EL SEÑOR DE LA AGONÍA Y LA PROCESIÓN DEL 13 MAYO

Acercamiento a la imagen del Cristo en la Iglesia San Agustín (33°26'26.57"S 70°38'55.76"W).

Cada 13 de mayo tiene lugar en el corazón de Santiago la llamada Procesión del Cristo de Mayo o, más exactamente, del Señor de la Agonía. Muchos consideran esta tradicional romería religiosa como una de las más antiguas entre todas las que tiene lugar en Chile, atrayendo aún a una gran cantidad de público en la breve hora que dura trazando una ruta por el sector más céntrico de la capital chilena, con sus respectivas misas solemnes. La procesión del año 2013 tuvo, además, la particularidad de coincidir con los 400 años de la misma imagen devocional, fabricada en plenos tiempos virreinales.

La tradición también ostenta como parte de sí a la que, probablemente, corresponda a la más antigua de las cofradías religiosas y cristológicas existentes en Chile: la misma encargada de sacar en andas al Señor de la Agonía desde la Iglesia San Agustín, en Estado con Agustinas, y llevarla de vuelta tras el breve pero significativo paseo por esas cuadras. Existe cierta informalidad alrededor de las misma sociedad y de sus membresías, sin embargo, sobre todo si se la compara con el rigor casi estatutario de otras sociedades religiosas existentes en Chile, especialmente las vinculadas a fiestas patronales del Norte Grande, por ejemplo, pero su tradición originaria es paralela la historia de la propia procesión santiaguina.

Aunque la antigüedad de la Procesión del Cristo de Mayo es superada en el continente por interesantes casos provenientes del siglo XVI, como las Fiestas de Popayán en Colombia o el Santo Entierro de Santo Domingo en Guatemala, el origen de celebración en Santiago tiene una notable similitud o analogía con otras como la de las Fiestas del Señor de los Milagros de Perú: el culto alrededor de una imagen de Cristo en un muro que quedó en pie dentro de un destruido altar, tras un terremoto que echó al suelo todo el resto de la ciudad... Mayo de 1647 en el caso chileno y noviembre 1655 en el peruano. Curiosamente, ambos cataclismos ocurrieron un día 13, el número fatídico para los supersticiosos.

La historia que dio nacimiento a la fecha santoral en Chile comienza cuando el país aun se hallaba en la mitad de su vida colonial y con una capital que apenas tenía unos 5.000 habitantes. Infelizmente, varios de ellos iban a perder la vida en los trágicos sucesos desde donde surge la figura del Señor de Mayo y sus tradiciones hasta ahora no olvidadas, pese a todo... Tradiciones reforzadas en la memoria, quizá, por la naturaleza trágica e irrenunciable de un país constantemente golpeado por las fuerzas telúricas, tanto así que el venerado crucifijo colonial es llamado también Señor de los Terremotos a nivel popular. Así se referíEduardo Solar Correa su importancia dentro de las procesiones del siglo siguiente, en "Las tres colonias":

La procesión del Señor de Mayo, con que se rememorabanualmente el terremoto, era un acto público y general de constricción. No sin fundamentos se le llamó "procesión de la sangre". Efectuábase de noche y en medio de gritos y angustiosos clamores. Los humosos hachones dejaban ver a intervalos las carnes desgarradas de los disciplinantes y un reguero rojo marcaba, al día siguiente, el paso de la penitente urbe.

El fatídico azote telúrico, uno de los peores de la historia de Chile, martirizó a Santiago el lunes 13 de mayo de 1647, en horas de la noche. Hoy se calcula que el sismo pudo haber alcanzado el equivalente a 8,5 grados en la escala Richter y XI en la de Mercalli. Toda esa ciudad que el jesuita Alonso de Ovalle había descrito con orgullo en sus crónicas del año anterior quedaría ahora desparramada. Esta era la imagen de la capital descrita por Benjamín Vicuña Mackenna al momento del cataclismo, en su "Historia crítica y social de Santiago":

Existían, por consiguiente, en Santiago por el año 1647, y cuando tenía sólo trescientas casas de moradores, no menos de doce iglesias, capillas y monasterios, que ocupaban con sus muros talvez un tercio del circuito poblado. Adquiría así la capital un aspecto de lúgubre y solitaria solemnidad, que lo desierto de sus calles, la sombra crecida de sus huertos, lo encerrado de sus edificios y el aire de tristeza y de austeridad que era congenial a aquel siglo, contribuían a revestir de cierto melancólico encanto.

Pero ay! Todo aquel conjunto de nobles mansiones y de elevados tabernáculos iba a desplomarse al impulso de un soplo y en la hora misma en que con más profunda confianza se entregaban las familias al dulce reposo de sus techos.

La hora del espantoso terremoto de 1647 iba a sonar!

Como se sabe, el formidable ataque de la naturaleza llegó en esas oscuras horas nocturnas aludidas por Vicuña Mackenna, más exactamente cerca de las 22:30 horas; o a las precisas 22:39 según el cronista Vicente Carvallo y Goyeneche en su "Descripción histórico-geográfica del Reino de Chile". Noche despejada y de luna nueva, de acuerdo a los cálculos de Diego Barros Arana. Según una carta al Consejo de Indias remitida por el obispo de Santiago, el  fraile agustino Gaspar de Villarroel, todo iba a ocurrir "sin que hubiese más que un instante que pudiese hacer continuación entre el temblar y caer". El terremoto venía en camino de forma artera, entonces, a diferencia de muchos otros sismos del pasado: sin anunciarse, sin anticiparse con temblores menores y sin los ruidos de tierra que suelen despertar a los durmientes segundos segundos antes del gran sacudón.

