones buscando reunir 150 mil pesos necesarios para el proyecto de construcción de un nuevo tajamar que estaba pendiente desde la anterior administración de Ambrosio de Benavides, quien había encargado el frustrado proyecto al ingeniero militar Leandro Badarán, sin poder concretarse en el período. O'Higgins dejó en manos del arquitecto Joaquín Toesca el levantamiento de este último tajamar colonial del Mapocho, siendo inauguradas las obras, tras grandes dificultades, en 1792. Sólo pudieron quedar totalmente concluidas en 1795, sin embargo. La entrega del mismo se hizo con la instalación de una pirámide u obelisco conmemorativo en el extremo oriental del Paseo de los Tajamares, en la actual avenida Providencia hacia la altura aproximada de calle Condell (la actual allí es sólo una réplica).
Iban a tener que pasar más de 200 años para que los restos de aquellos tajamares olvidados en el subsuelo pudieran ver otra vez la luz del sol. Se ha dicho, sin embargo, que por sus características, su fábrica en ladrillos con argamasa de cal y sus proporciones, la mayoría o totalidad de los redescubiertos en las excavaciones de la Costanera Norte pertenecerían a ese último grupo de malecones del río, precisamente los construidos por Toesca en los tiempos del gobernador O'Higgins.
Los trabajos de canalización, hacia fines del siglo XIX en el Mapocho, permitieron agregar nuevos terrenos colindantes con el río al urbanismo santiaguino. Fue así como nacieron las superficies ocupadas por el Parque Centenario, la Estación Mapocho, la Plaza Venezuela y el Parque Forestal. Esta fue la época, además, en que terminaron de desaparecer casi todos los rastros de los viejos tajamares y sus paseos, ya bastante olvidados tras la construcción de la Alameda de las Delicias después de la Independencia. Así quedaron perdidos bajo tierra, aprovechados como escombros para el relleno y en la nivelación de los terrenos con la misma canalización.
Pasaron los siglos y, tal como sucedió en el Parque Balmaceda cuando se construía el Metro de Santiago, en plenas obras de la mencionada vía Costanera Norte, comenzando ya el actual milenio, empezaron a aparecer restos de tajamares principalmente durante las excavaciones bajo el lecho del río. Son los correspondientes a aquellos que existen aún entre los senderos al poniente del Parque Forestal.
Aunque se sabía de la presencia de restos como estos desde mediados de los años ochenta, cuando se construyó el Metro Cal y Canto y salieron afuera también los restos del puente de este nombre, algunos surgían ahora en lugares impensados. Asomaron por un costado de la Plaza Tirso de Molina hacia el lado de calle Artesanos, por ejemplo, muro que actualmente se conserva tras unas rejas, aunque a veces invadido por mendigos y en visible mal estado. El otro grupo aún mayor comenzó a aparecer incluso por el lado poniente de la Estación Mapocho, en donde estaban dormidos esperando ser redescubiertos. Importante participación en localizarlos e identificarlos tuvo, por entonces, el arqueólogo Iván Cáceres, informando de los avances al Consejo de Monumentos Nacionales.
Recapitulando, entonces, en más de una ocasión pudieron construirse tajamares al poniente del actual barrio Mapocho durante la Colonia. No obstante, si bien el más primitivo de los mismos tocó la calle San Pablo, algo posible en la realidad del Santiago de esos días y su distribución urbanística, fueron los últimos aquellos tajamares de ladrillo cocido sobre sillares de piedra y que formaron parte de los que volvieron a la superficie con los trabajos viales descritos... O más exactamente pretiles y malecones ribereños, como observó alguna vez Zorobabel Rodríguez, al definir en un sentido técnico estas estructuras.
En 2002 comenzaron a ser retirados, muy en contra de la opinión de quienes proponían modificar el proyecto o, como mínimo, abrir un recinto similar al Museo de los Tajamares de Parque Balmaceda en donde se depositaron los señalados restos encontrados allí hacia 1980. Algunos de los fragmentos descubiertos ahora permanecían cerca de la Estación Mapocho pero, finalmente, la empresa concesionaria a cargo de la construcción de la Costanera Norte resolvió apilarlos ese mismo año hacia el lado oeste del Parque de los Reyes, a ambos costados del sendero peatonal que allí existe.
Son más de 250 metros de parque con estos grandes bloques procedentes de la ingeniería colonial, entre la altura de las calles Libertad y Bulnes, aproximadamente. Al poco tiempo, además, la Municipalidad de Santiago manifestó sus observaciones a esta decisión de dejarlos "momentáneamente" allí, en el terreno que había facilitado de forma provisoria. Empero, la falta de financiamiento y la inoperancia de los involucrados prolongó la presencia de estos restos arqueológicos por años, luego décadas... Y allí siguen sin que se resuelva su destino.
El problema es que, mientras tanto esperan una decisión definitiva sobre su destino, ese tramo del Parque de los Reyes se ha vuelto peligroso y oscuro, con los restos de varias toneladas de tajamares sirviendo de guaridas, baños y pizarrones para los infaltables grafiteros rupestres. Algunos también han sido maltratados y derribados intencionalmente. En consecuencia, muchos de ellos ya están en estado deplorable, además de vandalizados con golpes que han provocado fracturas y grietas, entre otros daños irreparables.
Se ha dicho, entre otras cosas, que podrían ser llevados al hoy cerrado Museo de los Tajamares de Providencia o hasta algún lugar donde pudiesen recibir el resguardo necesario y digno que merecen semejantes reliquias históricas. Sin embargo, la voluntad para consumar estas y otras intenciones de rescate sólo han quedado en el campo teórico y las buenas intenciones. Se cree, además, que algunos fragmentos entre ellos podrían corresponder también a restos del Puente de Cal y Canto, pero quedando igualmente abandonados y expuestos a los elementos.
No vaya a ser, entonces, que cuando alguien tome al fin la iniciativa de sacar aquellos vestigios coloniales de su curiosa condena al aire libre, no quede más que una pobre pila de viejos ladrillos y escombros indescifrables... Restos de los restos, con la escoria de lo que antes fueran verdaderos tesoros de la ingeniería chilena en los tiempos virreinales.
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