Bajo el título “El Señor de Mayo”, podemos encontrar una dramática descripción de los hechos en la obra "Episodios Nacionales", editada bajo dirección de A. Silva Campos y publicada por la Editorial O’Higgins, Biblioteca de los Anales de Chile:

En plena época colonial, en medio de la cruel Guerra de Arauco y de las excursiones de los corsarios, esta lejana colonia sufrió otra aflicción más que la sumió casi en la ruina y la miseria.
En la noche del 13 de mayo de 1647, un terrible cataclismo sísmico sacudió la ciudad de Santiago y en pocos minutos derrumbó gran parte de ella. El cuadro era aterrador: una intensa oscuridad se mezclaba a los gritos de miles de heridos. Los lamentos se multiplicaban. Los sobrevivientes llamaban a los deudos, muchos de los cuales yacían bajo los escombros.

No pocos creían que el cataclismo era un castigo de Dios y, en plena plaza, se confesaban a gritos, pidiendo el perdón de sus pecados, mientras no lejos, el abnegado obispo Villarroel, acompañado de algunos sacerdotes, recorría las ruinas repartiendo sus bendiciones, cuando no curando a los heridos. A toda la inmensa confusión, se añadió el rumor, no menos terrible, que los indios y los negros trataban de aprovechar la situación para alzarse contra los castellanos y “borrar el nombre de Chile”.

El golpe telúrico sería conocido por muchos, desde entonces, como el Magno Terremoto o Gran Temblor. Según un testimonio del tesorero real Zerpa, duró lo suficiente para "rezar entre tres o cuatro Credos", lo que se calcula en unos tres a cuatro minutos, mientras que la carta redactada esa misma noche por la Audiencia informaba al rey que “un instante de tres credos en medio de ser o no ser ciudad, de ser o no ser mil vidas, de ser o no ser una población hermosa, un territorio fértil vestido de fábricas a quedar yermo". Sin embargo, el obispo Villarroel va mucho más allá: aseguraba que se extendió "como medio cuarto de hora"; es decir, siete u ocho aterradores minutos. Se sintió como terremoto desde la zona del Choapa hasta Colchagua, y hacia el interior alcanzó incluso a la Provincia de Cuyo.

Con semejante castigo, entonces, casi nada quedó erguido al terminar el terremoto; ni siquiera las iglesias podían dar ya refugio a la fe de los desesperados, por lo que las misas debieron hacerse largo tiempo más al aire libre. La Iglesia de San Agustín en el Convento Nuestra Señora de Gracia, en donde estaba el mismísimo Señor de la Agonía que hasta hoy motiva la peregrinación y procesión de mayo, no fue la excepción: acabó reducida a escombros, con sus ruinas dispersas por la histórica esquina de Estado o calle del Rey, como se le llamaba entonces. Todavía se conservarían fragmentos de muros de roca y arcos que se atribuyen a aquella antigua iglesia, según cuentan allí los fieles: al inicio de la nave sur, incluyendo una grieta que habría sido causada por el mismo terremoto y que es protegida detrás de un cristal, junto al actual altar consagrado al beato y mártir español José Agustín Fariña. Sin embargo, lo más probable es que este lado también haya sido alcanzado por las reconstrucciones.

Tal como sucedió con las iglesias, los demás edificios públicos y administrativos también quedaron en ruinas. Fue tal el pánico generalizado de la población, de hecho, que incluso al venirse abajo la Cárcel, lque estaba adosada al también destruido edificio del Cabildo enfrente de la Plaza de Armas, ninguno de los prisioneros allí recluidos se atrevió a salir desde la seguridad de aquellos restos intentando fugarse entre el caos reinante afuera. El panorama no podía ser más desolador, por consiguiente.

Una friolera casi absurda de dos millones de pesos en destrucción y pérdidas materiales es lo que calcularía el Cabildo sobre la pobre y menesterosa colonia de Santiago. Se estimó, además, que unos 600 habitantes perdieron la vida y que la ciudad quedó prácticamente sin niños después de semejante calamidad. Empero, documentos mencionados por el cronista y militar Jerónimo de Quiroga, autor del "Compendio histórico de los más principales sucesos de la Conquista del Reino de Chile hasta el año de 1656", hablaban del doble de víctimas en todo el territorio afectado por el terremoto.

Ilustración de Luis F. Rojas para "Episodios Nacionales": Cristo de la Agonía sobreviviendo al terremoto de 1647.

Ilustración de la primera procesión del Señor de Mayo, en revista "En Viaje" de 1960.

Antigua imagen de la Iglesia San Agustín y la esquina vecina en donde había estado ubicada la casa de la Quintrala.

El momento del terremoto, según lámina educativa de la revista "El Peneca", mayo de 1909.

Imagen en "Reseña histórica sobre la milagrosa imagen del Señor de Mayo", del Arzobispado de Santiago.

Antigua imagen del Señor de la Agonía publicada por revista "En Viaje" en 1947.

Procesión del Señor de Mayo en 1904, pasando por la Plaza de Armas. Imagen publicada por la revista "Sucesos". 

La procesión en 1909 recorriendo las calles muy cerca del templo, también en imagen de la revista "Sucesos".

 

La procesión de 1910 saliendo del templo, en imagen de revista "Zig-Zag".

Una vez rescatados de entre los escombros, los cadáveres fueron trasladados como "troncos humanos" hasta las fosas. Mucha gente más murió en las semanas y meses que siguieron, producto de las heridas, la insalubridad y las enfermedades provocadas por las condiciones ambientales, que siguieron con lluvias y hasta nevazones. Así continuaba describiendo Vicuña Mackenna el dantesco escenario:

Hubo casas donde perecieron hasta trece personas, y por varios días estuvieron acarreando los cadáveres a un campo santo improvisado, habiendo ordenado el Obispo que no se cobraran derechos, para hacer las inhumaciones más expeditas. Bajo de la propia ramada que construyeron para habitación de aquel prelado enterraron, según este, catorce cadáveres, y en un solo día personas incógnitas dejaron expuestos sobre los escombros de la Catedral otros diez, que fue preciso sepultar allí mismo.

Mientras tanto, los vivos, mismos quienes habían conocido las ramadas como lugares de fiesta o recreación plebeya, ahora las usaban como toldos para cobijarse desesperadamente en las calles. Para hacer más triste el castigo, en aquellas noches comenzó a llover copiosamente. Fue heroica la reacción y labor del obispo Villarroel y sus asistentes aquellos terribles días, mitigando en parte el drama que se vivía en esos momentos a pesar de haber resultado herido también, con un golpe en la cabeza.

Resultaba tan grave la situación del Santiago del Nuevo Extremo en esos momentos que, en medio de las demoliciones y reconstrucciones, muchos comulgaron incluso con la idea de trasladar la ciudad completa. La capital nunca volvería a ser la misma, por consiguiente. Existe un interesante estudio del investigador y sacerdote Gabriel Guarda sobre Santiago antes y después del terremoto de 1647 publicado en su “Historia urbana del Reino de Chile”, reflejando cómo fue el impacto para la ciudad y su transformación forzada después del terrible cataclismo. Podemos leer allí, en base a informaciones como la vertida por la carta del licenciado Polanco al rey casi un mes después del desastre:

Cayeron todas las construcciones, excepción hecha de la nave de la Iglesia de San Francisco, “cien leguas de edificios”, como explicará gráficamente la Audiencia al Rey, con muerte de un millar de habitantes, cifra que, dentro de la población total de entonces, significaba un porcentaje muy elevado. Fue tal que, en un momento dado, antes de iniciarse la reconstrucción, se planteó la pregunta de si no era llegado el tiempo oportuno de mudar la ciudad de sitio, prevaleciendo la idea de mantenerse en el antiguo por los censos que gravaban muchas propiedades, cuyas extinción habría significado automáticamente la de las instituciones que beneficiaban.

Pero entre todo el miedo, el desorden y la desesperanza, vino a suceder algo que fue interpretado como un milagro; una auténticseñal divina, tan necesaria en aquel contexto. Para describirla, debemos partir recordando que en el momento del terremoto los sacerdotes agustinos justo se encontraban terminando su gran templo en Estado con Agustinas. Irónicamente, pues, era el final de sesenta años de trabajos, postergaciones e intervalos manteniendo el vilo la voluntad de los sacerdotes para reponer su iglesia con todos los esplendores necesarios. Incluso recuerda Vicuña Mackenna que, para ese mismo año de 1647, los numerosos obreros comprometidos en las obras se hallaban ya acabando la parte de la techumbre del nuevo templo.

Desde principios del siglo XVII, por lo demás, guardaban allí en el edificio al llamado Señor de la Agonía o también conocido como Cristo de Naranjo, por el material que se supone de su fábrica y por el color mismo de la figura, con su piel de madercruzada por las innumerables heridas recibidas durante la Pasión. Quizá se trate de la más preciosa reliquia religiossantiaguina después de la Virgen del Socorro y, por cierto, que de uno de los objetos sagrados y mistéricos más valiosos del país como símbolos de poder divino, incluso con sus propias connotaciones mágicas, esotéricas y legendarias. Benjamín Vicuña Subercaseaux escribía de ella en 1847:

El Señor de la Agonía era también la insignia de una de esas cofradías que en Europa se organizó para marchar a Jerusalén (...) Ese Señor de la Agonía es el emblema que nos queda de la imaginación de entonces. ¿Habéis visto algo más aterrador?

A la imagen en la Iglesia San Agustín, en particular, se la considera una de las primeras obras escultóricas artísticas y sacras de Chile: fue producida en con su extraordinario dramatismo y expresividad en madera policromada aproximadamente entre 1604 y 1606, según calculan algunos expertos basándose en los escritos de Villarroel. Empero, otras fuentes estiman que su talla debió haber tenido lugar en 1612 o alrededor de esa fecha. Sí se sabe, sin embargo, que el crucifijo comenzó a ser exhibido permanentemente al público en febrero de 1613, fecha celebrada de maneroficial como la de su presentación y que ya pasó por su cuarto centenario, como hemos dicho.

Se estima que su autor, el lego agustino Pedro de Figueroa, llegó hacia 1604 al convento agustino o Casa Madre de Santiago, y de ahí la posible fecha de factura del crucifijo. Figueroa era de origen peruano y había confeccionado la figura en su propicelda, claramente inspirado en la imaginería e iconografía medieval. Él no era artista ensamblador o tallador, sin embargo, por lo que también se consideraba "milagroso" que haya logrado producir una imagen como aquella, con tal nivel de expresividad, detalle y realismo en el Cristo flagelado y crucificado a pesar de no ser perfecta, algo en lo que el propio obispo Villarroel creía.

Se cree que la motivación del fraile era proporcionar a la ciudad de Santiago y particularmente a la orden una buen imagen religiosa propia pues, a diferencia del arte sacro virreinal presente en ciudades peruanas como Lima o Arequipa, prácticamente no había encontrado en Santiago esta clase de trabajos. Se ha considerado, sin embargo, que un carpintero habría asistido a Figueroen esta y otras obras religiosas talladas por su mano, lo que podría explicar tal vez el haber logrado crear limagen de marras sin ser experto.

La elocuente expresión del Cristo retratado en la madera es lo más distintivo de la imagen, casi terrorífica como señala Vicuña Subercaseaux, pues debió ser impresionante en su tiempo. Se teoriza que el autor congeló el momento preciso en que Jesucristo mira hacia el infinito desde el calvario exclamando su dramático: "Elohim, Elohim, lama sabactani" ("Dios mío, Dios mío, ¿por qué me abandonas?"),  según lo describen los evangelistas en Mateo 27:46 y Marcos 15:34. Sin embargo, una de las muchas leyendas populares sobre la imagen decía también que este gesto no era original de su tallado y que lo adoptó durante el  mismo terremoto de 1647.

También se ha repetido majaderamente que la extraña e intrigante imagen de Cristo en la cruz pertenecía a doña Catalina de los Ríos Lisperguer, la célebre y controvertida Quintrala, quien tenía su casa allí en la esquina vecina a la del templo agustino, donde ahora se encuentra el Edificio La Quintrala y parte de la Galería Imperio. Se supone que la controvertida mujer manifestó gran devoción por esta imagen en el siglo XVII, luego de haber solicitado a ella favores para librarse de unos cargos que podían haberla llevado a la cárcel: en su lugar, fue multada con 50 mil ducados de 11 reales de Castilla. Como retribución por el favor pagó al Cristo el encendido diario de dos velas de una libra "que no se apagarían hasta su muerte", además de casarse en la misma Iglesia San Agustín, según prometió a su confesor, el propio padre Figueroa... Sin embargo, en algún momento la expresión atemorizante del Señor de la Agonía ibsuperar la escasa tolerancia de la Quintrala.

Son conocidas las historias alrededor de aquella singular figura femenina en la Colonia de Chile, especialmente en la que fue su propiedad allí. Alguna vez la misma conjunción de calles en donde tuvo la residencia fue llamada también Calle de la Muerte, lo que se unió o abonó a la oscura fama suya (en parte real, en parte inventada) y a las leyendas sobre pactos diabólicos que también se le prendían. Su pretendida relación con el Señor de la Agonía, por lo tanto, tampoco quedó exenta de esa clase de chismes: se cuenta así que, acosada por esa mirada sufriente de la imagen o molesta por no escuchar sus ruegos, lo expulsó deshonrosamente de su casa, interpretando el gesto de madercomo un reproche. De esta manera, el Cristo de madera acabó arrojado a la calle y desde allí llegó hasta la iglesia agustina, quedándose para siempre en este lugar. Escribe al respecto Sertorio Candela, en un artículo de 1960:

A la hermosa y trágica encomendera, después de una de sus sesiones o aquelarres con una esclava negra, la bruja Juana, de Talagante, se le antojó que el Cristo de fray Pedro la miraba en forma terrorífica. Parecía que esos ojos estuvieran empapados en un eterno barniz de odio o de ira extraterrena y, entonces, doña Catalina, en el paroxismo de su disgusto, ordenó con voces destempladas que el Crucificado saliera de su casa sin demora.

Una versión de la historia cuenta que los asustados esclavos cargaron con prisa la figura hasta el templo agustino, con la instrucción de avisar a los sacerdotes que jamás la llevasen de vuelta pues la Quintrala "no quería en su casa hombres que la miraran feo". Sin embargo, cierta variante agregque la polémica mujer se asustó en realidad por la mirada del Señor de la Agonía justo cuando azotaba un esclavo, arrojando la imagen por la ventana ipso facto. De acuerdo a este último relato, entonces, fueron los vecinos quienes recogieron al Cristo y lo llevaron a la iglesia para darle un digno cobijo.

Cartel anunciando la realización de la Procesión del Señor de Mayo.

El Señor de Mayo en su altar, al fondo de la nave izquierda del templo, hacia el año 2006.

El Señor de Mayo esperando salir en procesión, mayo de 2013.

El Señor de Mayo sobre su carro de andas, poco antes de comenzar la procesión.

Los miembros de la cofradía religiosa preparándose para la salida.

Comenzando a tomar posiciones en el carro que cargará al Señor de Mayo.

Interior del templo desde el coro, durante la espera. Año 2013.

Conocida devota quien se presenta en la procesión con esta litografía de fines del siglo XIX o principios del XX.

El Cristo de la Agonía esperando salir llevado por los "tiradores" , todos ellos con esclavinas.

Fuera de las curiosas y pintorescas leyendas, sí podría ser cierto el que la Quintrala tuvo en su casa esta figura durante algún tiempo, quizá durante los mismos días en que Santiago se reconstruía por causa del terremoto descrito. También reafirmó su devoción por el el Señor de la Agonía al momento de morir, existiendo registros de generosas donaciones suyas a la Orden de San Agustín luego del mismo terremoto. Algunas tradiciones dicen que su cuerpo se hallaría sepultado y escondido dentro del templo, incluso bajo el propio altar mayor, en donde se realiza cada año en la fecha una petición por su alma que ella misma dejó pagadas para la posteridad: nada menos que 1.000 misas rezadas en el templo agustino, más otras 500 por las almas de quienes pudieron ser sus víctimas, de acuerdo a su testamento a inicios de 1665, redactado poco antes de morir. Solar Correa comenta también de los "quintales de cera quemados en el ara y sus cien frailes entonando las preces funerarias" durante sus aparatosas exequias.

Al momento de ocurrir el terremoto de 1647, entonces, la imagen venerada del Señor de la Agonía se encontraba contra el único de los muros que permaneció parcialmente en pie después del cataclismo y que parecía ser, paradójicamente, uno de los más ligeros y poco resistentes de todo el edificio. En el documento de 1977 titulado "Reseña histórica sobre la milagrosa imagen del Señor de Mayo que se venera en la iglesia de los P.P. Agustinos de Santiago de Chile", publicado por el Arzobispadose describe así la situación de la figura dentro del templo:

El Crucifijo estaba colocado, desde hacía tiempo, en uno de los altares de la Iglesia de San Agustín, en un tabique que cerraba un arco de la nave del Evangelio, tan fácil de caer, que cualquier movimiento más o menos fuerte lo habría podido echar por tierra.

Y es aquí donde y cuando se produce el celebérrimo milagro de la capital chilena, entonces... Porque cuál sería la impresión del obispo Villarroel cuando, no bien terminó el terremoto y partió a la iglesia en ruinas de San Agustín, encontró en pie allí sólo un muro: precisamente aquel con el Cristo de la Agonía y su crucifijo de más de dos varas de altura frente al mismo, además de dos velas encendidas. Así se describe este acontecimiento en el mencionado trabajo "Episodios Nacionales":

Mientras soldados y vecinos ayudaban en la medida de sus fuerzas a la remoción de los escombros, y extracción de heridos y cadáveres, las miradas se detuvieron atónitas en las ruinas del templo de San Agustín… A ambos lados del crucifijo conocido por el nombre de “Señor de la Agonía” que milagrosamente se había salvado del desastre, ardían dos grandes velones, que ni el viento de la noche, ni la sacudida fueron capaces de apagar. ¿Qué era aquello?

(...) La “manda” de “La Quintrala”, fue cumplida aún en los momentos de la horrible conmoción. Y a los pies de Cristo, intacto en medio de las murallas caídas, seguían encendidos los “dos cirios de a libra” alumbrando con su amarillenta luz las escenas dolorosas de la catástrofe.

Desde aquel día, el Señor de la Agonía fue conocido con el nombre de “Señor de Mayo”.

No fue lo único atribuido en el Señor de la Agonía como una intervención divina: hasta hoy se da por hecho que la corona de espinas de la imagen cayó desde la cabeza hasta su actual posición en el cuello de Cristo por acción del terremoto, y que nunca ha podido ser repuesta a su lugar en la frente de la figura, pues parece no poder pasar ya más arriba del ancho del mentón y la nariz de la figura. Y agrega Candela sobre el fenómeno:

Lo recio de los remezones hizo que la corona de espinas en forma inconcebible se deslizara de la cabeza para quedarle como un collar alrededor del cuello, posición en la que se encuentra hasta nuestros días.

Un mito adicional asegura que en cada ocasión que se ha intentado forzar a la corona a volver a su posición original sucede un nuevo sismo devastador en Santiago, como fue el rumor que corrió con el catastrófico terremoto de 1985. Se cree que esta superstición proviene de los intentos de Villarroel por poner la corona en su sitio a poco de haber descubierto intacta la imagen: decían que, en cada tentativa, volvía a venirse una réplica que lo obligaba a desistir de su empeño. Otra leyenda (y no es más que eso) agrega que en las únicas veces en que no hubo procesión en el aniversario de la tragedia, supuestamente en 1959, 1984 y 2009, hubo grandes terremotos durante el año siguiente. Aunque esto no tiene un fundamento real, es algo muy creído por varios devotos.

Si embargo, Vicuña Mackenna, quien no era precisamente adicto a creer en milagros, presenta una descripción un poco distinta de lo que en realidad habría sucedido allí, en la iglesia reducida a ruinas y con el Cristo sobreviviendo al desastre:

...el edificio inconcluso de San Agustín cayó sobre sus propios andamios, sin perdonar, como se ha creído, el altar del Señor de la Agonía, porque el milagro no estuvo en que la imagen sostuviera su propio tabernáculo, sino en que, habiendo caído todo, este no fue derribado de la cruz. Quedó, al contrario, la efigie firme en ella y sin que se apagaran dos bujías, que a esa hora tardía de la noche, dicen, le había encendido su propio artífice, que aún vivía. En una relación vemos que el Cristo se sostuvo sólo por un brazo, pero nada encontramos en esta sobre el pasmoso milagro de la corona de espinas caída de la cabeza al cuello, donde la conserva todavía.

El mismo autor propone en "Los Lisperguer y la Quintrala" que, como el templo de San Agustín se encontraba totalmente en ruinas después del sismo, es muy posible que la imagen del Señor de la Agonía haya llegado a refugiarse en la casa de doña Catalina y no en la vecina iglesia destruida o sus claustros. Quizá fue así cómo cruzaron las historias y surgió la creencia de que ella "expulsó" de su casa a la imagen.

Al irse aproximando el frío amanecer del día 14, el infatigable obispo estaba aún con la frente vendada y sangrante en la Plaza de Armas, alrededor de una fogata que se había improvisado por los sobrevivientes durante la noche con tablones y maderas. Como no quedaba en pie un sólo lugar seguro en donde hacer misa, mientras los rostros abrumados de la población imploraban la misericordia divina y la invocación de la fe tras tan trágica prueba a los mortales, Villarroel había levantado con sus propias manos un sencillo altar provisorio allí en la plaza. Era lo único de que podía disponer el credo en ese momento.

Para poder responder a la angustia cristiana, entonces, los sacerdotes habían recurrido a lo que tuviesen a mano: el tabernáculo y el Santísimo Sacramento de la Iglesia de la Merced se había conservado intacto, así que fue usado para la eucaristía; los sacerdotes de San Francisco llevaron en procesión a la Virgen del Socorro traída por el propio Pedro de Valdivia, colocándola en la misma plaza mayor, siendo considerada ya entonces como la Santa Patrona protectora de la golpeada ciudad de Santiago. Ha de recordarse que los franciscanos habían perdido dos de sus miembros al caerse la torre de su templo en la Cañada, la futura Alameda. Y los agustinos, en medio de la euforia por haberse salvado la imagen del Cristo de la Agonía, llevaron el tesoro en andas sobre sus hombros y a pies descalzos hasta el mismo lugar de la plaza, siendo colocada allí sobre otro altar que se armó en la ocasión para dar solemnidad a las figuras religiosas reunidas.

El propio obispo Villarroel salió a recibir a los feligreses en esos aciagos momentos. Había dado en la plaza una plegaria de consuelo que duró gran parte de la noche, por lo demás. La leyenda cuenta que todos hicieron un gesto de terror y asombro al ver ante sí la expresión del Cristo de la Agonía, sufriente y mirando al cielo, o tal vez por el detalle de la corona de espinas deslizada hasta su cuello. Según destacan autores como Oreste Plath, el pueblo creyente decidió esa misma noche hacer la primera de lo que sería la tradicional procesión anual en honor a esta imagen.

El propio Villarroel entregó otros detalles de aquellos sucesos en sus escritos legados a la historia, a partir de una carta suya firmada el 9 de junio siguiente para el Consejo de Indias:

Reunido todo el pueblo en la plaza, pusimos en ella el Santísimo Sacramento del Altar que, en una caja de plata, vino del convento de la Merced.

Trajimos en procesión allí mismo, viniendo descalzos el obispo y los religiosos, con grandes clamores y universales gemidos, un devotísimo crucifijo que tienen los agustinos y que caída toda la nave quedó fijo en su cruz; halláronle con la corona de espinas en la garganta, como dando a entender que le lastimaba  una tan severa sentencia.

Al salir el tenue sol del amanecer siguiente, el día otoñal iluminó una ciudad devastada, destruida casi en su totalidad, pero con su fe reafirmada por los hechos. Las fuentes no son claras sobre cuánto tiempo estuvo allí el Señor de la Agonía, sin embargo: algunas dicen que permaneció por varios días más, y otras que fue retirado esa misma noche. Todas coinciden, sin embargo, en que lo hizo atrayendo a los devotos y cimentando su imperecedero mito. La lenta reconstrucción de una capital arrasada por las fuerzas de la naturaleza se haría bajo su protección y milagroso ejemplo de sobrevivencia, entonces.

La caravana empieza a salir del edificio, con el grupo que encabeza la procesión.

Saliendo de la iglesia, a calle Estado. Parte de la muchedumbre espera afuera.

Avanzando hacia Moneda por las céntricas calles.

Marchando por calle Ahumada. Atrás a la derecha, el los arcos del edificio Crillón.

La procesión por calle Compañía y Merced, a un costado de la Plaza de Armas, enfrente del Portal Fernández Concha.

Volviendo por calle Estado hacia el templo.

El Señor de Mayo retorna a su iglesia ante el fervor y los aplausos.

La solemne misa del Señor de Mayo cierra la celebración.

 

Registros de la Procesión del Cristo de Mayo de 2018.

A mayor abundamiento, como las noches que siguieron a las del terremoto eran una terrible tortura para los santiaguinos dado el temor a la oscuridad mezclado con las réplicas sísmicas, hubo un vuelco masivo hacia la religiosidad en todas sus formas. De esta manera es cómo aparecen reportes de innumerables hechos sobrenaturales o intervenciones que también se juzgaron milagrosas, al tiempo que los fieles iban a diario jurar lealtad para la sufriente figura con la corona de espinas al cuello. Uno de estos primeros prodigios y hechos notables sucedió, entonces, cuando los santos comenzaron a ser devueltos a sus lugares respectivos: cuando le tocó al Señor de la Agonía una inmensa cantidad de promesantes y fieles había llegado a acompañar en caravana a la procesión hasta la ruinosa Iglesia San Agustín.

Nacía de esa manera y para la posteridad el concepto íntegro del Señor de Mayo, que es como se conoce desde entonces a la figura. Y, poco después, en el legajo 32 del Acta del Cabildo del 10 de julio de ese mismo año, se establecía lo siguiente:

Acordose se pidiesen a la sacratísima Virgen de los Cielos, la Virgen Santa María, Nuestra Señora, y a su gloriosa natividad un voto de festejarla con sacrificios divinos que se hagan perpetuamente a los trece de mayo.

Dicha consagración de la procesión a la Virgen "y a su gloriosa natividad", además de explicarse por el énfasis que la iglesia colocaba sobre la Santa Madre, explicaría el surgimiento formal de lo que es ahora la procesión con la imagen dolorosa. A fuerza de pura devoción popular, sin embargo, se impondría la veneración e identidad del Señor de la Agonía o Cristo de Mayo. En el año siguiente, de hecho, este crucifijo fue consagrado como "protector" de Santiago y se oficializó la procesión en su honor. Y agrega Vicuña Mackenna en nota a pie de página:

Desde entonces data la procesión y rogativa llamada todavía del Señor de Mayo que costea la ciudad. En los primeros años fue una procesión de sangre muy solemne y sangrienta que tenía lugar a las diez y media de la noche de cada aniversario, con asistencia del presidente, los oidores, todas las autoridades y principales vecinos, que concurrían con cirios rojos. La ciudad entera se confesaba y comulgaba en ese día.

La procesión surgida del cataclismo estaba destinada a volverse de enorme importancia para los santiaguinos, como se ve, transformándose también en un símbolo intenso y reiterativo sobre la resignación humana ante la necesaria tarea de mantenerse firme frente al destino, sabiendo que una condena de desgracias sísmicas siempre acompañará al territorio y al pueblo chileno. Quizá haya influido en su relevante popularización, además, el hecho de que mayo ha sido tradicionalmente el mes de veneración de la Santa Cruz y de las llamadas Fiestas de las Cruces, dándole a Santiago de Chile una ocasión para instaurar una celebración propia y de carácter localista en este mismo período.

También es una casualidad asombrosa el hecho de que el día del terremoto coincida con el aniversario del 13 de mayo de 1585: el de la toma de posesión de las propiedades sobre las cuales fray Cristóbal de Vera fundaría el claustro y el templo agustino en Santiago, poco después de su arribo al país. Esto, según datos aportados por Carvallo y Goyeneche en la primera parte de su crónica sobre el Reino de Chile.

Todo transcurre singularmente rápido desde este momento con relación a la devoción por la imagen. En las descritas circunstancias y con la naciente tradición ya encima, entonces, el obispo Villarroel fundó dos grupos de devotos santiaguinos participantes de la procesión anual que se había instaurado para cada 13 de mayo desde el primer aniversario de la catástrofe, como hemos visto:

  • La Cofradía del Cristo de la Agonía, de la que no se sabe mucho, pues habría de desaparecer o acaso fusionarse en épocas posteriores.

  • La Cofradía de Jesús, María y San Nicolás de la Penitencia, correspondiendo a la que perpetuó la Novena y las procesiones durante los siguientes siglos, emparentada con la misma línea de la que actualmente se encarga de estas tareas.

En tanto, la ciudad de Santiago hace todo para ponerse de pie a la sombra del Cristo de los agustinos y venciendo las limitaciones comunicacionales de la época. Así lo comenta Guarda:

En cuanto se supo la noticia en Lima y Madrid, las instancias oficiales comenzaron a arbitrar los socorros que se estimó más oportunos para la reconstrucción; fuera de las limosnas, se eximió al vecindario de buena cantidad de impuestos y gabelas.

Lentamente, iniciándose los trabajos, pudiéndose estimar que hacia 1700 la reedificación de Santiago estaba casi concluida.

De las ruinas del gran temblor surge una ciudad nueva, de arquitectura más baja o en todo caso, muy robusta; se reconstruyen, según el gusto del momento, todas las iglesias y conventos, como todos los edificios públicos y privados, con la impronta de lo que la técnica contemporánea determina como asísmico.

Por su lado, la mencionada sociedad religiosa en la que habían participado incluso los propios miembros de la familia Lisperguer, era conocida en su tiempo como la Cofradía del Señor de Mayo. No obstante, el escritor e historiador Guillermo Carrasco, quien trabajó también en la restauración del edificio agustino y en investigaciones sobre la propia imagen del Señor de la Agonía, asegura con buenos argumentos que esta agrupación adoptó el nombre de Venerable Orden Tercera de San Agustín el año 1806, como su título definitivo.

Un detalle interesante es que, hasta aproximadamente mediados del siglo XIX o un poco más, la misma cofradía guardaba todos sus trajes, artículos religiosos y cirios usados en las procesiones dentro de una habitación con celda hacia el lado de calle Agustinas y muy cerca del cruce con Estado, por ahí enfrente de la salida lateral de la Iglesia de San Agustín. Esto era en el sector de la propiedad original que había pertenecido a la temible Quintrala, según se creía, lugar de innumerables leyendas y fama nada de santa, como ya vimos. Hacia los años previos al estallido de la Guerra del Pacífico, sin embargo, dicha residencia estaba convertida en un conocido café santiaguino y las celdas que sirvieron de bodegas a la cofradía eran ocupadas ahora por clubes de billar y negocios parecidos, según lo reportado por Vicuña Mackenna.

El descrito vínculo histórico entre los actuales "tiradores" del Cristo de la Iglesia de San Agustín y su origen en la antigua agrupación fundada por Villarroel es lo que la hace que la actual cofradía o sociedad religiosa del Señor de Mayo sea de las más antiguas de Chile entre todas las que aún siguen vigentes y activas. Antes, esta agrupación se encargaba de colocar también a la figura de Cristo con una vistosa corona o contorno floral formando un corazón a sus espaldas, además de un altar de andas decorado con cuatro serafines que tocan instrumentos musicales. Con estos vistosos atavíos decorativos hacían su marcha por el centro de Santiago sobre unas andas, hasta que fue reemplazado por un carro rodado.

Por otro lado, parece que la importancia adquirida por la Procesión del Cristo de Mayo logró una rápida relevancia en todo Chile, alcanzando incluso aspectos internacionales de fama y connotación. Así, según una escritura pública encontrada en la Secretaría de las Cortes de Apelaciones y que fue citada en su tiempo por el investigador Ramón Briceño, el 23 de marzo de 1672 los sacerdotes agustinos ofrecieron al propio Carlos II apadrinar esta misma tradición en torno al Señor de la Agonía. Sin embargo, no está claro si tal solicitud, formulada cuando fray Juan Toro Mazote de la Serna era el jefe de la Provincia Nuestra Señora de Gracia de Chile, fue respondida por el soberano alguna vez.

Tradicionalmente, todos los miembros de la cofradía de San Agustín se reúnen los 13 de mayo en la iglesia respectiva comenzando su actividad y movimiento hacia las 18:00 horas. Este es el último día de la Novena del Señor de Mayo, que ha comenzado el día 4 del mes. En el mismo período, la gente ha estado visitando durante todo el día al templo y rezando la tradicional oración que aquí se hace al Señor de la Agonía. Con algunas variaciones en sus versiones, estdice así:

Heme, Aquí, a tus pies, Señor de la Agonía, contemplándote crucificado y encarnecido. Quisiste recoger todos los dolores y las angustias del género humano, para hacerlos tu propio dolor y angustia. Mirando tus pies y manos enclavados siento mitigarse en mí los sacrificios que me impone la vida, y cobro energía para negarme a las inclinaciones desordenadas de mi naturaleza.

(aquí se hace la petición)

No desoigas, Señor mi oración pues soy tu hermano, aunque deudor a tu justicia divina por mis inequidades. Quiero ir con mi pequeña cruz humildemente, tras la tuya, hasta el día que te dignes reconocerme, por toda una eternidad, heredero de la gloria de tu Padre Celestial por los méritos infinitos de tu Pasión.

Amén.

La mayoría de los integrantes de la cofradía ya son ancianos, "tiradores" todos hombres, aunque algunas damas vinculadas tradicionalmente a este templo ayudan y colaboran con el grupo durante la romería. A los cofrades se los puede distinguir, entre otras cosas, por llevar una pequeña capa blanca tipo esclavina y bordada con figuras religiosas, la que se colocan sobre sus hombros y amarran por el cuello. Muchos de los integrantes del grupo, además, acumulan una larga trayectoria en esta procesión, aunque no todos están en condiciones de poder participar como "tiradores" o hacer siquiera la caminata. Ya pasaron los tiempos cuando la ejecutaban echándose al hombro las pesadas andas del Cristo de Mayo: ahora es paseado sobre su antiguo y pintoresco carro, al que tiran con dos gruesas cuerdas. Varios más de ellos acompañan a la muchedumbre en el frente la procesión, junto con los sacerdotes y diáconos.

La ceremonia de cada 13 de mayo comienza con una gran cantidad de público adentro y afuera del templo, a las 19:00 horas en punto, con las plegarias y protocolos que suelen abrir esta clase de actos religiosos. El Señor de la Agonía es bajado desde su lugar en la hornacina al fondo de la nave norte del templo, permaneciendo todo el día sobre su carro enfrente del altar en la nave mayor, recibiendo allí visitas y últimas peticiones de los fieles antes de su paseo. Entonces, el carro comenzará a ser tirado mientras la gran caravana de gente le acompaña y es animada con megáfonos. Al asomarse en el exterior los devotos sacuden pañuelos blancos saludando la figura que viene con la bandera de Chile y la del Vaticano como escoltas.

Algunos fieles permanecen en la iglesia mientras tanto, no sólo los más ancianos o enfermos. De hecho, esta sigue parcialmente llena hasta que retorna la imagen venerada. Cuentan los mismos devotos más mayores presentes en la procesión que, en los últimas décadas, ha crecido mucho la cantidad de asistentes al encuentro, varios de ellos interesados en los aspectos más culturales, históricos y patrimoniales del mismo, especialmente en el caso de gente más joven.

Tenemos entendido que la procesión seguía antes una ruta estimada más o menos coincidente con la que podrían haber hecho los agustinos en 1647, aunque no sabemos si aquella fue la misma que se hace ahora. Lo cierto es que en nuestro tiempo sale del templo hacia calle Estado, baja en dirección al sur a calle Moneda doblando hacia Ahumada, por donde continúa hasta la Plaza de Armas; pasa por Compañía bordeando el Portal Fernández Concha, y luego de una breve parada allí dobla otra vez en Estado y regresa así a la iglesia. Todo sucede en un ambiente de notorio y sincero fervor popular, mucho interés de los curiosos y loas a la imagen del santísimo Cristo de Mayo, aunque no sin uno que otro problema en la ruta, especialmente por las ramas de árboles que se encuentran perturbando la marcha y que un integrante de la cofradía se encarga de ir levantando con un largo instrumento de madera dispuesto a estos efectos.

La procesión coloca al Cristo de regreso en la nave central, cerca del altar y el presbiterio, hacia las 20:00 horas. Se canta la Canción Nacional y se da inicio a la misa solemne del Señor de Mayo. Sorprende la cantidad de fieles de todas las edades y orígenes que están allí reunidos cada año y que esta época tan poco favorable a la fe aún es capaz de convocar. También parece haber allí una sensación sólida de pertenencia y valoración de la imagen del crucifijo colonial: una consciencia colectiva de que se trata de una de las piezas más valiosas que ostenta la ciudad de Santiago, a la par de uno de los más potentes símbolos sacros de un país constante e impereciblemente obligado a convivir con las tragedias, así como a convertir sus desgracias en nuevas motivaciones para las esperanzas humanas.

El Señor de Mayo volverá a su altar en los días que siguen, continuando con el drama de su mirada al cielo de cuatro siglos ya y el misterio de su corona de espinas en el cuello, cautivando la imaginación del observante y la lealtad de sus creyentes. Su procesión, con la memoria generaciones y más generaciones de "tiradores", también seguirá dormida el resto del año... Esperará cada nuevo 13 de mayo en los calendarios para redespertar y recordar a todo un pueblo esa naturaleza trágica y telúrica que le ha dado incluso parte de su particular y propio sentido de nacionalidad, de pertenencia en estas tierras de Santiago de la Nueva Extremadura en el Reino de Chile, cargando por las centurias sus propios e históricos calvarios.

Comentarios

Entradas populares de este blog

EL OBELISCO DE LOS TAJAMARES DE PROVIDENCIA

LA CASA PEDRO DE VALDIVIA EN SAN PEDRO DE ATACAMA

LOS CALABOZOS DEL PALACIO CONSISTORIAL DE SANTIAGO